Un conjuro de Jesusa Urubú





 

A Ouro Preto, cuando Ouro Preto era todavía el primer emporio aurífero del planeta, llegó un tahúr que se hacía llamar Telmo Brilhante. Era un hombre joven de mirada de lince, tan rápido con los dedos que hubiera podido ser mago. Se registró en un mesón, entregó el caballo en la cuadra y buscó con afán un garito llamado La mesa del diablo, pues había venido a trabajar. Ouro Preto, como toda morada de ricos mineros, era meca de los más avezados tahúres. Pero la suerte, en lugar de sentarse del lado de Telmo Brilhante, se le sentó al frente.
Se dice que cuando a uno lo enfrenta la suerte la lleva perdida. Unas noches después, con los dedos teñidos en tinta de sotas y bastos, nuestro hombre certificó con cautela y terror que su bolsa había adelgazado tanto que no le restaba más opción que jugarla completa. Un mal juego lo empujaría de inmediato a la terrible necesidad de apostar su pistola, apostar su caballo o apostarse a sí mismo. En caso de jugar su persona corría el riesgo de pasar el resto de la vida como esclavo en una mina, pero si perdía el caballo o la pistola, a la hora de huir o defenderse no tendría cómo hacerlo. Así que optó por lo primero, y comenzó a perderse a sí mismo.

 

 

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Digamos también que desde su llegada Telmo Brilhante había comenzado a jugar otro juego. Una mañana, cuando regresaba al hospedaje después de una noche de muy malas cartas, había tropezado en el atajo de una calle desierta con una dama elegante, quien en compañía de sus criadas acudía a misa. Ella reparó en la desolación pintada en su cara; él, en sus aretes de oro macizo. Fue lo que se dice siempre de este tipo de encuentros, un amor a primera vista. Esa misma mañana, en lugar de irse a dormir, el jugador averiguó cómo se llamaba.y dónde vivía. Antes del mediodía sobornó a una de las criadas para hacerle llegar una esquela: le pedía una cita, en cualquier parte del villorrio y a cualquier hora. No se la contestaron. La segunda la escribió promediando la tarde, amenazando presentarse en persona, Tampoco fue respondida. La tercera hablaba de matarse. Hacia el anochecer, cuando volvía al garito, llegó la respuesta: el encuentro tendría lugar a la hora del alba, en una plaza desierta. Joana Dorotea do Pesaro, que así se llamaba la dama, había reparado en el forastero a causa de su propia soledad. Estaba casada con un minero que se pasaba el día en el yurimpo poseído por la fiebre de la mina, y la noche en las mesas del garito, poseído por la fiebre del juego. En realidad, se sentía más soltera que casada, y suspiraba de amor. El día de la cita se derritió como azúcar mojada en los brazos de Telmo, al siguiente lo dejó entrar en su casa, donde en la intimidad y el secreto tuvo lugar un romance apurado que acabó abruptamente cuando Joana certificó que el ardoroso amante se había robado los contos de oro de su esposo.

                                                                                                                                                                                

En aquellos momentos, Telmo jugaba su más apurada partida, y no le era posible perder. Sus adversarios en la mesa le tenían tomadas firmas y escrituras que lo convertían en prisionero y esclavo de no responder por las cantidades apostadas. Mientras él jugaba, la dama engañada creyó enloquecer. Sabía que su marido la mataría sin apelación tan pronto descubriera el faltante, pues esa era la prueba palpable de su infidelidad, pero todos los riesgos a que se expuso para concretar una cita con el fullero resultaron inútiles. La misiva que le escribió de su puño y letra prometiéndole convertirse eternamente en su esclava a cambio de los contos robados no obtuvo respuesta, la amenaza de suicidarse, tampoco, el pañuelo empapado en lágrimas que envió con una de las criadas, mucho menos. Por último, decidió acudir en persona, y se echó llorando a los pies del bandido en las puertas del garito. Ahora el tunante no podía ignorarla, de modo que la tomó del blusón, la zarandeó por el aire y le advirtió que a la siguiente molestia haría pública presentación del affaire. Joana Dorotea volvió a casa humillada y vencida. Fue entonces cuando sus criadas le sugirieron acudir a Jesusa Urubú, una mae de santo que tenía el poder de invocar los portentos del África.

 

 

                                                                                                                                                                                

 

 

Se creía a Jesusa Urubú muerta desde hacía muchísimo tiempo. Los últimos visitantes del socavón abandonado que tenía por morada informaron que la célebre maga era un simple arrume de ceniza. Sólo alguien muy trastornado podía ir en su búsqueda a un lugar como aquel, pero.Joana Dorotea lo hizo. Se alumbró el camino con una vacilante bujía encendida, penetró hasta el fondo mismo de la cueva y con voz alterada invocó los poderes de la mae de santo ante una pequeña prominencia emborronada de sombras. A la solicitud añadió el correspondiente conjuro. Nadie respondió sus plegarias.Rato después, cuando la bujía comenzó a lanzar parpadeos agónicos, Joana comprendió que estaba irremediablemente perdida, y se dispuso a marcharse. Fue un innato impulso de curiosidad lo que a ultima hora la llevó a alumbrar el. rincón donde se hallaba el pequeño bulto al que había estado hablando. Aquello, en efecto, era Jesusa Urubú. Bajo la mata de una cenicienta cabellera que descendía hasta el suelo se intuía un confuso remanso de arrugas danzando alrededor de unos ojos. Joana retrocedió, ansiosa de abandonar el lugar, pero antes de volverse pudo ver que la tierra se hundía debajo de la maga y su pequeño y recogido cuerpo desaparecía en las profundidades. En el lugar donde se hallaba acuclillada un momento antes quedó abierto un hueco. La mujer intuyó que aquello tenía algo que ver con sus solicitudes, y asomó la cabeza.

