Nom serviam





La comunidad mexicana de la Santa Orden de San Francisco de Asís estaba a punto de disolverse por culpa de las excentricidades del padre Varrumbroso. La situación era tan grave que el abad convocó de urgencia una junta eclesiástica, mientras los monjes más ágiles y forzudos descolgaban al culpable de toda aquella alteración de la punta del campanario donde, sin que mediara explicación alguna, había amanecido colgado, engarzado por la sotana del pico de hierro que bendecía la veleta.
Tras desayunar a toda prisa, los frailes acudieron en tropel al salón abovedado del consistorio. Antes de ingresar levantaron el capuz que les colgaba de la espalda como arrugada joroba y se cubrieron la cabeza, sumergiendo sus facciones en la sombra. También guardaron las manos bajo la sotana e irrumpieron cabizbajos en el interior del recinto, en actitud de recogida humildad. Cada uno tenía señalado su banco, pero esta vez todos se aglomeraron atropelladamente en las filas delanteras, buscando quedar lo más cerca posible de la tosca mesa de cedro donde se sentaban los frailes más doctos, quienes presidían la asamblea. Era como si tuvieran frío. Y en efecto, hacía mucho frío, aunque se vivía lo más crudo del estío. Sobre Ciudad de México habían comenzado a cernirse las tormentas de polvo levantadas por el viento en los pedregales de sus alrededores resecos. El calor agobiaba, pero el convento de los franciscanos estaba convertido en nevera.
La barba puntiaguda y canosa, que era lo único del rostro del fray Cristóbal que sobresalía de la penumbra del capuchón, tembló de coraje mientras pronunciaba los tres pater noster que daban inicio a esta clase de reuniones. Apenas pronunciado el último amén descargó un fuerte palmetazo sobre la mesa, para significar que había agotado la paciencia. ¡Vamos a tomar una decisión! — exclamó con voz ronca
Era un monje cincuentón. La prolongada estadía al resguardo de los claustros no había desmanchado su cutis curtido por el sol en las jornadas de su antigua vida misionera, ni mellado su ánimo emprendedor y resuelto. Con esta misma disposición ejercía desde hacía muchos años la regencia de la orden, sin esquivar sacrificios ni dificultades. Las de ahora no le arredraban aunque, debía confesarlo, lo traían confundido y habían logrado sacarlo de casillas.
Por mandato suyo, una semana atrás, el convento había sido vuelto al revés palmo a palmo, en busca de sustancias sicotrópicas. Para sus adentros, el padre Varrumbroso siempre había tenido algo de loco. El fulgor verdoso de sus ojos, sus desmedidos ayunos, sus arrobamientos desproporcionados y místicos, francamente no aparecían normales en un simple monje paleto, al que le costaba trabajo aderezar silogismos y razonar con profundidad en materia de patrística. Su increíble habilidad para pintar era otra razón en su contra, pues por lo común el genio es hermano de la demencia. Pero cuando, en medio de lo más frío de la noche, comenzó a caer desde la azotea a la fuente helada, y a amanecer colgado de una cuerda dentro del aljibe, &ay Cristóbal pensó de inmediato en las pócimas enervantes de los bárbaros del Norte, cuyos efectos habían tenido ocasión de comprobar en los tiempos de pacificación del territorio chichimeca.

 

 

 

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Bajo el influjo de tales sustancias un guerrero indio podía saltar desde el suelo hasta el techo de una carreta, arrancar de un hachazo el cuero cabelludo a un cristiano y desaparecer sin que los pistoletazos disparados a quemarropa pudieran detenerlo. Era posible que el padre Varrumbroso hubiera trabado conexión con alguien que le estuviese suministrando esta clase de yerbas, y que en busca de inspiración las estuviese consumiendo. Por eso, la mañana que un alocado repicar despertó sobresaltada a la comunidad, y al correr a la capilla lo hallaron amarrado del badajo de la campana mayor, batiendo con su propia cabeza la mole de bronce, ordenó inspeccionar palmo a palmo  cada celda, cada baúl, cada bolsillo de sotana, cada nicho, cada alacena, cada vasija de barro, cada matera, pues en alguna parte debían hallarse las sustancias que el padre Varrumbroso estaba ingiriendo. Pero no se halló nada. Y ahora el monje estaba siendo descolgado de la punta del campanario, donde había amanecido encaramado por arte de birlibirloque. Peor aún, una teoría siniestra había comenzado a circular entre la comunidad, en oposición a su idea de los sicotrópicos.
Resonaban aún en el ámbito del salón los ecos del palmetazo descargado sobre la mesa de cedro, cuando el adusto y fanático padre Belarmino del Sudario de Cristo, el más letrado de los monjes que presidían la asamblea, se revolvió inquieto en su silla, y sin pedir la venia del superior soltó lo que ya tenía fuerza de convicción para la mayoría de los presentes.

