EL PAJARO VERDE





Hubo, en época muy remota de esta que vivimos, un pode­roso rey, amado en extremo de sus vasallos y poseedor de un fertilísimo, dilatado y populoso reino, allá en las regiones de Oriente. Tenía este rey inmensos tesoros y daba fiestas espléndi­das. Asistían en su Corte las más gentiles damas y los más dis­cretos y valientes caballeros que entonces había en el mundo. Su ejército era numeroso y aguerrido. Sus naves recorrían como en triunfo el océano. Los parques y jardines, donde solía cazar y holgarse, eran maravillosos por su grandeza y frondosidad y por la copia de alimañas y de aves que en ellos se alimentaban y vi­vían.

 

Pero, ¿qué diremos de sus palacios y de lo que en sus pala­cios se encerraba, cuya magnificencia excede a toda pondera­ción? Allí, muebles riquísimos, tronos de oro y de plata y vaji­llas de porcelana, que era entonces menos común que ahora; allí, enanos y gigantes, bufones y otros monstruos para solaz y entretenimiento de Su Majestad; allí, cocineros y resposteros, profundos y eminentes, que cuidaban de su alimento corporal, y allí, no menos profundos filósofos, poetas y jurisconsultos, que cuidaban de dar pasto a su espíritu, que concurrían a su consejo privado, que decidían las cuestiones y cantaban las glorias de las dinastía en colosales epopeyas.

 

Los vasallos de este rey le llamaban con razón El Venturo­so. Todo iba de bien en mejor durante su reinado. Su vida había sido un tejido de felicidades, cuya brillantez empañaba solamen­te con la negra sombra de dolor la temprana muerte de la seño­ra reina, persona muy cabal y hermosa, a quien Su Majestad ha­bía querido con todo su corazón.

Cuentan las historias de aquel país que ya llevaba el rey sie­te años de matrimonio sin lograr sucesión, aunque vehemente­mente la deseaba, cuando ocurrieron unas guerras en país veci­no. El rey partió con sus tropas; pero antes se despidió con mu­cho afecto de la señora reina y ésta al abrazarle le dijo al oído: «No lo digas a nadie, pero me parece que tendremos un hijo.»

 

La alegría del rey con esta nueva no tuvo límites, y como todo le sale bien al que está alegre, él triunfó de sus enemigos en la guerra, asoló ciudades, hizo cautivos y volvió cargado de glo­ria a la hermosa capital de su monarquía.

 

El Pajaro Verde

Habían pasado algunos meses; así es que, al atravesar el rey con gran pompa la ciudad, entre las aclamaciones y el aplauso de la multitud y el repiqueteo de las campanas, estaba naciendo un niño en el palacio real.

 

¡Qué gusto tan pasmoso no tendría Su Majestad cuando al entrar en la real cámara le presentaron la hermosa princesa que acababa de nacer! El rey dio un beso a su hija, y se dirigió lleno de júbilo, de amor y de satisfacción al cuarto de la señora reina, que estaba en la cama tan colorada, tan fresca y tan bonita como una rosa de mayo.

 

—¡Esposa mía! —exclamó el rey y la estrechó entre sus brazos.

 

Pero el rey era tan robusto y era tan viva la efusión de su ternura, que sin más ni menos ahogó sin querer a la reina. En­tonces fueron los gritos, la desesperación y el llamarse a sí pro­pio animal, con otras muestras de doloroso sentimiento. Mas no por eso resucitó la reina, la cual, aunque muerta, estaba divina.

 

El rey probó el mucho cariño que le tenía no sólo en vida sino después de su muerte. Mandó componer a los poetas una corona fúnebre, que se dice que se tiene en aquel reino como la más preciosa joya de la literatura nacional. La corte estuvo tres años de luto. Pero, como según dice el refrán, no hay mal que cien años dure, el rey, al cabo de un par de años, sacudió la me­lancolía y se creyó tan feliz como antes. La reina se le aparecía en sueños y le decía que estaba gozando de Dios, y la princesita crecía y se desarrollaba que era un contento.

Al cumplir la princesita los quince años era, por su hermo­sura, entendimiento y buen trato, la admiración de cuantos la miraban y el asombro de cuantos la oían. El rey la hizo jurar heredera del trono, y trató luego de casarla.

 

Más de quinientos correos de gabinete, caballeros en sen­das cebras de posta, salieron a la vez de la capital del reino con despachos para otras tantas cortes, invitando a todos los prínci­pes a que viniesen a pretender la mano de la princesa, la cual había de escoger entre ellos al que más le gustase.

La fama de su portentosa hermosura había ya recorrido el mundo todo; de suerte que, apenas fueron llegando los correos a las diferentes Cortes, no había príncipe que por ruin ni para poco que fuese, que no se decidiera a ir a la capital del Rey Ven­turoso a competir en justas, torneos y ejercicios de ingenio por la mano de la princesa. Cada cual pedía al rey, su padre, armas, caballos, su bendición y algún dinero, con lo cual, al frente de una brillante comitiva, se ponía en camino.

 

Era de ver cómo iban llegando a la Corte de la princesita todos estos altos señores, Eran de ver los saraos que había en­tonces en los palacios reales. Eran de admirar, por último, ¡os enigmas que los príncipes se proponían para mostrar la respecti­va agudeza; los versos que escribían; las serenatas que daban; los combates de arco, del pugilato y de la lucha, y las carreras de carros y de caballos en que procuraba cada cual salir vence­dor de los otros y ganarse el amor de la pretendida novia.

