LA MULA Y EL BUEY





Cesó de quejarse la pobrecita; movió la cabeza, fijando los tristes ojos en las personas que rodeaban su lecho; extinguién­dose poco a poco su aliento, y expiró.

La infeliz madre no creía tanta desventura; pero el lindísi­mo rostro de Celinina se fue poniendo amarillo y diáfano como cera; enfriáronse sus miembros, y quedó rígida y dura como el cuerpo de una muñeca. Entonces llevaron fuera de la alcoba a la madre, al padre y a los más inmediatos parientes, y dos o tres amigas y las criadas se ocuparon en cumplir el último deber con la pobre niña muerta.

 

La vistieron con riquísimo traje de batista; la falda, blanca y ligera como una nube, toda llena de encajes y rizos, que la ase­mejaban a espuma. Pusiéronle los zapatos, blancos también y apenas ligeramente gastada la suela, señal de haber dado pocos paseos, y después tejieron con sus admirables cabellos castaños graciosas trenzas, enlazadas con cintas azules. Buscaron flores naturales; mas no hallándolas, por ser tan impropia de ellas la estación, tejieron una linda corona con flores de tela, escogieron las más bonitas y las que más se parecían a las verdaderas rosas frescas traídas del jardín.

 

Un hombre antipático trajo una caja algo mayor que la de un violín, forrada de seda azul con galones de plata, y por den­tro guarnecida de raso blanco. Colocaron dentro a Celinina, sosteniendo su cabeza en preciosa y blanda almohada, para que no estuviese en postura violenta, y después que la acomodaron bien en su fúnebre lecho cruzaron sus manecitas, atándolas con una cinta, y entre ellas pusiéronle un ramo de rosas blancas, tan hábilmente hechas por el artista, que parecían hijas del mismo abril.

 

Luego las mujeres aquéllas cubrieron de vistosos paños una mesa, arreglándola como un altar, y sobre ella fue colocada la caja. En breve tiempo armaron unos a modo de doseles de igle­sia, con ricas cortinas blancas, que se recogían gallardamente a un lado y otro; trajeron de otras piezas cantidad de santos e imágenes, que ordenadamente distribuyeron sobre el altar, como formando la corte funeraria del ángel difunto, y, sin pérdida de tiempo, encendieron algunas docenas de luces en los grandes’ candelabros de la sala, los cuales en torno a Celinina derramaban tristísimas claridades. Después de besar repetidas veces las heladas mejillas de la pobre niña, dieron por terminada su piadosa obra.

 

La Mula y El Buey

Allá, en lo más hondo de la casa, sonaban gemidos de hombres y mujeres. Era el triste lamentar de los padres, que no podían convencerse de la verdad del aforismo angelitos al cielo, que los amigos administran como calmante moral en tales tran­ces. Los padres creían entonces que la verdadera y más propia morada de los angelitos es la tierra; y tampoco podían admitir la teoría de que es mucho más lamentable y desastrosa la muer­te de los grandes que la de los pequeños. Sentían, mezclada a su dolor, la profundísima lástima que inspira la agonía de un niño, y no comprendían que ninguna pena superase a aquella que des­trozaba sus entrañas. Mil recuerdos e imágenes dolorosas les he­rían, tomando forma de agudísimos puñales que les traspasaban el corazón. La madre oía sin cesar la encantadora media lengua de Celinina, diciendo las cosas al revés, y haciendo de las pala­bras de nuestro idioma graciosas caricaturas filológicas, que afluían de su linda boca como la música más tierna que puede conmover el corazón de una madre.

 

Nada caracteriza a un niño como su estilo, aquel genuino modo de expresarse y decirlo todo con cuatro letras, y aquella gramática prehistórica, como los primeros vagidos de la palabra en los albores de la humanidad, y su sencillo arte de conjugar y declinar, que parece la rectificación inocente de los idiomas re­gularizados por el uso. El vocabulario de un niño de tres años, como Celinina, constituye el verdadero tesoro literario de las fa­milias. ¿Cómo había de olvidar la madre aquella lengüecita de trapo, que llamaba al sombrero tumeyo y al garbanzo babancho? Para colmo de aflicción, vio la buena señora por todas par­tes los objetos con que Celinina había alborozado los últimos días; y como éstos eran los que preceden a Navidad, rodaban por el suelo pavos de barro con patas de alambre; un San José sin manos; un pesebre con el Niño Dios, semejante a una bolita de color de rosa; un Rey Mago montado en arrogante camello sin cabeza. Lo que habían padecido aquellas pobres figuras en los últimos días, arrastradas de aquí para allá, puestas en esta o en la otra forma, sólo Dios, la mamá y el purísimo espíritu que había volado al cielo lo sabían.

