Historias de Dioses II





Lolot, el nahualista chontal lolot el nahualista chontal

En el apacible Cuscatlán, situado a orillas del lagb que lleva su nombre, aún sé recuerda —no sin cierto temor— la leyenda del brujo Lolot, quien fue ejecutado por decisión de ios sacerdotes, los cuales ordenaron que lo quemaran junto con su hija. Aquel misterioso ser había llenado de estupor al pueblo.

 

Con sólo un año de permanecer en Cuscatlán, Lolot había invadido al pueblo de amuletos y conjuros, de fantasmas, desolación y tristeza. Su vida había sido un enigma para los habitantes del lugar, quienes no en­tendían lo que ocurría en su casa. De allí surgía un olor insoportable a orégano quemado. Los hombres que pa­saban frente a ella escuchaban los gritos desgarrado­res de un niño torturado. Un espantoso lobo gris se paseaba por leocalli, alrededor de la media noche. Los hombres que hacían guardia nocturna en el templo se 3 estaban muriendo del susto.

 

Era necesario poner fin a tanto mal. Lolot era el único extranjero en el lugar. Venía del pueblo de Chonta!. Había cruzado a nado el Lempat, en el invierno y con un permiso especial había construido su vivienda a orillas del Cuscatlán. Pero las extrañas cosas que empezó a hacer desde su llegada tenían preocupado al pueblo. Se rumoraba que estaba dedicado a las artes del nahualismo negro o hechicería. Llevaba siempre de la mano una muñeca negra que parecía un mico. La gente decía que no se le veía ni la nariz ni la boca.

 

El pueblo ya no estaba dispuesto a tolerar su presencia y una tarde, cuarenta hombres decidieron armarse para darle cacería. El sacerdote prometió conseguir la ayuda del dios Teoltl. Esa noche el pueblo no durmió esperan­do con ansiedad el regreso de los hombres. Hacía un calor poco corriente en aquellas tierras. Ningún sonido extraño, aparte de los graznidos de los búhos, indicaba que se le hubiera dado cacería.

 

Sin embargo, a la mañana siguiente, Lolot se encontraba en prisión y su vivienda había sido quemada. El consejo de Ancianos decidió que se le sacrificara a las seis de la tarde, para que el padre Sol alcanzara a ver el castigo. Al medio día lo sacarían para amarrarlo al poste de los sacri­ficios. Se decidió que moriría con su hija, en vista de que era imposible separarlos.

 

Atado al poste, Lolot permaneció junto con su hija, has­ta las cuatro de la tarde cuando una tormenta cayó sobre el pueblo. La gente se refugió en las casas. No paraba de llover, lo cual era un problema porque la hora del sacrificio no podía posponerse. La voluntad de Teotl era irrevo­cable. El fuerte aguacero parecía no llegar a su fin y las gentes miraban a Lolot directamente a los ojos que irra­diaban un brillo extraño. El cabello hirsuto y descuidado le daba un aspecto todavía más macabro. La hija, siem­pre pegada a él, parecía otra extremidad suya.

 

Repentinamente Lolot dejó escapar un grito y un relám­pago pareció desgajarse de las nubes. La lluvia arreciaba con furia, como si fuera a destrozar la vegetación. Los ojos del condenado despedían chispas de fuego. El pue­blo entero estaba aterrorizado. El viento avanzaba con furia, quebrando las ramas de los árboles. Después, se escuchó un extraño rumor que en forma de remolino fue a dar al centro mismo de la plaza. En medio de esto cabalgaba el espantoso lobo gris. El prisionero dio un grito y rompió las Cuerdas que lo ataban al tronco, saltando como una fiera. Un remolino reventó el poste y el hura­cán rugió furioso, arrastrando una especie de vientre desgreñado y lleno de basura, hasta perderse en la in­mensidad.

 

Los corazones permanecieron paralizados por un ins­tante, pero pronto los. hombres abrieron los ojos y vie­ron con sorpresa que el tronco había sido arrancado y a su lado se encontraba un bulto negro.

 

Cuando se acercaron para ver mejor, vieron con asombro que Lolot había desaparecido. Pera fue mayor su sorpresa cuando descubrieran que la hija de este no era humana. Se trataba de una muñeca de ulli, a la que el hechicero había dado vida por medio de trucos. Esto explicaba que siempre andará con la cabeza agachada. No se le veían los ojos ni la cara, simplemente porque no los tenía.



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