 

Pero ésta, que a pesar de su modestia y discreción, estaba dotada, sin poderlo remediar, de una índole descontentadiza y arisca, abrumaba a los príncipes con su desden, y de ninguno de ellos se le importaba un ardite. Sus discreciones le parecían frialdades, simplezas sus enigmas, arrogancia sus rendimientos y vanidad o codicia de sus riquezas el amor que le mostraban. Apenas se dignaba mirar sus ejercicios caballerescos, ni oír sus serenatas, mí sonreír agradecida a sus versos de amor. Los mag­níficos regalos que cada cual le había traído de su tierra estaban arrinconados en un zaquizamí del regio alcázar.

 

La indiferencia de la princesa era glacial para todos los pre­tendientes. Sólo uno, el hijo del Kan de Tartaria, había logrado salvarse de su indiferencia para incurrir en su odio. Este prínci­pe adolecía de una fealdad sublime. Sus ojos eran oblicuéis, las mejillas y la barba salientes, crespo y enmarañado el pelo, re­choncho y pequeño el cuerpo, aunque de titánica pujanza, y el genio intranquilo, mofador y orgulloso. Ni las personas más inofensivas estaban libres en su presencia de sus burlas, siendo principal blanco de ellas el ministro de Negocios Extranjeros del Rey Venturoso, cuya gravedad, entono y cortas luces, así como lo detestablemente que hablaba el sánscrito, lengua diplomática de entonces, se prestaban algo al escarnio y a los chistes. Así andaban las cosas, y las fiestas de la Corte eran más brillantes cada día.

 

Los príncipes, sin embargo, se desesperaban de no ser queridos; el Rey Venturoso rabiaba al ver que su hija no acababa de decidirse, y ésta continuaba erre que erre en no hacer caso de ninguno, salvo del príncipe tártaro, de quien sus pullas y decla­rado aborrecimiento vengaba con usura al famoso ministro, de su padre.

Aconteció, pues, que la princesa, en una hermosa mañana de primavera, estaba en su tocador. La doncella favorita peina­ba sus dorados, largos y suavísimos cabellos. Las puertas de un balcón, que daban al jardín, estaban abiertas para dejar entrar el vientecillo fresco y con él el aroma de las flores parecía la princesa melancólica y pensativa y no dirigía ni una sola palabra a su sierva.

 

Esta tenía ya entre sus manos el cordón con que se disponía a enlazar la áurea crencha de su ama, cuando, a deshora, entró por el balcón un preciosísimo pájaro, cuyas plumas parecían de esmeralda, y cuya gracia en el vuelo dejó absortas a la señora y a su sirvienta.

El pájaro, lanzándose rápidamente sobre esta última, le arrebató de las manos el cordón, y volvió a salir volando de la estancia.

Todo fue tan instantáneo que la princesa apenas tuvo tiem­po de ver al pájaro, pero su atrevimiento y su hermosura le cau­saron la más extraña impresión.

 

Pocos días después la princesa, para distraer su melancolía, tejía unas danzas con sus doncellas, en presencia de los prínci­pes. Estaban todos en los jardines y la miraban embelesados. De pronto sintió la princesa que se le desataba una liga, y, suspen­dió el baile, se dirigió con disimulo a un bosquecillo cercano para atársela de nuevo. Descubierta tenía ya su alteza la pierna y había estirado la blanca media de seda y se preparaba a suje­tarla con la liga que tenía en la mano, cuando oyó un ruido de alas y vio venir hacia ella el pájaro verde, que le arrebató la liga en el ebúrneo pico y desapareció al punto. La princesa dio un grito y cayó desmayada.

 

Acudieron los pretendientes y su padre. Ella volvió en sí, y lo primero que dijo fue: «¡Qué me busquen el pájaro verde…, que me lo traigan vivo…, que no lo maten…, yo quiero poseer vivo el pájaro verde!».

 

El Pajaro Verde

Mas en balde lo buscaron los príncipes. En balde, a pesar de lo mandado por la princesa, de que no se pensase en matar el pájaro verde, se soltaron contra él neblíes, sacres, jerifaltes y hasta águilas caudales, domesticadas y adiestradas en la cetre­ría. El pájaro verde no apareció ni vivo ni muerto.

 

El deseo no cumplido de poseerle atormentaba a la prince­sa y acrecentaba su mal humor. Aquella noche no pudo dormir. Lo mejor que pensaba de los príncipes era que no valían para nada.

 

Apenas vino el día se alzó del lecho, y en ligeras ropas de levantar, más ojerosa y pálida, más hermosa e interesante, se di­rigió con su doncella favorita a lo más frondoso del bosque, que estaba a la espalda de palacio, y donde se alzaba el sepulcro de su madre. Allí se puso a llorar y a lamentar su suerte.

 

—¿De qué me sirven —decía— todas mis riquezas, si las desprecio; todos los príncipes del murído, si no los amo; de qué mi reino, si no te tengo a ti, madre mía, y de qué todos mis pri­mores y joyas, si no poseo el hermoso pájaro verde?

 

Con esto, y como para consolarse algo, desenlazó el cordón de su vestido y sacó del pecho un rico guardapelo, donde guar­daba un rizo de su madre, que se puso a besar. Mas apenas em­pezó a besarle, cuando acudió más rápido que nunca el pájaro verde, tocó con su ebúrneo pico las mejillas de la princesa y arrebató el guardapelo, que durante tantos años había reposado contra su corazón, y desapareció en seguida, remontando el vuelo y perdiéndose en las nubes.

 

Esta vez no se desmayó la princesa, antes bien, se puso muy colorada y dijo a la doncella:

—Mírame, mírame las mejillas; ese pájaro insolente me las ha herido porque me arden.

La doncella las miró y no notó picadura ninguna pero in­dudablemente el pájaro había dejado en ellas algo "de ponzoña, porque el traidor no volvió a aparecer en adelante, y la princesa fue desmejorándose por grados hasta caer enferma de mucho peligro. Una fiebre singular la consumía, y casi no hablaba sino para decir: «Que no lo maten…, que me lo traigan vivo…, yo quiero poseerle.»