 

Estaban las rotas esculturas impregnadas, digámoslo así, del alma de Celinina, o vestidas, si se quiere, de una singular claridad muy triste, que era la claridad de ella. La pobre madre, al mirarlas, temblaba toda, sintiéndose herida en lo más delica­do y sensible de su íntimo ser. ¡Extraña alianza de las cosas! ¡Cómo lloraban aquellos pedazos de barro! ¡Llenos parecían de una aflicción intensa, y tan doloridos, que su vista sola producía tanta amargura como el espectáculo de la misma criatura mori­bunda, cuando miraba con ojos suplicantes a sus padres y les pedía que le quitasen aquel horrible dolor de su frente abrasa­da! La más triste cosa del mundo era para la madre aquel pavo con patas de alambre clavadas en tablilla de barro, y que en sus frecuentes cambios de postura había perdido el pico y el moco.

 

Pero si era aflictiva la situcación de espíritu de la madre, éralo mucho más la del padre. Aquélla estaba traspasada de do­lor; en éste, el dolor se agravaba con un remordimiento agudísi­mo. Contaremos brevemente el peregrino caso, advirtiendo que esto quizá parecerá en extremo pueril a algunos, pero a los que tal crean les recordaremos que nada es tan ocasionado a puerili­dades como un íntimo y puro dolor, de esos en que no existe mezcla alguna de intereses de la tierra, ni el desconsuelo secun­dario del egoísmo satisfecho.

 

Desde que Celinina cayó enferma sintió el afán de las poéti­cas fiestas que más alegran a los niños: las fiestas de Navidad. Ya se sabe con cuánta ansia desean la llegada de estos risueños días, y cómo les trastorna el febril anhelo de los regalitos, de los nacimientos, y las esperanzas del mucho comer y del atracarse de pavo, mazapán, peladillas y turrón. Algunos se creen capa­ces, con la mayor ingenuidad, de embuchar en sus estómagos cuanto ostenta la Plaza Mayor y calles adyacentes.

 

Celinina, en sus ratos de mejoría, no dejaba de la boca el tema de la Pascua; y como sus primitos, que iban a acompañar­la, eran de más edad y sabían cuanto hay que saber en punto a regalos y nacimientos, se alborotaba más la fantasía de la pobre niña oyéndoles, y más se encendían sus afanes de poseer golosi­nas y juguetes.

 

La Mula y El Buey

 

Delirando, cuando la metía en su horno de martirios la fiebre, no cesaba de nombrar lo que de tal modo ocupaba su espí­ritu, y todo era golpear tambores, tañer zambombas, cantar vi­llancicos. En la esfera tenebrosa que rodeaba su mente no había sino pavos haciendo clauclau; pollos que gritaban pío, pío; montes de turrón que llegaban al cielo formando un Guadarrama de almendras; nacimientos llenos de dulces y que tenían lo menos cincuenta mil millones de figuras; ramos de dulce, árbo­les cargados de cuantos juguetes puede idear la más fecunda imaginación tirolesa; el estanque del Retiro lleno de sopa de al­mendras ; besugos que miraban a las cocineras con sus ojos cua­jados; naranjas que llovían del cielo, cayendo en más abundan­cia que las gotas de agua en día de temporal, y otros mil prodi­gios que no tienen número ni medida.

 

Él padre, por no tener más chicos que Celinina, no cabía en sí de inquieto y desasosegado. Sus negocios le llamaban fuera de la casa; pero muy a menudo entraba en ella para ver cómo iba la enfermita. El mal seguía su marcha con alternativas traido­ras: unas veces dando esperanza de remedio, otras, quitándolas.

 

El buen hombre tenía presentimientos tristes. El lecho de Celinina, con la tierna persona agobiada en él por la fiebre y los dolores, no se apartaba de su imaginación. Atento a lo que pu­diera contribuir a regocijar el espíritu de la niña, todas las no­ches, cuando regresaba a la casa, le traía algún regalillo de Pas­cua, variando siempre de objeto y de serie, pero prescindiendo siempre de toda golosina. Trájole un día una manada de pavos, tan al vivo hechos, que no les faltaba más que graznar; otro día sacó de sus bolsillos la mitad de la Sacra Familia, y al día si­guiente a San José con el pesebre y portal de Belén.- Después vino con unas preciosas ovejas, a quien conducían gallardos pastores, y luego se hizo acompañar de unas lavanderas que la­vaban, y de un choricero que vendía chorizos, y de un Rey Mago negro, al cual sucedió otro de barba blanca y corona de oro. Por traer, hasta trajo a una vieja que daba azotes en cierta parte a un chico por no saber la lección.