No le busque más patas al gato, padre Cristóbal dijo con su voz de mirlo —. El problema al que nos enfrentamos no es un asunto mundano.
Un murmullo aprobatorio se levantó de la concurrencia. Arriba, en las cornisas de las ventanas ojivales por donde entraba una luz mortecina, las ateridas palomas agacharon el pico, como pendientes de lo que acababa de anunciarse. Fray Cristóbal acusó la falta de respeto de su subalterno, al hablar sin pedir autorización, pero optó por sentarse y seguir el ejemplo de Job.
Prosiga, prosiga, padre Belarmino dijo en voz baja, que acusaba cansancio.
El rebelde no se hizo esperar:
— Lo he dicho y lo repito una y mil veces: ! Esto es cosa del Diablo!
La declaración arrancó un espantoso murmurio. Las palomas, batiendo sus alas, estuvieron a punto de echarse a volar. Fray Cristóbal no pudo contenerse. ! Pamplinas! reventó desafiando la ingenuidad. general . ¡Qué Diablo ni qué ocho cuartos! Pero Fray Belarmino del Sudario de Cristo, en lugar de arredrarse, dio rienda suelta a sus resentimientos.

Si aquí se me hubiera hecho caso, la comunidad de la Santa Orden de San Francisco de Asís ya estaría enterada de lo que se nos vino encima, y no divagando en busca de brebajes y bebedizos masculló con la boca arrugada, apagando sin control uno de los ojos . Al menos si se hubieran escuchado los testimonios de fray Patricio y fray Anselmo…
— ;Que se les escuche! ¡Que se les escuche! rompió a gritar la asamblea.
Ahora el viejo y veterano abad supo que enfrentaba una insurrección. Donde no lograra capearla, el asunto iría a parar a manos del obispo Fonseca, un prelado no muy amigo de la comunidad franciscana.

                                                                                                                                                                                          

Hermanos suplicó en tono conciliatorio — : seamos razonables. Pintar con esos colores un simple caso de locura atraerá el escándalo sobre nuestra orden. Se dirá que la impiedad de los hermanos de Francisco abrió las puertas a Satán, en su propio cuartel.
Otro de los monjes que compartía la mesa de los doctos, fray Cupertino de los Ángeles, interpuso su voz:
— Eso es absolutamente cierto, la ropa sucia se lava en casa, y ¡zape! del que abra la boca allá afuera. Pero escuchémosles, padre Cristóbal, que a mí ya me escuece el orto. Cupertino era un monje viejo, sabio, piadoso y un poco grosero. El abad, que a fuerza de vivir desatando cuestiones de la más diversa índole conocía algo de política, decidió que era mejor cederle a él que al sublevado Belarmino.
Está bien, vamos a oírlos — dijo complaciendo su solicitud . Pero debo recordarles que con fray Varrumbroso siempre ha ocurrido igual. Cada vez que se le encomienda una nueva pintura comienzan sus arrobamientos, sus penitencias exageradas, sus flagelaciones. Es la única manera como puede inspirarse y realizar sus dibujos, muy bellos por cierto.
— Pero jamás ocurrieron tantas anormalidades reclamó Belarmino del Sudario de Cristo.
Porque ahora le ha dado por inspirarse de otra manera volvió a insistir fray Cristóbal.
Antes de que un nuevo duelo verbal volviera a entablarse, el grito de un azuzador agazapado bajo su capucha repitió la exigencia:
~Que se les escuche!
Otras voces lo apoyaron:

– Que se les escuche! ¡Que se les escuche!
Verdaderamente el Diablo ronda la comunidad de San Francisco de Asís, pensó el azorado superior, mientras levantaba las manos para imponer orden y silencio, antes de llamar al primer testigo. Padre Anselmo de la Cruz Bendita, lo escuchamos dijo con severidad.
Un hábito que no parecía contener nada adentro se puso de pie con notable irresolución, en medio de la multitud sombría que se apeñuscaba en los bancos. Del fondo del capuchón brotó una voz grave y cansada. Sólo a fuerza de mirar hacia las profundidades de donde emergía los concurrentes pudieron distinguir los reflejos apagados de un rostro saturnino.

