La fuerza de la sangre.





Vivía en Toledo, en la época de nuestra historia, un joven caballero a quien la riqueza, la sangre ilustre, la excesiva libertad y, sobre todo, las malas compañías, hacían hacer cosas y tener atrevimientos que desdecian de su calidad y le daban renombre de atrevido; Rodolfo — que así llamaremos desde ahora nuestro caballero por encubrir su verdadero nombre — era apuesto, simpático e inteligente; pero acostumbrado desde la infancia a una vida sin otro norte que su capricho, no es de extrañar que jamás emplease su tiempo en nada de provecho. Todo esto tenía muy disgustados a sus padres, que angustiados comprendían su impotencia para remediar lo que fácilmente hubieran evitado, sin duda, con un poco más de firmeza y vigilancia por su parte.

Una de las calurosas noches de verano, paseando Rodolfo por las orillas del río con unos amigos, se cruzó con una hermosa doncella que regresaba a la ciudad acompañada de sus padres, Preguntó a sus amigos quién era aquella joven, le respondieron que se llamaba Leocadia, y que era hija de un anciano hidalgo tan pobre como honrado.
Quedó prendado Rodolfo de la belleza de Leocadia, y en aquel mismo instante se hizo el firme propósito de casarse con ella; mas no impulsado por el sano deseo de fundar un hogar, sino por una baja pasión y voluntad torcida.

                                                                                                                                                                                  

Pasemos por alto los medios de que se valió para lograr su fin. Fue el caso que consiguió hacerla su esposa, y al cabo, añorando la desordenada vida que había llevado hasta entonces, huyó de su lado, dejándola abandonada a su suerte.
Viéndose sola, Leocadia se fue a casa de sus padres, que la recibieron con los brazos abiertos. La muchacha, llorando desconsoladamente, les dio cuenta de su desastroso suceso.
Si os parece, padre mío terminó diciendo — buscad a mi esposo, y obligadle en justicia a cumplir con su deber; aunque os confieso que yo preferiría que no lo hiciéseis. Si ha de volver a mí, quiero que lo haga por propia voluntad, y no obligado por el compromiso que conmigo tiene contraído. Pero vos decidiréis lo que mejor deba hacerse.
— Hija mía respondió su padre, esta es y será siempre tu casa, y ya sabes que la mayor felicidad que podemos pedir al Cielo es tenerte siempre con nosotros. Quédate, pues, aquí, y que sea lo que Dios quiera. Con estas prudentes razones consoló su padre a Leocadia. Y abrazándola de nuevo su madre, procuró también consolarla. Ella gimió y lloró de nuevo, y se redujo desde entonces a vivir recogidamente bajo el amparo de sus padres, con vestido tan honesto como pobre.

 

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Rodolfo, en tanto, partía para Italia, a donde sus padres que ignoraban su boda con la muchacha de Toledo — hacía tiempo querían enviarle, con la esperanza de que lejos de las amistades que tan mala influencia ejercían sobre él, sentase un poco la cabeza.
Pero en Nápoles, en Roma y en Florencia siguió la misma vida disipada de siempre. De vez en cuando le remordía la conciencia el recuerdo de su esposa. En tales momentos, se prometía muy seriamente regresar a España para remediar, si aun era posible, el mal que había cometido. Pero -ay., que estos propósitos de enmienda eran como burbujas de jabón: se deshacían en el aire apenas nacidos.
Leocadia, entre tanto, pasaba la vida en casa de sus padres, sin dejar apenas verse de persona alguna. A los pocos meses, Dios le dio un hijo, fruto de su casamiento con Rodolfo que fue como un rayo de sol que se abriese paso entre las tinieblas de su desgracia. 
Luis — que este era el nombre del niño por llamarse así su abuelo— era un muchacho de rostro hermoso, de condición mansa, de ingenio agudo, y en todas aquellas acciones que en aquella tierna edad podía hacer, daba señales de ser de algún noble padre engendrado. Y de tal manera su gracia, belleza y discreción enamoraron a sus abuelos, que vinieron a tener por dicha la desdicha de su hija por haberles dado tal nieto.