 

Conocedora Celinina, por lo que charlaban sus primos, de todo lo necesario a la buena composición de un nacimiento, conoció que aquella obra estaba incompleta por la falta de dos fi­guras muy principales: la muía y el buey. Ella no sabía lo que significaba la tal muía ni el tal buey; pero atenta a que todas las cosas fuesen perfectas, reclamó una y otra vez del solícito padre el par de animales que se habían quedado en Santa Cruz.

 

El prometió traerlos, y en su corazón hizo propósito firmí­simo de no volver sin ambas bestias; pero aquel día, que era el 23, los asuntos y quehaceres se le aumentaron de tal modo, que no tuvo un punto de reposo. Además de esto, quiso el cielo que se sacase la lotería, que tuviera noticia de haber ganado un pleito, que dos amigos cariñosos le embarazaran toda la maña­na…; en fin, el padre entró en la casa sin la muía, pero también sin el buey.

Gran desconsuelo mostró Celinina al ver que no venían a completar su tesoro las dos únicas joyas que en él faltaban. El padre quiso al punto remediar su falta; mas la nena se había agravado considerablemente durante el día: vino el médico, y como sus palabras no eran tranquilizadoras, nadie pensó en bueyes, mas tampoco en muías.

El 24 resolvió el pobre señor no moverse de la casa. Celini­na tuvo por breve rato un alivio tan patente, que todos conci­bieron esperanzas, y lleno de alegría dijo el padre: «Voy al pun­to a buscar eso.»

 

Pero como cae rápidamente un ave herida al remontar el vuelo a lo más alto, así cayó Celinina en las honduras de una fiebre muy intensa. Se agitaba trémula y sofocada en los brazos ardientes de la enfermedad, que la constreñía sacudiéndola para expulsar la vida. En la confusión de su delirio y sobre el revuel­to oleaje de su pensamiento flotaba, como el único objetó salva­do de un cataclismo, la idea fija del deseo que no había sido sa­tisfecho de aquella codiciada muía y aquel suspirado buey, que aún preseguían en estado de esperanza.

 

El papá salió medio loco, corrió por las calles; pero en mi­tad de una de ellas se detuvo y dijo: «¿Quién piensa ahora en fi­guras de Nacimiento ?»

 

Y, corriendo de aquí para allí, subió escaleras, y tocó cam­panillas, y abrió puertas sin reposar un instante, hasta que hubo juntado siete u ocho médicos y los llevó a su casa. Era preciso salvar a Celinina.

Pero Dios no quiso que los siete u ocho (pues la cifra no se sabe a punto fijo) alumnos de Esculapio contraviniesen la sen­tencia que El había dado, y Celinina fue cayendo, cayendo más a cada hora, y llegó a estar abatida, abrasada, luchando con in­descriptibles congojas, como la mariposa que ha sido golpeada y tiembla sobre el suelo con las alas rotas. Los padres se inclina­ban junto a ella con afán insensato, cual si quisieran con la sola fuerza del mirar detener aquella existencia que se iba, suspender la rápida desorganización humana, y con su aliento renovar el aliento de la pobre mártir, que se desvanecía en su suspiro.

 

Sonaron en la calle tambores y zambombas y alegre chas­quido de panderos. Celinina abrió los ojos, que ya parecían ce­rrados para siempre, miró a su padre, y con la mirada tan sólo y un grave murmullo que no parecía venir ya de lenguas de este mundo, pidió a su padre lo que éste no había querido traerle. Traspasados de dolor padre y madre, quisieron engañarla, para que tuviese una alegría en aquel instante de suprema aflicción, y presentándole los pavos, le dijeron:

—Mira, hija de mi alma, aquí tienes la mulita y el bueyecito.

 

Pero Celinina, aun acabándose, tuvo suficiente claridad en su entendimiento para ver que los pavos no eran otra cosa que pavos, y los rechazó con agraciado gesto. Después siguió con la vista fija en sus padres, y ambas manos en la cabeza señalando sus agudos dolores. Poco a poco fue extinguiéndose en ella aquel acompasado son, que es el último vibrar de la vida, y al fin todo calló, como calla la máquina del reloj que se para; y la linda Celinina fue un gracioso bulto, inerte y frío como mármol, blanco y transparente como la purificada cera que arde en los altares.