                                                                                                                                                                                 

Padre Cristóbal-apeló aquella voz antes que todo, sea que me crea o no su reverencia, lo único que anhelo pedirle es que me cambie de celda… ¡Cíñase a su testimonio!- reprendió el abad.
Hace más o menos dos meses — contó entonces el monje mi vecino el padre Varrumbroso empezó el óleo de San Miguel…
San Miguel Arcángel corrigió el fanático Belarmino del Sudario de Cristo, que en materia de rangos de la corte celestial no admitía equivocación alguna.
— San Miguel Arcángel subrayó el interpelado, y prosiguió : Yo mismo le ayudé a templar y a engomar el lienzo, y luego a meter el bastidor en su celda, pues el padre Varrumbroso, como todos sabemos, sólo dibuja en absoluto aislamiento. Un día después tuve oportunidad de ver lo primero que había delineado, que es la figura de Luzbel, cuyo cuerpo retorcido ocupa toda la parte inferior del retablo. Si en algo busca recrearse el padre Varrumbroso es en la exposición exquisita de todas las asquerosidades del Maligno. Todavía sin colores, aquella imagen infundía miedo. Hallé al padre Varrumbroso feliz, preparando los colores y sobando sus pinceles, para suavizarlos.
Hasta aquí, el testimonio del monje coincidía con la idea que todos tenían del arte pictórico d.el padre Varrumbroso. Las legiones infernales, con todas sus grandiosas y tenebrosas deformaciones, eran el gran tema de su obra. Había adquirido tal dominio y perfección del asunto que la fama de sus cuadros trascendía más allá de México. En presencia de los demonios pintados en sus lienzos vacilaba cualquier humana entereza: los niños rompían a llorar, los caballeros pensaban en la inutilidad de las vanidades humanas, las damas
experimentaban vahídos. Más de una mujer encinta había sido acometida de parto precoz después de contemplar las criaturas de Varrumbroso. pues ni más ni menos parecían retorcerse con un ligero pandear de anillos metálicos, emanar vapores sulfurosos y desprender agresivos reflejos de sus móviles escamas, como si acecharan al pobre e indefenso cristiano que las observaba. Pues bien continuó fray Anselmo de la Cruz Bendita : tan pronto el padre Varrumbroso empezó a colorear la figura de Luzbel unos golpes secos y apagados comenzaron a oírse en su cuarto. A través de la tapia que separa su celda de la mía di en escuchar risas maliciosas, quejidos y toda suerte de obscenidades, como si el lugar se hubiera convertido en una inmunda taberna. Los ayes y lamentos correspondían a la voz de mi vecino, los desenfrenos y blasfemias a una multitud de extrañas gargantas que emitían desde cantos de grillos hasta silbidos de culebras. Aquella noche no pude dormir, de modo que tan pronto tocaron a maitines salí de la celda y llamé a la puerta de Varrumbroso. Abrió él mismo, pero me señaló de inmediato que guardara silencio. Su estado era lamentable. Como si una gavilla de bandidos lo hubiera azotado durante toda la noche, tenía los ojos amoratados, la boca reventada y sangrante, la nariz hecha añicos. Mas no parecía dolido de ello, sino de que sus colores hubieran sido desparramados y revueltos, y su lienzo emborronado por completo, de la manera más grosera que nadie pueda imaginar. ¿Qué habían hecho al lienzo? preguntó con visible interés fray Cristóbal. El monje se puso a temblar, como acometido por un acceso de fiebres.

                                                                                                                                                                                  