 

Los médicos estaban de acuerdo en que la única medicina para curar a la princesa era traerle vivo el pájaro verde. Mas, ¿dónde hallarle? Inútil fue que le buscasen los más más hábiles cazadores. Inútil que se ofrecieran sumas enormes a quien lo trajere.

 

El Rey Venturoso reunió un gran Congreso de sabios a fin de que averiguasen, so pena de incurrir en su justa indignación, quién era y dónde vivía el pájaro verde, cuyo recuerdo atormen­taba a su hija.

Cuarenta días y cuarenta noches estuvieron reunidos los sa­bios, sin cesar de meditar y disertar sino para dormir un poco y alimentarse. Pronunciaron muy doctos y elocuentes discursos, pero nada averiguaron:

—Señor —-dijeron al cabo todos ellos al Rey, postrándose humildemente a sus pies e hiriendo el polvo con las respetables frentes—, somos unos mentecatos; haz que nos ahorquen; nues­tra ciencia es una mentira; ignoramos quién sea el pájaro verde, y sólo nos atrevemos a sospechar si será acaso el ave fénix de Arabia.

—Levantaos —contestó el Rey con notable magnanimi­dad—; yo os perdono y os agradezco la indicación sobre el ave fénix. Sin tardanza saldrán siete de vosotros con ricos presentes para la reina de Saba, y con todos los recursos de que yo puedo disponer para cazar pájaros vivos. El fénix debe tener su nido en el país sabeo, y de allí habéis de traérmele, si no queréis que mi cólera regia os castigue aunque tratéis de evitarla escondidos en las entrañas de la Tierra.

 

En efecto, salieron para la Arabia siete sabios de los versa­dos en lingüística, y entre ellos el ministro de Negocios Extran­jeros, sobre lo cual tuvo mucho que reír el príncipe tártaro.

Este príncipe envió también cartas a su padre, que era el más famoso encantador de aquella edad, consultándole sobre el caso del pájaro verde. La princesa, en el ínterin, seguía muy mal de salud y llora­ba tan abundantes lágrimas que diariamente empapaba en ellas más de cincuenta pañuelos. Las lavanderas de palacio estaban con esto muy afanadas, y, como entonces ni la persona más po­derosa tenía tanta ropa blanca como ahora se usa, no hacían más que ir a lavar al río.

 

Una de estas lavanderas, que era una jovencita muy simpá­tica, volvía un día al anochecer, de lavar en el río los lagrimosos pañuelos de la princesa.

 

El Pajaro Verde

 

En medio del camino, y muy distante aún de las puertas de la ciudad, se sintió algo cansada y se sentó al pie de un árbol. Sacó del bolsillo una naranja y ya iba a mondarla para comérse­la, cuando se le escapó de las manos y empezó a rodar por aquella cuesta abajo con mucha ligereza.

 

La muchachuela corrió en pos de su naranja, pero mientras más corría, más la naranja se adelantaba, sin que jamás se para­se y sin que ella llegase a alcanzarla en la carrera, si bien no la perdía de vista. Cansada ya de correr, y sospechando, aunque poco experimentada en las cosas del mundo, que aquella naran­ja tan corredora no era del todo natural, la pobre se detenía a veces y pensaba en desistir de su empeño, pero la naranja al punto se detenía también, como si ya hubiese cesado en su mo­vimiento y convidase a su dueña a que de nuevo la cogiese. Lle­gaba ella a tocarla con la mano y la naranja se le deslizaba otra vez y continuaba su camino.

 

Embelesada estaba la lavanderilla en una inaudita persecu­ción, cuando notó al fin que se hallaba en un bosque intrincado, y que la noche se le venía encima, oscura como boca de lobo. Entonces tuvo miedo, y rompió en desconsoladísimo llanto. La oscuridad creció rápidamente, y ya no le permitió ni ver a la na­ranja, ni orientarse, ni dar con el camino para volverse atrás

Iba, pues, vagando a la ventura, afligidísima y muerta de hambre, cuando columbró no muy lejos unas brillantes lucecitas. Imaginó ser las de la ciudad; dio gracias a Dios, y enderezó sus pasos hacia aquellas luces. Pero, ¡cuan grande no sería su sorpresa al encontrarse, a poco trecho y sin salir del intrincado bosque, a las puertas de un suntuosísimo palacio, que parecía un ascua de oro por lo que brillaba, y en cuya comparación pa­saría por una pobre choza el espléndido alcázar del Rey Ventu­roso

 

No había guardia, ni portero, ni criados que impidiesen ¡a entrada, y la chica, que no era corta, y que, además, sentía el es­tímulo de la curiosidad y el deseo de albergarse y comer algo, traspuso los umbrales, subió por una ancha y lujosa escalera de bruñido jaspe y empezó a discurrir por lo más ricos y elegantes salones que imaginarse pueda, aunque siempre sin ver a nadie. Los salones estaban, sin embargo, profusamente iluminados por mil lámparas de oro, cuyo perfumado aceite difundía suavísima fragancia. Los primorosos objetos que en ellos había eran para espantar por su riqueza y gusto exquisito, no ya a la lavanderi­lla, que poco de esto había disfrutado, sino a una reina.

 

La lavandera los admiró a su sabor, y, admirándolos, poco a poco se fue hacia un sitio de donde salió un rico olorcillo de viandas muy suculento y delicioso. De esta suerte llegó a una cocina, pero ni jefe, ni sota-cocineros, ni pinches, ni fregatrices había en ella; todo estaba desierto como el resto del palacio. Ardían, no obstante, el fogón, el horno y las hornillas, y en ellos estaban al fuego infinito número de perolas, cacerolas y otras vasijas. Levantó nuestra aventurera la cubierta de una cacerola y vio en ella unas anguilas; levantó otra y vio una cabeza de ja­balí desosada y rellena de pechugas de faisanes y de trufas; en resolución, vio los manjares más exquisitos que se presentan en las mesas de los reyes, emperadores y grandes; y hasta vio algu­nos platos al lado de los cuales los imperiales y regios serían tan groseros como al lado de éstos un potaje de judías o un gaz­pacho.

