POLIFEMO





El coronel Toledano, por mal nombre Polifemo, era un hombre feroz, que gastaba levita larga, pantalón de cuadros y sombrero de copa de alas anchurosas, reviradas. Estatura gigan­tesca, paso rígido, imponente, enormes bigotes blancos, voz de trueno y corazón de bronce. Pero aun más que esto infundía pa­vor y grima la mirada torva, sedienta de sangre, de su ojo único. El coronel era tuerto. En la guerra de África había dado muerte a muchísimos moros, y se había gozado en arrancarles las entra­ñas aún palpitantes. Esto creíamos al menos ciegamente todos los chicos que al salir de la escuela íbamos a jugar al Parque de San Francisco, en la muy notable y heroica ciudad de Oviedo.

 

Por allí paseaba también melancólicamente, los días claros, de doce a dos de la tarde, el implacable guerrero. Desde muy le­jos columbrábamos entre los árboles su arrogante figura, que infundía espanto en nuestros infantiles corazones, y cuando no, escuchábamos su voz fragosa, resonante entre el follaje como un torrente que se despeña.Este hombre pavoroso tenía un sobrino de ocho a diez años…

 

Además de este sobrino, el monstruo era poseedor de un perro, que debía vivir en la misma infelicidad, aunque tampoco lo parecía. Era un hermoso danés, de color azulado, grande, suelto, vigoroso, que respondía al nombre de Muley, en recuer­do sin duda de algún moro infeliz sacrificado por su amo. El Muley, como Gasparito, vivía en poder de Polifemo lo mismo que en el regazo de una odalisca. Gracioso, juguetón, campe­chano, incapaz de falsía, era, sin ofender a nadie, el perro me­nos espantadizo y más tratable de cuantos he conocido en mi vida.

 

Polifemo

Con estas partes no es milagro que todos los chicos estuvié­semos prendados de él. Siempre que era posible hacerlo, sin pe­ligro de que el coronel lo advirtiese, nos disputábamos el honor de regalarle con pan, bizcocho, queso y otras golosinas que nuestras mamas nos daban para merendar. El Muley lo acepta­ba todo con no fingido regocijo, y nos daba muestras inequívo­cas de simpatía y reconocimiento. Mas a fin de que se vea hasta qué punto eran nobles y desinteresados los sentimientos de este memorable can, y para que sirva de ejemplo perdurable a perros y hombres, diré que no mostraba más afecto a quien más le re­galaba.

 

Solía jugar con nosotros algunas veces (en provincias y en aquel tiempo, entre los niños no existían clases sociales) un pobrecito hospiciano, llamado Andrés, que nada podía darle, porque nada tenía. Pues bien, las preferencias de Muley estaban por él. Los rabotazos más vivos, las carocas más subidas y vehe­mentes, a él se consagraban, en menoscabo de los demás. ¡Qué ejemplo para cualquier diputado de la mayoría!

 

¿Adivinaba el Muley que aquel niño desvalido, siempre si­lencioso y triste, necesitaba más de su cariño que nosotros? Lo ignoro: pero así parecía.

 

Por su parte, Andresito había llegado a concebir una verda­dera pasión por este animal. Cuando nos hallábamos jugando en lo más alto del parque al marro o a las chapas y se presenta­ba por allí, de improviso, Muley, ya se sabía, llamaba aparte a Andresito y se entretenía con él largo rato, como si tuviese que comunicarle algún secreto. La silueta colosal de Polifemo se co­lumbraba allá, entre los árboles.

 

Pero estas entrevistas, rápidas y llenas de zozobra, fueron sabiéndole a poco ai hospiciano. Como un verdadero enamora­do, ansiaba disfrutar de la presencia de su ídolo largo rato y a solas.

 

Por eso, una tarde, con osadía increíble, se llevó a presencia nuestra, el perro hasta el Hospicio, como en Oviedo se denomi­naba la Inclusa, y no volvió hasta el cabo de una hora. Venía radiante de dicha. El Muley parecía también satisfecho. Por for­tuna, el coronel aun no se había ido del paseo ni advirtió la de­serción de su perro.

Repitiéronse una tarde y otra tales escapatorias. La amis­tad de Andresito y Muley se iba consolidando. Andresito no hu­biera vacilado en dar su vida por el Muley. Si la ocasión se pre­sentase, seguro estoy de que éste no sería menos.

 

Pero aún no estaba contento el hospiciano. En su mente germinó la idea de llevarse al Muley a dormir con él a la Inclu­sa. Como ayudante que era del cocinero, dormía en uno de los corredores, al lado del cuarto de éste, con un jergón fementido de hojas de maíz. Una tarde condujo al perro al Hospicio y no volvió. ¡Qué noche más deliciosa para el desgraciado niño! No había sentido en su vida otras caricias que las de Muley. Los maestros primero, el cocinero después, le habían hablado siem­pre con el látigo en la mano. Durmieron abrazados. Allá al amanecer, el niño sintió el escozor de un palo que el cocinero le había dado en la espalda la tarde anterior. Se despojó de la ca­misa:

—Mira, Muley—, dijo en voz baja, mostrándole el carde­nal.