-Señor, habían dejado sobre él unos dibujos de morbosidad indescriptible.
La asamblea se dejó transportar a las indecentes emborronaduras del Diablo. Algunos monjes alcanzaron a imaginar mujeres desnudas. Fray Cristóbal los interrumpió enérgicamente: ¿por qué no comunicaste eso a tu superior?
— Señor, el padre Varrumbroso no me lo permitió.
Belarmino del Sudario de Cristo salió en auxilio del asediado declarante, preguntando algo que puso a todos los pelos de punta. ¿A qué olía la habitación, fray Anselmo? ¡Oh! gimió el fraile . Aquello era insoportable. Ese olor nauseabundo lo impregnaba todo.Los colores de la paleta habían sido revueltos con excrementos, las paredes estaban repletas de palabras ofensivas, escritas con la misma sustancia.
El alboroto que se levantó del auditorio, semejante al hervor de una marmita de aceite caliente, desterró por el momento cualquier asomo de compostura en la sala. El cocinero, un mofletudo y barrigón hermano lego, comenzó a recitar una letanía obsesiva que acabó sobreponiéndose al desorden y acaparando la atención general:
— Ahora me explico la cecina engusanada, la ranciedad del tocino, la leche cortada, el queso podrido, las moscas… ;Silencio. lo detuvo fray Cristóbal.
No podía permitir que la asamblea se le saliera de las manos, pero, por primera vez en la vida, comenzó a sentirse desarmado.
Continúe, fray Anselmo… Todas las noches se escuchaba una paliza igual, y todas las mañanas encontré al padre Varrumbroso peor. Unas veces le habían arañado el cuerpo con una penca de nopal, otras le habían embadurnado el rostro con heces, otras tenía centenares de espinas clavadas en la cabeza. Pero lo peor eran las letanías sacrílegas que se cantaban a su alrededor mientras intentaba pintar, y que yo escuchaba a través de la tapia. Vuelvo a repetirte: ¿por qué no informaste de esto a tu superior? interrumpió una vez más el abad, reiterando la eterna advertencia de anteponer los intereses de la comunidad a cualquier cosa.
El padre Anselmo, en lugar de responder, abatió la cabeza y rompió a llorar como un niño. El avisado Belarmino del Sudario de Cristo se acercó al oído de fray Cristóbal, para cuchichearle: Tú también sabías eso. ¿Para qué atormentarlo? Puede sentarse ordenó el superior, en tono muy seco.
El declarante se dejó caer sobre el banco. Desde allá, en un estadillo semejante a un estornudo, declaró:

 

 

                                                                                                                                                                                 

 

 

Hermanos, les advierto: ~el Diablo no quiere que lo pinten!
Un silencio sepulcral se apoderó de la sala. Más de un minuto demoró en oírse la voz del padre Cristóbal.
Fray Patricio de la Santísima Trinidad: -lo escuchamos!

Quien ahora se puso de pie respondiendo al llamado era un cura achaparrado, de aspecto vinagroso, cansino, que no denotaba en lo poco que se veía de su rostro ningún interés por las cosas de este mundo, ni del otro. Habló escuetamente:
No tengo mayor cosa qué agregar a lo dicho por fray Anselmo, sólo que cuando al fin los malditos forasteros dejan alguna noche de meter ese ruido infernal, es para sacarlo a pasear, arrastrarlo por el huerto, tirarlo a la fuente helada o colgarlo del campanario, como lo han hecho esta madrugada. En mi celda tampoco se puede dormir, estimados hermanos. Prefiero que me den por cama la cochera.
Este nuevo testimonio puso las peras a cuatro al padre superior. Aunque todavía nadie era capaz de sacarle de la cabeza que se trataba de un vulgar caso de alucinógenos, refutar lo que se había vuelto una creencia arraigada le pareció misión imposible. Lo más grave era que debía hablar. El auditorio se fue quedando en silencio, a la espera de su fallo. Una pesantez agobiante invadió el viejo corazón del atribulado religioso.
De repente, las palomas encaramadas en las ventanas del consistorio volaron todas a un tiempo, sembrando el salón de sonoros aletazos y derramando polvo y plumones sobre las cabezas de los frailes. Todas las caras se volvieron espantadas hacia arriba, buscando una explicación apurada al suceso. Para sorpresa general, en una de las ventanas asomaba una cabeza. Varios novicios estuvieron a punto de desmayarse.
¡Padre Cristóbal! llamó el encumbrado aparecido : –¡Venga usted de inmediato al pie del campanario!

                                                                                                                                                                                   