 

 

                                                                                                                                                                                 

 

 

Parecía un agujero sin fin, un viento suave y cálido soplaba desde su interior. Dejó caer adentro la bujía que ya le quemaba las manos y observó la luz de la llama perderse en un insondable agujero. Durante algunos segundos la oscuridad la envolvió por completo. Dio un paso atrás, quizá dos, sus pies se pegaron del suelo. La bujía estaba emergiendo desde las profundidades en alas de millones de insectos que subían por el hueco. Eran olas tornasoladas que despedían sorprendentes reflejos. Joana Dorotea reconoció la langosta, esa especie de saltamontes enorme del que hablaban los navegantes portugueses. La langosta, que nunca había logrado saltar el Atlántico, estaba llegando desde el África a través de un túnel abierto por el conjuro de Jesusa Urubú. Un estruendoso zurriburri llenó el socavón. Joana echó a correr, trompicando a cada paso con las piedras que hallaba en el suelo, mientras un amenazante murmullo de escamas susurrantes que iba creciendo a su espalda la alcanzaba y envolvía, cual la avenida impetuosa de un río salido de madre. El último tramo lo hizo navegando en alas de aquella espesa corriente volad.ora, sintiendo que las extremidades aserradas y los cuerpos pegajosos de trillones de animales aéreos la golpeaban y herían. Un momento antes de perder el sentido alcanzó a distinguir la entrada del socavón, por donde ya escapaba el cisco agitado de aquel remolino infernal, tromba viva y voraz, capaz de engullir hasta el cielo.

 

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A esa misma hora, Telmo Brilhante almorzaba.
Había ordenado frituras de cerdo, ensalada de cilantro, banano en rodajas, dulce de coco, música y vino de Madera. Desde cuando su bolsa abultaba, y había comenzado a abultar desde que comenzó a jugar con los contos robados al minero, porque la suerte no puede enfrentarse al dinero robado, comía bien y se rodeaba de amigos que no eran otra cosa que aduladores y mozas de ocasión. Estaba feliz, la mesa corría de su cuenta, se agachó sobre el primer plato: un insecto tornasolado aterrizó en la ensalada. El mesero, tan sólo de verlo, quedó boquiabierto.
Telmo se limitó a apartar con repugnancia la fuente, igual a como lo hacía cuando se trataba de una mala carta, y se llevó a los labios el jarro de vino, buscando lavar el mal sabor que había apuntado en su boca. Otro insecto, borracho y ahogado, flotante en el líquido, le rozó los bigotes. Impetuosamente, se levantó de la mesa, lanzó la servilleta a la cara del mesero y le dio un empujón. Después salió metiendo un portazo, sin percatar que otra langosta devoraba la pluma del sombrero que retiró de la percha y se colocó encima.

                                                                                                                                                                                 

Afuera media docena de nuevos insectos se estrellaron contra él, aferrándose a las hombreras y a las solapas de su traje. Se los arrancó ya un poco poseído del pánico, confirmando que a medida que caminaba una extraña lluvia golpeaba en torno suyo. ¡Una lluvia de langostas! Llovían a su paso y sobre él, pero no en ninguna otra parte. Bastaba que se detuviera un instante para que lo cubrieran de la cabeza a los pies y comenzaran a mordisquearlo frenéticamente. Le devoraban el vestido, los cabellos, las cejas. Los transeúntes desprevenidos, la romería de la plaza, los ociosos del atrio, los mendigos, las mulas y los perros se detenían admirados a contemplar el fenómeno. Telmo pidió ayuda, pero nadie acudió. Entonces descubrió que si se sacudía con violencia y largaba a correr las dejaba atrás, y corrió sin parar hasta la cuadra donde cuidaban su caballo. Mientras ensillaba, volvieron a cubrirlo. Al galope cruzó la cortina del inmundo chubasco, y a carrera tendida abandonó las calles de la ciudadela, pero una legua abajo de Ouro Preto se detuvo, pensando en sus contos de reis. Los guardaba en su cuarto, no podía dejarlos, al precio que fuera necesitaba volver. En ese momento otro bicho aterrizó en los belfos de su caballo y lo arañó con las patas. El bruto no esperó a que Telmo Brilhante acabara de pensar.
Todas las devastadoras apariciones de la langosta en América, que a su paso dejaron ruina y desolación, estuvieron precedidas por la presencia de un jinete desmirriado y famélico con cara de apuro, montado en un rocín tan estrafalario como él. Asomaba unas horas antes, imploraba algún alimento y se concedía un pequeño descanso, para seguir luego a todo galope. Tras su partida comenzaba a caer el chubasco. Eran las primeras langostas o guías que de una sola sentada devoraban una hoja de tabaco o engullían. una mazorca. Después venía el grueso, la nube impenetrable y oscura que cubría el cielo la devoradora del mundo. Hace mucho tiempo no se sabe dónde puede hallarse este asombro revuelto pero la persecución del jinete continua.

                                                                                

                                                                                      Fantasma Fantasma Fantasma Fantasma



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