 

¿Se comprende ahora el remordimiento del padre? Porque Celinina retornara a la vida hubiera él recorrido la tierra entera para recoger todos los bueyes y todas, absolutamente todas, las muías que en ella hay. La idea de no haber satisfecho aquel ino­cente deseo era la espada más aguada y fría que traspasaba su corazón. En vano con el raciocinio quería arrancársela; pero ¿de qué servía la razón, si era tan niño entonces como la que dormía en el ataúd, y daba más importancia a un juguete que a todas las cosas de la tierra y del cielo?

 

En la casa se apagaron al fin los rumores de la desespera­ción, como si el dolor, internándose en el alma, que es su mora­da propia, cerrara las puertas de los sentidos para estar más solo y recrearse en sí mismo.

Era Nochebuena, y si todo callaba en la triste vivienda re­cién visitada de la muerte, fuera, en las calles de la ciudad y en todas las demás casas, resonaban placenteras bullangas de gro­seros instrumentos músicos, y vocería de chiquillos y adultos cantando la venida del Mesías. Desde la sala donde estaba la niña difunta, las pieadosas mujeres que le hacían compañía oye­ron espantosa algazara que al través del pavimento del piso su­perior llegaba hasta ellas, conturbándolas en su pena y devoto recogimiento. Allá arriba, muchos congregados chicos, congre­gados con mayor número de niños grandes y felices papas y al­borozados tíos y tías, celebraban la Pascua, locos de alegría ante el más admirable nacimiento que era dado imaginar, y atentos al fruto y dulces y dulces que en sus ramas llevaba un fondoso árbol con mil vistosas candilejas alumbrado.

 

Hubo momentos en que con el grande estrépito de arriba, parecía que retemblaba el techo de la sala, y que la pobre muer­ta se estremecía en su caja azul, y que las luces todas oscilaban, como si, a su manera, quisieran dar a entender también que es­taban peneques. De Jas tres mujeres que velaban, se retiraron dos; quedó una sola, y ésta, sintiendo en su cabeza grandísimo peso, a causa sin duda del cansancio producido por tantas vigi­lias, tocó el pecho con la barba y se durmió.

 

Las luces siguieron oscilando y moviéndose mucho, a pesar de que no entraba aire en la habitación. Creeríase que invisibles alas se agitaban en el espacio ocupado por el altar. Los encajes del vestido de Celinina se movieron también, y las hojas de sus flores de trapo anunciaban el paso de una brisa juguetona o de manos muy suaves. Entonces Celinina abrió los ojos.

 

Sus ojos negros llenaron la sala con una mirada viva y afa­nosa que echaron en derredor y de arriba abajo, inmediatamen­te después separó las manos, sin que opusiera resistencia la cinta que las ataba, y cerrando ambos puños se frotó con ellos los ojos, como es costumbre en los niños al despertarse. Luego se incorporó con rápido movimiento, sin esfuerzo alguno, y miran­do al techo se echó a reír; pero su risa, sensible a la vista, no podía oírse. El único rumor que fácilmente se percibió era una bu­llanga de alas vivamente agitadas, cual si todas las palomas del mundo estuvieran entrando y saliendo en la sala mortuoria y ro­zando con sus plumas el techo y las paredes.

 

Celinina se puso en pie, extendió los brazos hacia arriba, y al punto le nacieron unas alitas cortas y blancas. Batiendo con ellas el aire, levantó el vuelo y desapareció.

 

Todo continuaba lo mismo: las luces ardiendo, derraman­do en copiosos chorros cera sobre arandelas; las imágenes en el propio sitio, sin mover brazo ni pierna ni desplegar sus austeros labios; la mujer sumida plácidamente en un sueño que debía sa­berle a gloria; todo seguía lo mismo, menos la caja azul, que se había quedado vacía.

 

¡Hermosa fiesta la de esta noche en casa de los señores de…! Los tambores atruenan la sala. No hay quien haga com­prender a esos endiablados chicos que se divertirán más renun­ciando a la infernal bulla de aquel instrumento de guerra. Para que ningún humano oído quede en estado de funcionar al día si­guiente, añaden al tambor esa invención del Averno, llamada zambomba, cuyo ruido semeja a gruñidos de Satanás. Completa la sinfonía el pandero, cuyo atroz chirrido de calderetería vieja alborota los nervios más tranquilos. Y, sin embargo, esta dis­corde algazara sin melodía y sin ritmo, más primitiva que la música de los salvajes, es alegre en aquesta singular noche y tie­ne cierto sonsonete lejano de coro celestial.