 
Los religiosos reconocieron en aquella voz al hermano Rigoberto, uno de los que había ido a descolgar al padre Varrumbroso de la punta del campanario. A través de los contrafuertes que aseguraban los muros del convento, saltando de tejado en tejado, había llegado hasta allí. A su llamado, sin esperar indicación alguna del director, los monjes se levantaron en bochornoso desorden, tumbaron los bancos y se precipitaron hacia la salida, atropellándose unos a otros. Los doctos de la mesa directiva, con idénticos modales, se fueron tras ellos. Fray Cristóbal quedó solo. La situación, en su conjunto, le pareció un verdadero desastre. Por primera vez, desde cuando asumió la conducción de la orden, la disciplina de sus subalternos estaba hecha añicos. Aquella asamblea había sido una prueba palpable del deterioro reinante. Pero lo que más le conturbaba era la manera como se discutía ahora. Todo un foro mundano. Ni un solo entinema, ni un sorites, ni un silogismo bien redondeado. Aparte d.e los tres pater noster del comienzo, ni una palabra en latín. La lengua sagrada había quedado de lado. Cuán ausentes habían estado los nequáquam, los do ut des, los absit. Definitivamente, aquí estaba el Diablo.
Encolerizado, pues, contra su gente, el viejo abad se dirigió a paso lento hacia el campanario, oyendo el chacoleteo de sus sandalias en los corredores desiertos. Pero antes de que hubiera desembocado en el patio central vio retornar la turba de sus díscolos monjes, que huían como un ejército a la desbandada. Unos juntaban las manos y elevaban los ojos al cielo, otros temblaban aferrados a las cuentas de sus camándulas. La mayoría cayó de rodillas a sus pies.
-¡Sálvenos, padre Cristóbal! chillaban como ratones apaleados.
Alarmado por este súbito terror colectivo, el abad apuró sus pasos y atravesó el enorme patio sembrado de jardines y frutales, rebasó el albo hastial de la enorme capilla y alcanzó el campanario, donde la comisión de rescate y algunos frailes viejos y avezados, rodeaban la humanidad inerte del padre Varrumbroso, recién descolgado de la torre. En la cara de todos estaban pintados el desconcierto y el miedo. Fray Cristóbal metió temeroso la cabeza dentro del ruedo y observó el cuerpo del cura pintor, que se retorcía inconsciente en el suelo, En un comienzo lo creyó ébrio. Pero en seguida su atención fue acaparada por una delgada serpiente luminosa que hacía cabriolas en su pecho descubierto. Se agachó, apagando los ojos para ver mejor. Un grito de espanto escapó involuntariamente de su boca. Lo que danzaba sobre el pecho lampiño de fray Varrumbroso era una palabra en letras de fuego. Léala al revés dijo alguien.
No le costó trabajo hacerlo. El anagrama rezaba: NOM SERVIAM. jNada menos que la marca del Diablo!

 

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Abrumado por la evidencia de un ataque diabólico en el propio claustro del convento, Fray Cristóbal se derrumbó exhausto, aceptando con amargura que se había equivocado por completo. Por primera vez sus oponentes tenían razón y le habían vencido en franca lid. Lo peor de todo era que tendría que recurrir a la autorización del obispo Fonseca para realizar un exorcismo, lo cual equivalía ni más ni menos a ponerse en manos de un enemigo jurado de la colectividad franciscana. Más catastrófico aún: debía ordenar la destrucción del infame lienzo que había originado la intromisión de Satán. Con ello, el convento perdería una imprescindible fuente de ingresos.
El cuadro de San Miguel Arcángel había sido encargado por dos generosos benefactores de la orden, don Alfonso Meléndez y su esposa Agustina. Una parte de las rentas de esta acaudalada pareja, que no tenía hijos, alimentaba mensualmente las arcas de la comunidad. Por mandato testamentario estaba ordenado que a su muerte toda la fortuna de los cónyuges sería heredada por los hijos mexicanos del santo de Asís, del cual eran insobornablemente devotos. Pero también eran devotos del arcángel Miguel, a quien habían decidido erigir una capilla, para cuyo altar solicitaron un óleo de fray Varrumbroso, reputado sin lugar a dudas como el más inspirado pintor religioso. El abad aceptó gustoso el pedido y encareció al pintor el más dantesco de sus henzos, pues aparte del supremo interés de complacer a los generosos benefactores sabía que a la bendición de la capilla de San Miguel Arcángel acudiría lo más granado de México, encabezado por el propio virrey.
Una sombría procesión de monjes encapuchados, armados de cirios y entonando el miserere, condujo al poseso hacia el interior del convento. Al pasar frente a su celda, fray Cristóbal detuvo el cortejo y solicitó abrir la puerta. Hisopo en mano,
se disponía a regar con agua bendita lo que se  había convertido en madriguera del averno. Y en efecto, al girar sobre sus bisagras la hoja de tabla sin cepillar que servía de puerta, una tufarada sofocante emergió del pequeño aposento. Algunos frailes retrocedieron espantados, pero el abad dio un paso al frente y alzó el aspersor. Un desorden de pinceles, colores, paletas, trapos embadurnados, trementinas y aceites, formando un lío indescriptible, se agolpaba alrededor de un caballete, del que pendía un lienzo igualmente emborronado y confuso. Al fondo, el bulto de una oscura masa membranosa pareció recogerse, pero fray Cristóbal no alcanzó a reparar en ella, porque una cara amistosa y sonriente, tiznada por la barba rala de unos días, y taladrada por dos profundas ojeras donde nadaban unos ojos afectuosos, se interpuso. Tardó unos segundos en reconocerla, y al descubrir de quién se trataba estuvo a punto de gritar nuevamente y echarse a correr. ¡Era Varrumbroso! Con ligereza de gato había escapado de las manos de quienes lo cargaban y había entrado a su celda.