 

Animada la chica por lo que veía y olía, se armó de un cu­chillo y un trinchante y se lanzó con resolución sobre la cabeza del jabalí. Mas apenas hubo llegado a ella recibió en sus manos un golpe dado al parecer por cara poderosa e invisible, y oyó una voz que le decía, tan cerca, que sintió la agitación del aire y el aliento caliente y vivo de las palabras: «¡Tate… que es para mí señor el príncipe!»

 

Se dirigió entonces a unas truchas asalmonadas, creyéndo­las manjar menos principesco y que le dejarían comer, pero la mano invisible vino de nuevo a castigar su atrevimiento, y la voz misteriosa a repetirle: «¡Tate… que es para mi señor el prín­cipe!»

Tentó, por último, mejor fortuna en tercero, cuarto y quin­to plato, pero siempre le aconteció lo propio; a sí que tuvo, con harta pena, que resignarse a ayunar, y salió despechada de la cocina.

 

Volvió luego a recorrer los salones donde reinaba siempre la misma misteriosa soledad y donde el más profundo silencio parecía tener su morada, y llegó a una alcoba lindísima en la cual sólo dos o tres luces, encerradas y amortecidas en vasos de alabastro, derramaban una claridad indecisa que estaba convidando al descanso, al reposo y al sueño. Había en esta alcoba una cama tan cómoda y mullida que nuestra lavandera, que es­taba cansadísima, no pudo resistir a la tentación de tenderse en ella y descansar. Iba a poner en ejecución su propósito, y ya se había sentado y se disponía a tenderse, cuando, en la parte mis­ma de su cuerpo, con que acababa de tocar la cama, sintió una dolorosa picadura, como si con un alfiler de a ochavo la punza­sen, y oyó de nuevo una voz que decía: «¡Tate… que es para mi señor el príncipe!»

 

No hay que decir que la lavanderilla se asustó y afligió con esto, resignándose a no dormir como se había resignado a no comer, y, para distraer el hambre y el sueño, se puso a registrar cuantos objetos había en la alcoba, llevando su curiosidad hasta levantar las colgaduras y los tapices.

 

Detrás de uno de éstos descubrió nuestra heroína una pri­morosa puertecilla secreta de sándalo con embutidos de nácar. La empujó suavemente, y, cediendo la puerta, se encontró en una escalera de caracol de mármol blanco. Por ella bajó sin de­tenerse a un como invernáculo donde crecían plantas y las flores más aromáticas y extrañas, y en cuyo centro había una taza in­mensa, hecha, al parecer, de un solo, limpio y diáfano topacio. Se levantaba en medio de la taza un surtidor gigantesco con agua de olor que tenía, además, todos ¡os colores del arco iris y luz propia, lo que le daba un aspecto sumamente agradable. Hasta el murmullo que hacía esta agua a! caer tenía algo más musical y acordado que hacen otras, y se diría que aquel surti­dor cantaba alguna de las canciones de Mozart o de Bellini.

Absorta estaba la lavandera mirando aquellas bellezas y gozando de aquella armonía, cuando oyó un gran estrépito y vio abrirse una ventana de cristales. La lavandera se escondió precipitadamente detrás de una maza de verdura, a fin de no ser vista y poder ver a las personas o seres que, sin duda, se acerca­ban.

 

Estos eran tres pájaros rarísimos y lindísimos, uno de ellos todo verde y brillante como una esmeralda. En él creyó ver la lavandera, con notable contento, al que era causa, según todo el mundo aseguraba, de la pertinaz dolencia de la Princesa Ventu­rosa. Los otros dos pájaros, no eran, ni con mucho, tan bellos; pero tampoco carecían de mérito singular… Los tres venían con muy ligero vuelo, y los tres se abatieron sobre la taza de topacio y se zambulleron en ella.

Al poco rato vio la lavandera que del seno diáfano de las aguas, salían tres mancebos, tan lindos, bien formados y blan­cos que parecían estatuas peregrinas hechas por mano maestra de mármoles teñidos de rosas, vestidos con elegantes ropas. Uno de ellos, el más hermoso de los tres, llevaba sobre la cabeza una diadema de esmeraldas, y era acatado de los otros como se­ñor y soberano, y a la lavanderilla, deslumbraba con su majes­tad, le parecía el emperador del mundo y el príncipe más agra­dable de la tierra.

 

Aquellos señores se dirigieron en seguida al comedor y se sentaron a una espléndida mesa donde había tres cubiertos pre­parados. Una música sumisa e invisible ¡es hizo una salva al ¡le­gar y les regaló los oídos mientras comían. Criados, invisibles también, iban trayendo los platos y sirviendo admirablemente la mesa. Todo esto lo veía y notaba la lavanderilla, que, sin ser vis­ta ni oída, había seguido a aquellos señores, y estaba escondida en el comedor detrás de un cortinaje.

Desde allí pudo oír algo de la conversación, y comprender que el más hermoso de los mancebos era el príncipe heredero de un grande imperio de la China, y los otros dos, uno su secreta­rio y el otro su escudero más querido; los cuales estaban encan­tados y transformados en pájaros durante todo el día y sólo por la noche recobraban su ser natural, previo el baño de la fuente.