                                                                                                                                                                                  

Cuando iba por la calle llovían sobre él millares de bendiciones. Y con este aplauso de los que le conocían y no conocían llegó el niño a la edad de siete años, haciendo la felicidad de Leocadia y de sus ancianos padres.

Sucedido que un día que el niño fue con un recado de su abuela a una parienta suya, acertó a pasar por una calle donde había carrera de caballos. Se detuvo Luis a mirar el espectáculo, y por verlo mejor atravesó la calle, con tan mala suerte que uno de los caballos se le echó encima, sin que el jinete pudiese frenarlo en la furia de su carrera. El pobre niño quedó tendido en el suelo, derramando mucha sangre de la cabeza.
Apenas esto hubo sucedido, cuando un caballero anciano se arrojó de su caballo y fue a donde estaba el niño; lo arrebató de los brazos de un hombre que lo había cogido y a paso largo se fue con él a su casa, ordenando a sus criados que fuesen inmediatamente a buscar a un médico.
Pronto la noticia de la desgracia llegó a oídos de Leocadia que como loca se echó a la calle seguida de sus padres, dirigiéndose a toda prisa a la casa del caballero que había recogido a su hijo.
Por favor — dijo el dueño de la casa a Leocadia, no lloréis delante el niño, pues no es conveniente que se asuste en el estado en que se encuentra. Podría serle fatal,

Salió en esto el doctor de la habitación de Luisico, y, al verlo, Leocadia corrió hacia él, tratando en vano de contener su desesperación. Dígame la verdad, doctor, ¿cómo está? ¿Ha muerto mi hijo? Cálmese, señora respondió el médico —. Por fortuna, la herida no ha sido mortal, a pesar de las apariencias. Puede usted entrar a verlo, para convencerse de que es verdad lo que digo. Pero no esté mucho rato con él. Le conviene reposar.
Entraron Leocadia y sus padres en el aposento en que estaba el herido, seguidos del doctor y de los dueños de la casa, y vieron a Luis postrado en el lecho, muy pálido, los ojos cerrados y una gran venda en la cabeza.

                                                                                                                                                                                   

 
Acercóse de puntillas Leocadia al borde del lecho y, cayendo de rodillas, besó el rostro de su hijo sin rozarle apenas, por no despertarle. Luis, que no estaba dormido, abrió los ojos. Mamá pronunció con voz débil. Hijo mío, ¿cómo te encuentras? Estoy bien, mamá… Me duele un poco la cabeza, pero nada más. No llores; se me pasará pronto… Jovencito terció el médico —, nada de darle a la lengua por ahora. Lo que debes hacer es dormir mucho y no pensar en nada. Mañana será otro día. Y después, dirigiéndose a los demás, añadió, bajando la voz: — Cierren las ventanas y déjenlo solo. Es conveniente que repose.

Salieron todos de la estancia, y el abuelo de Luis agradeció a los dueños de la casa, con emocionadas frases, todo lo que estaban haciendo por ellos.
Nada tenéis que agradecerme  — le atajó el caballero —. Creed que cuando vi al pobre niño caído y atropellado me pareció ver el rostro de un hijo mío, que ahora está en Italia.
¿Cómo se llama vuestro hijo? — preguntó Leocadia anhelante, impulsada por un repentino presentimiento.
Se llama Rodolfo; hija mía se adelantó a responder la esposa del caballero con gran amabilidad —. Mirad añadió sacando un medallón del cuello — aquí tenéis su retrato poco antes de su partida para Italia.
Tomó Leocadia el retrato en sus manos y tuvo que ahogar un grito en su garganta para no denunciar la emoción que sentía.

                                                                                                                                                                                 

 
¿Cuánto hace que se marchó? — preguntó esforzándose por dar a su voz un tono natural.
— Ocho años va a hacer para octubre respondió la señora.

No cupo duda a Leocadia de que sus bienhechores eran los padres de su Rodolfo. Este jamás le había hablado de ellos. A las preguntas de Leocadia sobre su familia, contestaba con evasivas, tratando — ahora lo veía claramente de que ella ignorase su origen para realizar con más holgura el desalmado plan que sin duda se había señalado.
Nada dijo, sin embargo, de su descubrimiento. El caballero le aconsejó dejase el herido en su casa todo el tiempo que fuera necesario, pues creía que era peligroso un traslado en las condiciones en que se hallaba.