                                                                                                                                                                                    

— No, padre santo imploró en tono de respeto y vehemencia . No hace falta exorcizar este lienzo. Ya he podido empezar a pintarlo, sujetando al de abajo.
Se hizo a un lado e indicó a los monjes agolpados en la puerta un detalle de la enmarañada pintura. Efectivamente, sobre la masa informe de un demonio monstruoso, apenas pergeñado, sobresalía claramente un pie lleno de luz. El pie del arcángel Miguel que lo sujetaba. Tendrá que estarse quieto agregó . No se preocupen. Y sin más ceremonia cerró la puerta y corrió el pasador.
A merced de semejantes acontecimientos, que cargaban con él como la corriente d.e un río impetuoso carga con un pobre leño, fray Cristóbal no tuvo más remedio que declarar la guerra contra Satán. La estrategia de esta contienda consistía en ayudar al padre Varrumbroso a concluir su obra, paralizando la ira del malvado emisario. El convento fue declarado en alarma espiritual, los himnos, los hosannas, los misereres, los Te Deum, las jaculatorias, las letanías y toda suerte de oraciones y rituales, que sólo durante las celebraciones de la semana mayor eran puestos en escena, fueron utilizados ahora como artillería pesada para inmovilizar al hijo de las tinieblas. Todo el claustro rezumaba el acre olor de la cera quemada, del incienso y del miedo. Pero aunque los frailes temían, un sentimiento de unidad y solidaridad les infundía valor. Todos habían hecho suya la causa del padre Varrumbroso. La mayor desazón provenía de la desgracia de no saber lo que estaba ocurriendo en su celda. Dos veces al día se le introducía un plato de comida por la rendija inferior, pero había sido terminantemente prohibido tocar o llamarlo, y nadie era tan osado para interrumpir por su cuenta la intimidad del pintor y su demonio.
En realidad, Varrumbroso se divertía de lo lindo. Durante tres días continuos coloreó en medio de una paz seráfica y sin ninguna interrupción el más abominable de los diablos que mente alguna pudiera imaginar. El propio Belcebú en persona le servía de modelo, pues tras haberse ideado el artificio de sujetarlo en el lienzo bajo el pie del arcángel, el maldito le estaba sujeto, y cada vez que lo necesitaba para perfeccionar alguno de los innumerables detalles de sus infinitas horruras le bastaba invocarlo. Echado en el fondo de la celda, posaba escatológico y humeante, bien que contra su voluntad. De cuando en cuando, verde de tanta humillación y vergüenza, estremecía con sus rugidos el convento. Entonces los himnos se helaban en la garganta de los monjes cantores, el coro enmudecía, las venas del cerebro se hinchaban, se encalabrinaban los sesos y sobrevenía una espantosa jaqueca. Muchas manzanas a la redonda los vecinos del convento tenían que taparse las orejas cada vez que oían aquellos alaridos, que achacaban al fastidioso retronar de las tormentas de polvo cebadas por el viento en el valle desértico. Pero, en su celda, fray Varrumbroso se hallaba tan inspirado y lejano que ninguna de estas molestias le causaba enojo ni le alteraba el pulso. Tanta felicidad sólo duró escasos tres días, pues tan pronto su pincel comenzó a colorear la espada flamígera que en manos de San Miguel hendía los pechos abultados de la bestia, el engendro lanzó tal alarido que algunos de los vitrales de la capilla saltaron hechos añicos. La misma mano segura de fray Varrumbroso tembló. El vientre de Luzbel reventó, y de la masa informe de sus vísceras surgió uno de sus subalternos, un diablillo segundón apodado El Lobo Maldito, quien avanzó sobre el pintor caminando en un trío de pezuñas y le arrojó a los ojos un polvo corrosivo. Totalmente ciego, Varrumbroso abandonó la celda y ambuló por pasillos y escaleras, hasta tropezar con las puertas del refectorio, donde la frailería, con menguado apetito, cenaba. Todos se precipitaron hacia él, pero ni las rogativas elevadas a Santa Lucía, ni los colirios y emolientes con que le lavaron los ojos, le devolvieron la vista.