 

Notó, asimismo, la curiosa lavandera que el príncipe de las esmeraldas apenas comía, aunque sus familiares le rogaban que comiese, y que se mostraba melancólico y arrobado, exhalando a veces de lo más hondo de! hermosísimo pecho un ardiente sus­piro.

Refieren las crónicas que vamos extractando que, termina­do aquel opíparo y poco alegre festín, el príncipe de ¡as esmeral­das, volviendo en sí como de algún sueño, alzó la voz y dijo: «Secretario, tráeme la cajita de mis entretenimientos.»

 

El secretario se levantó de la mesa y volvió de allí a poco con la cajita más preciosa que han visto ojos mortales. El prínci­pe tomó la cajita en sus manos, la abrió y estuvo largo rato con­templando con ojos amorosos lo que había en el fondo de ella. Metió luego la mano en la cajita y sacó un cordón. Lo besó apasionadamente, derramó sobre él lágrimas de ternura y prorrum­pió en estas palabras:

¡Ay, cordoncito de mi señora! ¡Quién la viera ahora!

Colocó de nuevo el cordón en la cajita y sacó de ella una liga bordada y muy limpia. La besó, la acarició y exclamó al be­sarla:

¡Ay, linda liga de mi señora! ¡Quién la viera ahora!

 

Sacó, por último, un precioso guardapelo, y si mucho había besado cordón y liga, más lo besó y más lo acarició aún, dicien­do con acento tristísimo, que partía los corazones y hasta las pe­ñas:

¡Ay, guardapelo de mi señora! ¡Quién la viera ahora!

A poco el príncipe y los dos familiares se retiraron a sus al­cobas y la lavanderilla no se atrevió a seguirlos. Viéndose en el comedor, se acercó a la mesa, donde aún estaban casi intactos los rices manjares, los confites, las frutas y los generosos y chis­peantes vinos; pero el recuerdo de la voz misteriosa y de la mano invisible ¡a detenían y la obligaban a contentarse con mi­rar y oler.

 

Para gozar de este incompleto deleite se acercó tanto a los manjares que vino a ponerse entre la mesa y la silla del príncipe. Entonces sintió no ya una sino dos manos invisibles que le caían sobre los hombros oprimiéndola. La voz misteriosa le dijo: «Siéntate y come».

En efecto, se halló sentada en la misma silla del príncipe; y, ya autorizada por la voz, se puso 1 comer con un apetito ex­traordinario, que la novedad y lo exquisito de la comida hacían mayor aún, y comiendo se quedó profundamente dormida.

 

Cuando despertó era muy de día. Abrió los ojos y se encon­tró en medio del campo, tendida al pie del árbol donde había querido comerse la naranja. Allí estaba la ropa que había traído del río. y hasta la naranja corredora estaba allí también.

 

«¿Si habrá sido todo un sueño? —dijo para sí la lavanderi­lla—. Quisiera volver al palacio del príncipe de la China para cerciorarme de que aquellas magnificencias son reales y no so­ñadas.»

 

El Pajaro Verde

Diciendo esto tiró al suelo la naranja para ver si le mostra­ba nuevamente el camino; pero la naranja rodaba un poco y luego se detenía en cualquier hoyo o tropiezo, o cuando el im­pulso con que se movía dejaba de ser eficaz. En suma, la naran­ja hacía lo que hacen de ordinario, en idénticas circunstancias, todas las naranjas naturales. Su conducta no tenía nada de ex­traño ni de maravilloso.

 

Despechada entonces la muchacha partió la naranja y vio que dentro era como las demás. Se la comió y le supo a lo mis­mo que cuantas naranjas había comido antes.

 

Ya apenas dudó de que había soñado.

«Ningún objeto tengo, añadió, con que convencerme a mí propia de la realidad de lo que he visto; más iré a ver a la prin­cesa y se lo contaré todo, por lo que pueda importarle».

 

Mientras acontecían, en sueño o en realidad, los poco or­dinarios sucesos que quedan referidos, la Princesa Venturosa, fatigada de tanto llorar, estaba durmiendo tranquilamente; y aunque eran ya las ocho de la mañana, hora en que todo el mundo solía estar levantado y aun almorzando en aquella épo­ca, la princesita, sin dar acuerdo de su persona, seguía en la cama.

 

Muy interesante juzgó sin duda su doncella favorita las nuevas que le traía, cuando se atrevió a despertarla. Entró en su alcoba, abrió la ventana y exclamó con alborozo:

—Señora, señora, despertad y alegraos, que hay quien os traiga nuevas del pájaro verde.

La princesa se restregó los ojos, se incorporó y dijo:

—¿Han vuelto los siete sabios que fueron al país sabeo?

—Nada de eso —contestó la doncella—; quien trae la nue­vas es una de las lavanderillas que lavan lacrimosos pañuelos de Vuestra Alteza.

—Pues hazla entrar al momento.

Entró la lavanderilla, que estaba ya detrás de la puerta aguardando este permiso, y empezó a referir con gran puntuali­dad y despejo cuanto le había pasado.

 

Al oír la aparición del pájaro verde la princesa se llenó de júbilo, y al escuchar su salida del agua convertido en hermoso príncipe se puso encendida como la grana, una celestial y amo­rosa sonrisa vagó sobre sus labios y sus ojos se cerraron blandamente como para ver el príncipe con los del alma. Por último, al saber la mucha estima y veneración y afecto que el príncipe le tenía, y el amor y cuidado con que guardaba las tres prendas robadas en la preciosa cajita de sus entretenimientos, la prince­sita, a pesar de su modestia, no pudo contenerse, abrazó y besó a la lavanderilla y a la doncella, e hizo otros extremos no menos disculpables inocentes y delicados.