 

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El médico fue de la misma opinión. Preciso fue, pues, que Leocadia accediese a ello. Al cabo de quince días estuvo el herido fuera de peligro, y a los treinta se levantó. En todo este tiempo fue visitado de la madre y de la abuela, y regalado de los dueños de la casa como si fuera su mismo hijo. Algunas veces, hablando con Leocadia doña Estefanía — que así se llamaba la mujer del caballero — le decía que aquel niño se parecía tanto a su hijo, que ninguna vez le miraba que no le pareciese verlo delante.
Un día, oyendo esto, la joven no pude guardar más su secreto y confesó todo a la señora. Le dijo cómo ella era la esposa de su hijo, contándole todas las circunstancias del caso.
Mirad este crucifijo. ¿Lo conocéis?
¿Cómo no he de conocerlo?!! — exclamó doña Estefanía asombrada— si se lo regalé yo misma a mi hijo el día que hizo la primera comunión?

 

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Con esto ya no le cupo duda de que la joven decía la verdad. Y presa de una emoción sin límites abrazó a Leocadia juntando su rostro con el suyo gr mezclando sus lágrimas con las de ella.
Estando las dos de esta manera, acertó a entrar el caballero, marido de Estefanía, que traía a Luisico de la mano, y viendo el llanto de las dos mujeres, preguntó cuál era la causa de ello. El niño abrazó a su madre y a su bienhechora, y asimismo preguntaba por qué lloraban.
Grandes cosas tengo que deciros — respondió Estefanía a su marido . Sabed que esta joven es hija vuestra, y este niño vuestro nieto. Esta verdad que os digo me ha dicho esta niña, y lo confirma el rostro de este ángel, en el cual hemos visto el de nuestro hijo.
— La verdad es que no logro entenderos declaró el caballero.
Contó entonces Leocadia todo lo que había contado a doña Estefanía, y él lo creyó, por divina permisión del cielo, como si con muchos y verdaderos testigos se lo hubieran probado. Consoló y abrazó a Leocadia, besó a su nieto, y aquel mismo día despacharon un correo a Nápoles avisando a su hijo se viniese luego, porque le tenían concertado casamiento con una mujer muy hermosa, y que por todos conceptos le convenía. No consintieron que Leocadia ni su hijo volviesen a la casa de sus padres, los cuales, contentísimos del buen suceso de su hija, daban infinitas gracias a Dios por ello.

Picado en su curiosidad Rodolfo por lo que sus padres le decían, y acuciado también por sus remordimientos, de allí a dos días de haber recibido la carta se embarcó en una galera con destino a España; desembarcó en Barcelona, y en una semana se puso en Toledo y entró en casa de su padre tan galán y tan bizarro, que parecían fundirse en él toda la galanura y bizarría del mundo. Leocadia no se dejó ver de él, cumpliendo el plan que entre todos habían concertado.
Poco antes de que se sentasen a cenar, se entró en un aposento a solas su madre con Rodolfo, y poniéndole en las manos el retrato de la mujer más fea que pudo encontrar, le dijo:
Yo quiero, Rodolfo, hijo, darte una grata sorpresa mostrándote a tu esposa dentro de unos momentos. Este es su verdadero retrato; no diré que sea muy guapa, pero lo que le falta de belleza le sobra de virtud. Es noble, discreta y medianamente rica, y puesto que tu padre y yo la hemos escogido, te aseguro que es la que te conviene.