 

El perro, más compasivo que el hombre, lamió su carne amoratada.

Luego que abrieron las puertas, lo soltó. El Muley corrió a casa de su dueño; pero a la tarde ya estaba dispuesto en el par­que a seguir a Andresito. Volvieron a dormir juntos aquella no­che, y la siguiente, y la otra también.

Pero la dicha es breve en este mundo. Andresito era feliz al borde de una sima.

 

Una tarde, hallándonos todos en un apretado grupo jugan­do a los botones, oímos detrás dos formidables estampidos:

—¡Alto! ¡Alto!…

Todas las cabezas se volvieron como movidas por un resor­te. Frente a nosotros se alzaba la talla ciclópea del coronel Tole­dano.

—¿Quién de vosotros es el pihuelo que secuestra mi perro

todas las noches, vamos a ver?

Silencio sepulcral en la samblea. El terror nos tiene clava­dos, rígidos, como si guéramos de palo.

Otra vez sonó la trompeta del Juicio Final.

—¿Quién es el secuestrador? ¿Quién es el bandido? ¿Quién

es el miserable?

 

El ojo ardiente de Polifemos nos devoraba a uno en pos del otro. El Muley, que le acompañaba, nos miraba también con los suyos, leales, inocentes, y movía el rabo vertiginosamente, en se­ñal de inquietud.

Entonces Andresito, más pálido que la cera, adelantó un paso y dijo:

—No culpe a nadie, señor. Yo he sido.

—¿Cómo?

—Que he sido yo —repitió en voz más alta.

—¡Hola! ¡Has sido tú! —dijo el coronel, sonriendo forzosa­mente—. ¿Y tú no sabes a quien pertenece este perro?

Andresito permaneció mudo.

—¿No sabes de quién es? —volvió a preguntar, a grandes gritos.

—Sí, señor.

—¿De quién es, vamos a ver?

—Del señor Polifemo.

 

Cerré los ojos. Creo que mis compañeros debieron hacer otro tanto. Cuando ¡os abrí pensé que Ándresillo estaría ya bo­rrado del libro de los vivos. No fue así, por fortuna. El coronel le miraba fijamente, con más curiosidad que cólera.

 

poli1—¿Y por qué te lo llevas?

—Porque es mi amigo y me quiere —dijo el niño con voz firme.

El coronel volvió a mirarle fijamente.

 

—Está bien —dijo al cabo—. ¡Pues cuidado, con que otra vez te lo lleves! Si lo haces ten por seguro que te arranco las orejas.

Y giró majestuosamente sobre los talones. Pero antes de
dar un paso se llevó la mano al chaleco, sacó una moneda de
medio duro y dijo, volviéndose:

 

—Toma, guárdatelo para dulces. ¡Pero cuidado con que vuelvas a secuestrar el perro! ¡Cuidado!

 

Y se alejó. A los cuatro o cinco pasos ocurriósele volver la
cabeza. Ándresillo había dejado caer la moneda al suelo y sollo­
zaba, tapándose la cara con las manos. El coronel se volvió rá­
pidamente.

 

—¿Estás llorando? ¿Por qué? ¡No llores, hijo mío!

 

—Porque le quiero mucho… porque es el único que me quiere en el mundo —gimió Andrés.

—¿Pues de quién eres hijo? —preguntó el coronel sorpren­dido.

—Soy de la Inclusa.

—¿Cómo? —gritó Polifemo.

—Soy hospiciano.

 

Entonces vimos al coronel demudarse. Abalanzóse al niño, le separó las manos de la cara, le enjugó las lágrimas con su pa­ñuelo, le abrazó, le besó, repitiendo con agitación:

 

Polifemo

—¡Perdona, hijo mío, perdona! No hagas caso de lo que te he dicho… Llévate el perro cuando se te antoje… Tenlo contigo el tiempo que quieras, ¿sabes?… Todo el tiempo que quieras…

 

Y después que le hubo serenado con estas y otras razones, proferidas con un registro de voz que nosotros no sopechába-mos en él, se fue de nuevo al paseo, volviéndose repetidas veces para gritarle:

 

—Puedes llevártelo cuando quieras, ¿sabes, hijo mío?… Cuando quieras…

 

Dios me perdone, pero juraría haber visto una lágrima en el ojo sangriento de Polifemo.

Andresillo se alejaba corriendo, seguido de su amigo, que ladraba de gozo.

 

 

Armando Palacio Valdés



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