 

—Ahora sí —decía— que puedo llamarme propiamente Princesa Venturosa. Este capricho de poseer el pájaro verde no era capricho, era amor. Era y es un amor que por oculto y no acostumbrado camino ha penetrado en mi corazón. No he visto al príncipe, y creo que es hermoso. No le he hablado, y presumo que es discreto. No sé de los sucesos de su vida sino que está en­cantado y que me tiene encantada, y doy por cierto que es valiente, generoso y leal.

 

—Señora —dijo la lavanderilla—, yo puedo asegurar a Vuestra Alteza que el príncipe, si mi visión no es vano sueño, parece un pino de oro, y tiene una cara tan bondadosa y dulce que da gloria verla. El secretario no es mal mozo tampoco, per al que yo no sé por qué le he tomado afición es al escudero.

 

—Tú te casarás con el escudero —replicó la princesa—. Mi doncella, si gusta, se casará con el secretario, y ambas seréis ma­drinas y damas de mi Corte. Tu sueño no ha sido sueño, sino realidad. El corazón me lo dice. Lo que importa ahora es desen­cantar a los tres pájaros mancebos.

—¿Y cómo podremos desencantarlos? —dijo la doncella favorita.

—Yo misma —contestó la princesa— iré al palacio en que viven y allí veremos. Tú me guiarás, lavanderilla.

Esta, que no había terminado su narración, la terminó en­tonces, hizo ver que no podía servir de guía.

La princesa la escuchó con mucha atención, estuvo medi­tando un rato, y dijo luego a la doncella:

—Ve a mi biblioteca y tráeme el libro de «Los Reyes Con­temporáneos» y el «Almanaque astronómico».

Venidos que fueron estos volúmenes, hojeó la princesa el de Los reyes y leyó en voz alta los siguientes renglones:

 

«El mismo día en que murió el emperador chinesco su úni­co hijo, que debía heredarle, desapareció de la Corte y de todo el imperio. Sus súbditos, creyéndole muerto, han tenido que so­meterse al Kan de Tartaria.»

 

El Pajaro Verde

 

—¿Qué decís de eso, señora? —dijo la doncella.

—¿Qué he de decir —respondió la Princesa Venturosa—, sino que el Kan de Tartaria es quien tiene encantado a mi prín­cipe para usurparle la corona? He aquí por qué aborrezco yo tanto al príncipe tártaro. Ahora me lo explico todo.

—Pero no basta explicarlo, es menester remediarlo —dijo la lavandera.

—De ello trato —añadió la princesa—, y para ello conviene que al instante se manden hombres armados, de confianza, a to­dos los caminos y encrucijadas por donde puedan venir los co­rreos que envió el príncipe tártaro al rey, su padre, para consul­tarle sobre el caso del pájaro verde. Si los mensajeros resisten, serán "muertos; si ceden, serán aprisionados e incomunicados, a fin de que nadie sepa lo que acontece. Ni el rey, mi padre, ha de saberlo. Todo lo dispondremos entre las tres con el mayor sigi­lo. Aquí tenéis dinero bastante para comprar el silencio, la fideli­dad y la energía de los hombres que han de ejecutar mi pro­yecto.

 

Y, efectivamente, la princesa, que ya se había levantado y estaba de bata y en babuchas, sacó de un escaparate dos gran­des bolsas llenas de oro y se las dio a sus confidentas.

Estas partieron sin tardanza a poner en ejecución lo conve­nido, y la Princesa Venturosa se quedó estudiando profunda­mente el «Almanaque astronómico».

 

Cinco días habían pasado desde el momento en que tuvo lugar la escena anterior. La princesa no había llorado en todo ese tiempo, causando no poco asombro y placer al rey su padre. La princesa había estado hasta jovial y bromista, dando leves esperanzas a los príncipes pretendientes de que al fin se decidiría por uno de ellos, porque los pretendientes se las prometen siem­pre felices.

 

Nadie había sospechado la causa de tan repentina mudanza y de tan inesperado alivio en la princesa.

Sólo el príncipe tártaro, que era diabólicamente sagaz, rece­laba, aunque de una manera muy vaga, que la princesa había re­cibido alguna noticia del pájaro verde. Tenía, además, el prínci­pe tártaro, el misterioso presentimiento de una gran desgracia, y había adivinado, por el arte mágico que su padre le enseñara que en el pájaro verde debía mirar un enemigo. Calculando, además, como sabedor del camino y del tiempo que en él debe emplearse, que aquel día debían llegar los mensajeros que envió a su padre, y ansioso de saber lo que éste respondía a la consul­ta que le hizo, montó a caballo al amanecer, y con cuarenta de los suyos, todos bien armados, salió en busca de los mensajeros referidos.

 

Mas, aunque el príncipe tártaro salió con gran secreto, la Princesa Venturosa, que tenía espías, supo al instante su parti­da, y llamó a consejo a la lavanderilla y a la doncella.

Luego que las tuvo presentes, les dijo muy angustiada:

—Mi situación es terrible. Tres veces he ido inútilmente a tirar la naranja debajo del árbol desde donde la tiró la lavande­rilla; pero la naranja no ha querido guiarme al alcázar del prín­cipe. Ni lo he visto, ni he podido averiguar el modo de desen­cantarlo. Sólo he averiguado, por «Almanaque astronómico» que la noche en que la lavanderilla lo vio era el equinoccio de prima­vera. Acaso no sea posible verlo hasta el próximo equinoccio de la misma estación, y ya para entonces el príncipe tártaro me lo habrá muerto. El príncipe lo matará en cuanto reciba la carta de su padre, y ya ha salido a buscarla con cuarenta de los suyos.

—No os aflijáis, hermosa princesa —dijo la doncella favo­rita—; tres partidas de cien hombres están esperando a los men­sajeros en diferentes puntos para arrebatarlos la carta y traérosla.

Los trescientos son briosos, llevan armas de finísimo tem­ple y no se dejarán vencer por el príncipe tártaro a pesar de sus artes mágicas.