 

 

 

                                                                                                                                                                                  

 

 

Comenzó así un nuevo y doloroso interregno para la comunidad, pues si bien los olores nauseabundos que atosigaban los claustros, los aullidos horrísonos y todas las demás manifestaciones que delataban la cercanía del infierno se atemperaron un poco, el tiempo para cumplir el encargo de la pintura tocaba a su fin. Con enorme congoja, luego de armarse de mucha entereza para empujar la puerta de la celda del pintor y atisbar el lienzo, fray Cristóbal confirmó que se trataba de la más impresionante y hermosa pintura que jamás se hubiera concebido. Era difícil creer que un simple talento humano tuviera el don de exponer la naturaleza de Luzbel en forma tan convincente. Un involuntario impulso de correr asaltaba al observador más resuelto. Sin embargo, la cara de San Miguel estaba aún sin colorear, en tanto que otros detalles evidentes, como los anillos que la cola del demonio formaba alrededor de sus propias caderas, seguían inconclusos. En semejante estado la pintura no podía ser entregada. Esto era la catástrofe, pues la inauguración de la capilla del arcángel se venía encima.
Mientras corrían las pesadas horas de aquel tiempo muerto, la comunidad se entregó entristecida a los rezos más melancólicos. La anterior combatividad con que la presencia de Luzbel había sido encarada fue sustituida por una apagada congoja. Fray Varrumbroso, apesadumbrado por la situación, buscó refugio en el oratorio. Allí descubrió, con apocada alegría, que le era posible leer su breviario y vislumbrar la dorada luz que coronaba el altar. En cualquier otro lugar del convento, no obstante, su vida era sólo tinieblas. Unos días antes de cumplirse el plazo definitivo para la entrega del cuadro el padre abad mintió por primera vez en su vida. Los esposos Meléndez querían tener el privilegio de contemplar anticipadamente la obra y anunciaron una visita al convento. Fray Cristóbal se vio en la obligación de defraudarlos, respondiéndoles que no convendría distraer la concentración del pintor, aunque les garantizaba de antemano que aquel San Miguel superaría con creces toda piadosa expectativa. La carcoma que la mentirilla sembró en su alma le llevó a concebir la desesperada idea de encomendar a cualesquiera de sus subalternos la terminación del óleo, pero aunque algunos tenían rudimentos de dibujo, y se ofrecieron gustosos a concluir el rostro del arcángel, ninguno aceptó tocar ni siquiera con la punta de una cerda el rabo del Diablo.

 

 

 

                                                                                                                                                                                  

 

En medio de tanta tensión, y cuando sólo faltaban tres días, el padre Varrumbroso despertó una mañana repentinamente vidente. El acontecimiento produjo una explosión de loca alegría en la comunidad, que lo acompañó hasta la puerta del cuarto y lo dejó otra vez encerrado allí. Al punto, también, la cercanía de las fuerzas infernales se hizo sentir. Las misteriosas nubes de polvo que habían opacado el sol volvieron a levantarse, el frío se apoderó del convento, los tremores, los olores nauseabundos, la descomposición anticipada de los alimentos y muchos otros indicios asomaron por doquier. Esta vez, sin embargo, fray Cristóbal y sus monjes estaban preparados y respondieron con salvas cerradas de rogativas, responsos y cantos litúrgicos. Y mientras más fuerte rugía Satanás, y mientras más violentos eran sus sacudimientos, más altas y agudas eran las notas que salían de las gargantas de los combatientes.
Toda aquella demencia alcanzó su punto máximo cuando Varrumbroso magnificó en grado nunca visto la gracia del arcángel, rodeándolo de una aureola luminosa que escapaba del lienzo y trascendía al ambiente, mientras abatía, humillaba y degeneraba hasta la locura a Satán, haciéndolo insoportablemente feo. Entonces el pobre vilipendiado, que no podía continuar soportando semejante ultraje, pero que no podía remediarlo por estar apisonado por el seráfico pie, desgarró en medio de insoportables aullidos de dolor y soberbia sus entrañas, y parió media docena de pequeñas yarritrancas, demonios menores encargados de martirizar con pinzas al rojo a los desafortunados que caen en sus manos. Sulfurientas, arrancando chispas al caminar sobre las losas del piso, avanzaron hacia el pintor e hincaron las tenazas en sus carnes.Más insufribles que los escalofriantes rugidos de Satán fueron para los frailes los lamentos de su compañero, que pese al tormento continuó esparciendo los óleos. En los siguientes dos días el cabello de varios de los miembros más jóvenes de la comunidad encaneció por completo. Hasta la panza más abultada aflojó y disminuyó de volumen. Y como la penitencia impuesta por el abad, sumada al encierro permanente en la helada capilla, no permitía a los monjes ocuparse del profano asunto de la alimentación, el hambre, mezclada con la angustia y el terror, devino en la locura irrefrenable de varios hermanos, a tiempo que otros comenzaron a presentar síntomas inequívocos de claustrofobia y neurosis. Fray Cristóbal comprendió que la resistencia de su comunidad se quebraba y resolvió cambiar la táctica, ordenando a sus hijos encaminarse en grupos cerrados hacia el refectorio.