                                                                                                                                                                                   

Atentamente miró Rodolfo el retrato, y luego dijo: He oído decir que los pintores suelen mejorar el modelo que retratan; si con éste ha sido así, no hay duda que el original es la misma fealdad en persona. Me gustaría obedecerte, madre; pero ¡ay!, temo no poder evitar el salir corriendo cada vez que vea asomar este rostro por una puerta. A punto estuvo de soltar a reír doña Estefanía viendo la cara de su hijo al decir esto, per conteniéndose respondió:
-Está bien hijo, si no te gusta, no hay más que hablar .ya me encargaré yo de arreglarlo. Y ahora vamos a cenar, que es tarde.  Sentáronse a la mesa y, de pronto, doña. Estefanía exclamó dándose una palmada en la frente:¡Dios mío, que memoria la mía! ¿Pues no me he olvidado de la invitada que tenemos en casa?  Y llamando a uno de los criados, ordenó:
– Anda, ve a avisar a doña Leocadia y dile que, por favor, venga a honrarnos la mesa.
Al poco rato entró la joven en el comedor ricamente ataviada con un traje de terciopelo negro, con botones de oro y perlas, cintura y collar de diamantes; los cabellos, casi rubios, traíalos recogidos hacia atrás, con vislumbres de diamantes que turbaban la luz de los ojos que tenían la dicha de contemplarlos. Traía de la mano a su hijo y, delante de ella, venían dos doncellas alumbrándola con dos velas de cera en dos candelabros de plata.

 

 

 

                                                                                                                                                                                    

 

Levantáronse todos a hacerle reverencia, como si fuese alguna cosa del cielo que allí milagrosamente se había aparecido. Leocadia, con airosa gracia, saludó y se sentó al lado de Rodolfo. Al niño lo sentaron junto a la abuela.
Rodolfo, mirando de reojo aquella incomparable beldad, decía para sus adentros:

"¡Válgame Dios. ¿Qué es esto que veo?… ¿Es, por ventura, algún ángel humano lo que estoy mirando?"
Trataba Leocadia de mantenerse serena, pero la presencia de Rodolfo avivó el recuerdo de sus pasadas desdichas. Sintió, de repente, una extraña opresión en el pecho, y la cabeza comenzó a darle vueltas; tanto, que a los pocos segundos cayó desmayada en brazos de doña Estefanía, que alarmada por su intensa palidez, acudió a tiempo para recibirla en ellos.
Sobresaltáronse todos, como es de suponer. Pero el que dio más muestras de sentirlo fue Rodolfo, cuya turbación fue tal que por querer llegar pronto a ella tropezó y cayó dos veces.
La desabrocharon, le echaron agua en el rostro, pero no lograron que volviera en sí. Rodolfo estaba como loco: ora le tomaba el pulso, ora le apretaba las sienes, ora pedía a los criados trajesen un frasco de sales para darle a oler, ora le aplicaba mil remedios que de pronto se le ocurrían. Por suerte, al cabo de un rato la desmayada abrió los ojos, dando muestras de haber recobrado la conciencia. En este momento, Rodolfo, no pudiendo contenerse por más tiempo, llevó aparte a su madre y le dijo:

                                                                                                                                                                                    

Madre mía, quiero confesarte algo de que me avergüenzo y me avergonzaré siempre, y de lo cual estoy arrepentido y dispuesto a reparar todo el mal que hice, si aún es tiempo de ello. Hace siete años, poco antes de marchar a Italia, me casé en secreto con una joven de esta misma ciudad, noble y hermosa, aunque no rica. ¡Ay!, esta joven que está con nosotros me la recuerda, incluso en el nombre. No he sabido nada de ella desde entonces. Pero si vive, daré con su paradero, y la traeré a esta casa para que reciba tu bendición.
Sintió doña Estefanía una inmensa alegría al oírle decir estas palabras, Ella sabía, en el fondo de su corazón, que su hijo no era malo, y dio infinitas gracias a Dios por haberle confirmado en esta verdad.
Hijo mío respondió, no tendrás que buscar a la esposa que abandonaste, pues aquí la tienes. Esta es — dijo señalando a Leocadia, y éste tu hijo.
No halló palabras Rodolfo para expresar la emoción que,le embargó al oír esto; sólo supo abrazar y besar a Leocadia y a su hijo a un mismo tiempo, mientras sus padres sonreían viendo aquella tierna y singular escena.
Y cuentan que Rodolfo y Leocadia vivieron muchos, muchos años colmados de felicidad gracias al cielo y a la "fuerza de la sangre", que vio derramada en el suelo el valeroso, ilustre y cristiano abuelo de Luisico.

 

 

 

 

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