—Sin embargo, yo soy de opinión —añadió la lavandera— de que se envíen más hombres contra el príncipe tártaro. Aun­que éste, a la verdad, sólo lleva cuarenta consigo, todos ellos, según se dice, tienen corazas y flechas encantadas que a cada uno lo hacen valer por diez.

 

El prudente consejo de la lavandera fue adoptado en segui­da. La princesa hizo venir secretamente a su estancia al más bi­zarro y entendido general de su padre; le contó todo lo que le pasaba, le confió sus penas y le pidió su apoyo. Este se lo otor­gó, y, reuniendo apresuradamente un numeroso escuadrón de soldados, salió de la capital decidido a morir en la demanda o traer a la princesa la carta del Kan de Tartaria y al hijo del Kan, vivo o muerto.

 

Después de la partida del general la princesa juzgó conve­niente informar al Rey Venturoso de cuanto había acontecido. El rey se puso fuera de sí. Dijo que toda la historia del pájaro verde era un sueño ridículo de su hija y de la lavandera, y se la­mentó de que su hija, fundada en su sueño, enviase tantos asesi­nos contra un príncipe ilustre, faltando a las leyes de la hospita­lidad, al derecho de gentes y a todos los preceptos morales

 

—¡Ay, hija —exclamaba—, tú has echado un sangriento borrón sobre mi claro nombre, si esto no se remedia!

La princesa se acongojó también y se arrepintió de lo que había hecho. A pesar de su vehemente amor al príncipe de la China, prefería ya dejarlo eternamente encantado a que por su amor se derramase una sola gota de sangre.

Así es que enviaron despachos al general para que no em­peñase una batalla; pero todo fue inútil. El general había ido tan veloz que no hubo medio de alcanzarlo. Cuando llegaron los correos donde estaba el general, vieron venir huyendo a to­dos los soldados del rey y los imitaron. Los cuarenta de la escol­ta tártara, que eran otros tantos genios, corrían en su persecu­ción transformados en espantosos vestiglos que arrojaban fuego por la boca.

 

Sólo el general, cuya bizarría, serenidad y destreza en las armas rayaba en lo sobrehumano, permaneció impávido en me­dio de aquel terror harto disculpable. El general se fue hacia el príncipe, único enemigo no fantástico con quien podía habérse­las, y empezó a reñir con él la más brava y descomunal pelea. Pero las armas del príncipe tártaro estaban encantadas y el ge­neral no podía herirlo. Conociendo entonces que era imposible acabar con él si no recurría a una estratagema, se apartó un buen trecho de su contrario, se desató rápidamente una larga y fuerte faja de seda que le ceñía el telle, hizo con ella, sin ser no­tado, un lazo escurridizo, y, revolviendo sobre el príncipe con inaudita velocidad, le echó al cuello el lazo, y siguió con su ca­ballo a todo correr, haciendo caer al príncipe y arrastrándolo en la carrera.

 

De esta suerte ahogó el general al príncipe tártaro. No bien murió, los genios desaparecieron, y los soldados del Rey Venturoso se rehicieron y reunieron a su jefe. Este esperó con ellos a los enviados que traían la carta del Kan de Tartaria, y que no se hicieron esperar mucho tiempo.

 

El Pajaro Verde

 

Al anochecer de aquel mismo día volvió a entrar el general en el palacio del Rey Venturoso con la carta del Kan de Tarta­ria entre las manos. Haciendo un gentil y respetuoso saludo se la entregó a la princesa.

Rompió ésta el sello y se puso a leer, pero inútilmente; no entendió palabra. Al Rey Venturoso le sucedió lo mismo. Lla­maron a todos los empleados en interpretación de lenguas, que no descifraron tampoco aquella escritura. Los individuos de las doce reales academias vinieron luego y no se mostraron más hábiles.

Los siete sabios, tan profundos en lingüística que acababan de llegar sin el ave fénix y que por ende estaban condenados a morir, acudieron también; mas, aunque se les prometió el per­dón si leían aquella carta, no acertaron a leerla ni pudieron de­cir en qué lengua estaba escrita.

 

El Rey Venturoso se creyó entonces el más desventurado de todos los reyes; se lamentó de haber sido cómplice de un crimen inútil y temió la venganza del poderoso Kan de Tartaria. Aque­lla noche no pudo pegarlos ojos hasta muy tarde.

Su dolor fue, con todo, mucho más desesperado cuando al levantarse al otro día muy de mañana supo que la princesa ha­bía desaparecido dejándole escritas las siguientes palabras: «Pa­dre mío, ni me busques ni pretendas averiguar adonde voy, si no quieres verme muerta. Bástete saber que vivo y que estoy bien de salud, aunque no volverás a verme hasta que tenga descifra­da la carta, misteriosa del Kan y desencantado a mi querido príncipe. Adiós».

 

La Princesa Venturosa había ido con sus dos amigas, a píe y en romería, a visitar a un sabio que vivía en las soledades y as­perezas de unas montañas altísimas que a corta distancia de la capital se parecían.

Aunque la princesa y sus amigas hubiesen querido ir caba­lleras hasta la ermita no hubiera sido posible. El camino era más propio de cabras que de camellos, elefantes, caballos, mu­los y asnos, que eran los cuadrúpedos que se solían cabalgar en aquel reino. Por esto y por devoción fue la primera a pie y sin otra comitiva que sus dos confidentes.

El sabio que iban a visitar era un varón muy penitente y es­taba en olor de santidad. La princesa y sus amigas, atraídas por la fama de su virtud y de su ciencia, anduvieron buscándolo sie­te días por aquellos vericuetos y andurriales. Durante el día ca­minaban en su busca entre breñas y malezas. Por la noche se guarecían en las concavidades de los peñascos. En la noche del séptimo día iban las tres peregrinas a guarecerse en una caverna para reposar cuando descubrieron al sabio estudiando en el fon­do. Una lámpara iluminaba con luz incierta y melancólica aquel misterioso retiro.