 

El Nacimiento no es una obra de arte a los ojos de los adul­tos; pero los chicos encuentran tanta belleza en las figuras, ex­presión tan mística en el semblante de todas ellas y propiedad tanta en sus trajes, que no creen haya salido de manos de hom­bres obra más perfecta, y la atribuyen a la industria peculiar de ciertos ángeles dedicados a ganarse la vida trabajando en barro. El portal, de corcho, imitando un arco romano en ruinas, es monísimo; el riachuelo, representado por un espejillo con mu­chas manchas verdes que remedan acuáticas hierbas y el musgo de las márgenes, parece que corre por la mesa adelante con plá­cido murmurio. El puente por do pasan los pastores es tal, que nunca se ha visto el cartón tan semejante a la piedra; al contra­rio de lo que pasa en muchas obras en nuestros ingenieros mo­dernos, los cuales hacen puentes de piedra que parecen de carton. El monte que ocupa el centro se confundiría con un pedazo de los Pirineos, y sus lindas casitas, más pequeñas que las figu­ras, y sus árboles figurados con ramitas de evónimos, dejan atrás a la misma Naturaleza.

 

En el llano es donde está lo más bello y las figuras más ca­racterísticas las lavanderas que lavan en el arroyo; los paveros y polleros conduciendo sus manadas; un guardia civil que lleva dos granujas presos; caballeros que pasean en lujosas carretelas junto al camello de un Rey Mago, y Perico el ciego tocando la guitarra en un corrillo donde curiosean los pastores que han vuelto del Portal. Por medio a medio pasa un tranvía lo mismo que el del barrio de Salamanca, y como tiene dos rails y sus rue­das, a cada instante le hacen correr de Oriente a Occidente, con gran asombro del Rey Negro, que no sabe qué endiablada máquina es aquélla.

 

Delante del Portal hay una lindísima plazoleta, cuyo centro lo ocupa una redoma de peces, y no lejos de allí vende un chico «La Correspondencia» y bailan gentilmente dos majos. La vieja que vende buñuelos y la castañera de la esquina son las piezas más preciosas de este maravilloso pueblo de barro, y ellas solas atraen con preferencia las miradas de la infantil muchedumbre. Sobre todo aquel chicuelo andrajoso que en una mano tiene un billete de lotería, y con la otra le roba bonitamente las castañas del cesto a la tía Lambrijas, hace desternillar de risa a todos.

En suma: El Nacimiento número uno de Madrid es el de aquella casa, una de las más principales, y ha reunido en sus sa­lones a los niños más lindos y más juiciosos de veinte calles a la redonda.

 

Pues ¿y el árbol? Está formado de ramas de encina y cedro. El solícito amigo de la casa que lo ha compuesto con gran tra­bajo, declara que jamás salió de sus manos obra tan acabada y perfecta. No se pueden contar los regalos pendientes de sus ho­jas. Son, según la suposición de un chico allí presente, en mayor número que las arenas del mar. Dulces envueltos en cascaras de papel rizado; mandarinas, que son los niños de pecho de las na­ranjas; castañas arropadas en mantillas de papel de plata; cajitas que contienen glóbulos de confitería homeopática; figurillas diversas a píe y a caballo: cuanto Dios crio para que lo perfec­cionase después la Mahonesa o lo vendiese Scropp, ha sido puesto allí por una mano tan generosa como hábil. Alumbraban aquel árbol de la vida candilejas en tal abundancia que, según la relación de un convidado de cuatro años, hay allí más lucecitas que estrellas en el cielo.La Mula y El Buey

 

El gozo de la caterva infantil no puede compararse a nin­gún sentimiento humano, es el gozo inefable de los coros celes­tiales en presencia del Sumo Bien y de la Belleza Suma. La su­perabundancia de satisfacción casi les hace juiciosos y están como perplejos, en seráfico arrobamiento, con toda el alma en los ojos, saboreando de antemano lo que han de comer, y na­dando, como los ángeles bienaventurados, en éter puro de cosas dulces y deliciosas, en olor de flores y de canela, en la esencia increada del juego y de la golosina.

 

Mas de repente sintieron un rumor que no provenía de ellos. Todos miraron al techo, y como no veían nada, se con­templaron los unos a los otros, riendo. Oíase gran murmullo de alas rozando contra la pared y chocando en el techo. Si estuvieran ciegos, habrían creído que todas las palomas de todos los palomares del universo se habían metido en la sala. Pero no veían absolutamente nada.