 

 

                                                                                                                                                                                    

 

 

Por el camino, el hermano cocinero se acercó para susurrarle al oído que no tenía ningún alimento preparado y que dudaba que alguno se conservara en buen estado. Pero el abad lo tranquilizó, haciéndole saber qué alimento no dañaba el Diablo. Después, cuando todos los monjes habían ocupado sus mesas, se volvió al padre Belarmino del Sudario de Cristo, con quien mantenía muy buenas migas en los últimos días, y le comentó divertido, al tiempo que se frotaba las manos:

-¡Qué frío, padre Belarmino! –El infierno es helado!
Y luego, con voz altiva y cantante: ¡Cocinero!: ¡sirva una barrica de Priorato de
Málaga! Al abrigo del dulce zumo celestial, la comunidad batalló el ultimo tramo de aquella difícil jornada. Los rezos, que habían comenzado a tornarse informes, fueron trocados por potentes y abaritonados cantos gregorianos, en cuyo cálido eco Varrumbroso encontró aliento para concluir y rubricar su obra, cuando ya las garritrancas le habían arrancado por completo el cuero cabelludo y comenzaban a hurgarle las fisuras del cráneo con espinas de nopal. Su pertinacia las sacó definitivamente de quicio. Encolerizadas, le descargaron primero una serie de violentos tramacazos en la raíz de la nuca, y luego lo arrastraron celda afuera. En el pasillo lo estrellaron contra las columnas y los guardacantones, antes de comenzar a subir y bajar febrilmente las escaleras llevándolo a rastras, haciendo trompicar y rebotar su cabeza en el filo de los peldaños. Varrumbroso supo que iba a morir y sonrió. Su cuadro estaba terminado. El canto alegre y confiado de sus cofrades, que le llegaba
desde alguna parte del convento, confirmaba su victoria.

                                                                                                                                                                                    

Ninguno de los monjes se percató del final. Sus cantares, acrecentados por el generoso vigor de la vid fermentada, superaban cualquier ruido sobrenatural. Cuatro barricas de Priorato mantuvieron en alto el espíritu. Sólo al amanecer aflojaron, cuando una terrible jaqueca les hizo insoportables sus propias oraciones. Entonces se percataron de que reinaba un profundo silencio en el claustro. Se arrastraron y hallaron el cadáver del padre Varrumbroso en la puerta misma del refectorio, donde lo habían tirado sus verdugos. Fray Cristóbal y otros tantos valientes dirigieron las sandalias hacia la celda del infortunado y contemplaron boquiabiertos, a través de la puerta entreabierta, el más impresionante y perfecto lienzo que pintor humano alguno hubiera dibujado. En silencio se postraron y elevaron una inconexa y un tanto achispada oración, por la eterna gloria del autor. Después entraron al cuarto y se echaron al hombro el enorme bastidor, pues la hora de entregarlo en la capilla de su seráfico dueño estaba sonando.
La solemne bendición de la capilla de San Miguel Arcángel resultó una ceremonia grandiosa. Los esposos Meléndez, el virrey, el obispo, el cabildo eclesiástico, los miembros de la Audiencia, la curia, la soldadesca, la plebe, todo el mundo sin excepción, admiró sobrecogido la imagen del ángel victorioso y el Diablo derrotado que los franciscanos trajeron a cuestas. Hubo susto, hubo admiración, estupefacción y uno que otro patatús epiléptico. Hubo también derroche de pólvora, incienso, latín y oropel religioso. Pero en medio de todo el obispo Fonseca, que felicitó uno a uno a los miembros de la comunidad franciscana, tuvo nariz suficiente para percibir el tufo acentuado que los acompañaba. Su cara de vieja avinagrada estaba cada vez más severa. Todos aquellos malos frailes la habían pasado bebiendo, así lo indicaban sus ojos hinchados de venas y sus evidentes resacas. De modo que al regreso, en el interior de la carroza donde en compañía del virrey salió del lugar, comentó a éste con enfado: Muy bueno el cuadro, pero vamos a tener que sancionar a estos malditos franciscanos. El virrey abrió la boca, asombrado. -¿Sancionarlos, vuesa reverencia? ¿Y eso a causa de qué?
— A causa de que empinan demasiado el codo dijo el jerarca. Y remangó la nariz, todavía atosigado del tufo del Priorato.

 

 

 

 

                                                                                Ángel Ángel Ángel Ángel



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