 

El sabio, cuya barba era más blanca que la nieve, cuya piel estaba más arrugada que una pasa y cuyo cuerpo semejaba a un esqueleto, echó sobre ellas una mirada penetrante con unos ojos, aunque hundidos, relucientes como dos ascuas, y dijo con voz entera, suave y alegre:

—Gracias al cielo que al fin estáis aquí. Cien años ha que os espero. Deseaba la muerte, y no podía morir hasta/ cumplir con vosotras un deber que me han impuesto. Yo soy el único sa­bio que habla y aún entiende la lengua riquísima que se hablaba en Babel antes de la confusión. Sólo tres sabios, de los cuales han muerto ya dos, guardaron memoria de aquel idioma. El úl­timo de éstos murió, una semana ha, por disposición tuya, ¡oh, Princesa Venturosa!, y ya no queda en el mundo sino una sola persona que pueda descifrarte la carta del Kan de Tartaria. Esa persona soy yo y para hacerte ese servicio me han conservado los genios siglos de mi vida.

—Pues aquí tienes la carta, ¡oh, venerable y profundo sa­bio! —dijo la princesa, poniendo en manos del sabio el miste­rioso escrito.

—Al punto voy a descifrártela.

Más de dos horas estuvo leyendo en alta voz en la lengua en que la carta estaba escrita. A cada palabra que pronunciaba el universo se conmovía, y las estrellas se cubrían de mortal pa­lidez, la luna temblaba en el cielo y la princesa y sus amigas te­nían que cerrar los ojos. Acabada la lectura se quitó los espejue­los y dijo con voz reposada:

 

—No es justo, ni conveniente, ni posible, ¡oh, Princesa Venturosa!, que sepas todo lo que en esta abominable carta se encierra, pero sí te diré lo que la carta contiene de interés para vosotras, y os lo diré brevemente, porque los momentos de mi vida están contados.

 

El príncipe de la China es, por sus virtudes, talento y her­mosura, el favorito del rey de los Genios, el cual lo ha salvado mil veces de asechanzas que el Kan de Tartaria ponía contra su vida. Viendo el Kan que le era imposible matarlo determinó va­lerse de un encanto para tenerlo lejos de sus súbditos y reinar en lugar suyo en el celeste imperio. Al príncipe, aunque convertido en pájaro, se le dio facultad para recobrar de noche su verdade­ra figura. Tuvo también un palacio donde vivir y ser tratado con todo el miramiento y honores y regalo debidos a su augusta categoría. Se acordó, por último, su desencanto si se cumplían las siguientes condiciones:

Fue la primera ya cumplida, que una mujer de veinte años, discreta, briosa y de la más baja condición viese salir del baño a los tres mancebos encantados. Fue la segunda condición, ya cumplida también, que el príncipe, sin poder mostrarse sino tres instantes, y esto bajo la forma de un pájaro verde, inspirase un amor vehemente a una princesa de su clase.

 

La tercera condición, que ahora se está acabando de cum­plir, fue que la princesa se apoderase de esta carta y que yo la interpretase.

La cuarta y última condición, en cuyo cumplimiento habéis de intervenir las tres doncellas que me estáis oyendo, es como si­gue: Sólo me quedan dos minutos de vida, mas antes de morir os pondré en el palacio del príncipe al lado de la taza de topa­cio. Allí irán los pájaros y se zambullirán y se transformarán en hermosísimos mancebos. Las tres habéis de mirarlos y amarlos con amor inocente. La princesa ama ya al príncipe de la China, y la lavanderilla, al escudero; ahora falta que la doncella favori­ta de la princesa se enamore del secretario de idéntico estilo. Cuando los tres mancebos encantados vayan al comedor, los se­guiréis sin ser vistas y allí permaneceréis hasta que el príncipe pida la cajita de los entretenimientos, y diga besando el cordoncito:

¡Ay, cordoncito de mi señora!

¡Quién la viera ahora!

 

La princesa entonces, y vosotras con la princesa, os mostra­réis al punto y cada una dará un tierno beso en la mejilla iz­quierda del objeto de su amor. El encanto quedará deshecho en el acto, el Kan de Tartaria morirá de repente, y el príncipe de la China no sólo poseerá el celeste imperio, sino que heredará asimismo todos los kanatos, reinos y provincias que por derecho propio posee aquel mago.

Apenas el sabio acabó de decir estas palabras hizo una mueca muy rara, entreabrió la boca, estiró las piernas y se que­dó muerto.

La princesa y sus amigas se encontraron de súbito detrás de una maza de verdura al lado de la taza de topacio.

Todo se cumplió como el sabio había dicho.

 

Las tres estaban enamoradas y eran inocentes, así es que in­mediatamente quedaron desencantados los tres mancebos. La China y la Tartaria fueron dichosas bajo el cetro del príncipe. La princesa y sus amigas lo fueron más aún casadas con aque­llos mozos tan lindos. El Rey Venturoso abdicó y se fue a vivir a la Corte de su yerno, que estaba en Pekín. El general que mató al príncipe tártaro obtuvo todas las condecoraciones de China y el título de primer mandarín y una posesión de miles para él y sus herederos.

Se cuenta, por último, que la Princesa Venturosa y el ya emperador de China vivieron largos y felices años y tuvieron media docena de chiquillos a cual más hermoso. La lavanderilla y la doncella, con sus respectivos maridos, siguieron siempre go­zando del favor de Sus Majestades y siendo los señores más principales de toda aquella Corte.

Juan Valera



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