 

Notaron, sí, de súbito, una cosa inexplicable y fenomenal. Todas las figurillas del Nacimiento se movieron, todas variaron de sitio sin ruido. El coche del tranvía subió a lo alto de los montes, y los Reyes se metieron de patas en el arroyo. Los pa­vos se colocaron sin permiso dentro del Portal y San José salió todo turbado, cual si quisiera saber el origen de tan rara confu­sión. Después, muchas figuras quedaron tendidas en el suelo. Si al principio las traslaciones se hicieron sin desorden, después se armó una barahúnda tal, que parecían andar por allí cien mil manos afanosas de revolverlo todo. Era un cataclismo universal en miniatura. El monte se venía abajo, faltándole sus cimientos seculares; el riachuelo variaba de curso, y echando fuera del cauce sus espejillos, inundaba espantosamente la llanura; las ca­sas hundían el tejado en la arena; el Portal se estremecía cual si fuera combatido de horribles vientos, y como se apagaron mu­chas luces, resultó nublado el sol y oscurecidas las luminarias del día y de la noche.

 

Entre el estupor que tal fenómeno producía, algunos pequeñuelos reían locamente, y otros lloraban. Una vieja supersti­ciosa les dijo:

—¿No sabéis quién hace ese trastorno? Hácenlo los niños muertos que están en el Cielo, y a ios cuales permite Dios Pa­dre, esta noche, que vengan a jugar con los Nacimientos.

Todo aquello tuvo fin, y se sintió otra vez el latir de alas alejándose.

Acudieron muchos de los presentes a examinar los estragos, y un sentir dijo:

—Es que se ha hundido la mesa y todas las figuras se han revuelto.

 

Empezaron a recoger las figuras y a ponerlas en orden. Después del minucioso recuento y de reconocer una por una to­das las piezas, se echó de menos algo. Buscaron y rebuscaron pero sin resultado. Faltaban dos figuras: la muía y el buey.

Ya cercano el día, iban los alborotadores camino del cielo, más contentos que unas pascuas, dando brincos por esas nubes, y eran millones de millones, todos preciosos, puros, divinos, con alas blancas y cortas, que batían más rápidamente que los más veloces pájaros de la tierra. La bandada que formaban era más grande que cuanto pueden abarcar los ojos en el espacio visible, y cubría la luna y las estrella, como cuando el firmamento se lle­na de nubes.

 

—A prisa, a prisa, caballeritos, que va a ser de día —dijo uno—, y el Abuelo nos va a reñir si llegamos tarde. No valen nada los Nacimientos de este año… ¡Cuando uno recuerda aquellos tiempos!

Celinina iba con ellos, y como por primera vez andaba en aquellas altitudes, se atolondraba un poco.

-Ven acá —le dijo uno—, dame la mano y volarás más de­recha… Pero ¿qué llevas ahí?

—Esto —repuso Celinina oprimiendo contra su pecho dos groseros animales de barro—. Son para mi, para mí.

—Mira, chiquilla, tira esos muñecos. Bien se conoce que sales ahora de la tierra. Has dé-saber que aunque en el Cielo te­nemos juegos eternos y siempre deliciosos, el Abuelo nos manda al mundo esta noche para que enredemos un poco en los Naci­mientos. Allá arriba se divierten también esta noche, y yo creo que nos mandan abajo porque los mareamos con el ruido que metemos… Pero si Padre Dios nos deja bajar y andar por las ca­sas, es a condición de que no hemos de coger nada, y tú has afa­nado eso.

Celinina no se hacía cargo de estas poderosas razones, y apretando más contra su pecho los dos animales, repitió:

—Pa mí, pa mí.

—Mira, tonta —añadió otro—, que si no haces caso nos vas a dar un disgusto. Baja en un vuelo, y deja eso, que es de la tierra y en la tierra debe quedar. En un momento vas y vuelves, tonta. Yo te espero en esta nube.

 

Al fin Celinina accedió, y bajando, entregó a la tierra su hurto.

Por eso observaron que el precioso cadáver de Celinina, aquello que fue su persona visible, tenía en las manos, en vez del ramo de flores, dos animalitos de barro. Ni las mujeres que la velaron, ni el padre, ni la madre, supieron explicarse esto; pero la linda niña, tan llorada de todos, entró en la tierra apre­tando en sus frías manecitas la muía y el buey.

 

Benito Pérez Galdós



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