Historias del Mar I





Oba envia a su hijo a detener el mar Oba Envía a su Hijo a Detener el Mar

Los cunas, descendientes de Oba, poblaron la tierra que hoy ocupa el territorio de Panamá. Fueron muy hábiles en el arte de la caza y la pesca, pero no aprendieron a superar el temor que les despertaba el mar. Algunas veces admiraban la belleza de sus aguas, pero recordaban también que muchos hombres habían sido devorados por las olas. Con el tiempo, el miedo fue creciendo, a pesar de que ellos sabían que las aguas del mar se mantenían normalmente dentro de su límite.

 

Para aquellos hombres, la Tierra era plana y le ganaba al mar la batalla. Sin embargo, habían visto asombrados cómo las olas gigantescas se elevaban y avanzaban tu­multuosamente sobre la arena como queriendo arrasar­la. Pasado un tiempo se calmaba y volvía a su sitio. Pero los hombres seguían desconfiando. Les parecía que el dios de los mares no podía controlar su fuerza y acaba­ría con la Tierra y con sus habitantes.

 

El temor a una inundación se fue generalizando entre los cunas. Un día los hombres se reunieron para pedirle al dios padre Oba que los protegiera de una tragedia.

 

Como el dios no parecía conmoverse, los hombres reu­nieron a sus familias para comunicarles que deberían abandonar la playa. Lejos del mar vagaron por tierras desconocidas. Su espíritu era triste y su paso cansado.

No tenían deseos de realizar sus sueños. Poco a poco cayeron en un letargo y volvieron a invocar el nombre de Oba. Este escuchó sus súplicas y al ver la Tierra de­solada comprendió que debía introducir algunos cambios. Entonces llamó a su tercer hijo, Ologitur y le dijo:

 

—Hace mucho tiempo que tus hermanos bajaron a la Tierra y cumplieron juiciosamente mis mandatos. Aho­ra debes bajar allí y comportarte como ellos.

 

Ologitur estaba tan contento en los cielos que no tenía ningún deseo de bajar a la Tierra y le preguntó:

 

—¿A qué voy a la Tierra?

 

-Tienes que conseguir que la Tierra no sea plana por todos lados para que los hombres sientan seguridad frente al mar y superen el temor que los está aniquilando.

 

De muy mala manera le respondió Ologitur:

 

—Sí, lo haré, aunque no sé cómo empezar.

 

Oba miró a su hijo severamente y esto hizo que dejara de quejarse y se marchara á cumplir con la labor encomendada. Pero en el fondo, este hijo desobediente no tenía intenciones de hacer nada.

 

Apenas había amanecido en la inmensidad del cielo azul, cuando Ologitur bajó a la Tierra abriéndose paso entre las rosadas nubes. La Tierra estaba reseca y árida, sin señales de un sólo ser viviente y con las olas del mar amenazantes.

 

Ologitur se devolvió pensando que el mar se calmaría pronto y que los hombres se tranquilizarían. El mar continuó quieto y Ologitur creyó que nunca más se alboro­taría. Entonces decidió dormir acunado por las nubes, olvidándose de los temores de los cunas.

 

Oba creyó que su hijo ya había terminado la labor enco­mendada y fue a pedirle cuentas. Miró hacia la Tierra con sorpresa; al verla intacta, furioso llamó a su hijo. Éste acudió atemorizado, intentando aplacarlo:

 

—Cálmate, padre, aunque mucho me entristece, no he podido hacer lo que me pediste.

 

Oba era un padre comprensivo y quería a Ologitur más que a ninguno de sus hijos. Por esto le concedió el per­dón y le fijó un plazo para resolver el problema. Estaba seguro de que su hijo, esta vez, sí iba a obedecerle.

 

Ologitur bajó a la Tierra a cumplir el encargo del padre. Lo primero que vio fue una roca oscura. Era el límite que Oba había puesto al territorio de los cunas. El mar se mostraba como un gigantesco animal con las fauces abiertas y amenazantes. Entonces se le ocurrió levantar muchas rocas para detener con ellas el ímpetu de las aguas…



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