PERIQUILLO





Periquillo era muy mono, eso no puede negarse, pero a los ojos de su madre y a los de su padrastro era remonísimo. Homobono era uno de los padrastros que parecen padro­tes. Periquillo le volvía chocho con sus gracias, que para Homo-bono era pura gracia todo lo que hacía y decía Periquillo.

 

¿Querrán ustedes creer que al señor Periquillo se le puso un día en aquella cabecita de chorlito, que había de cabalgar en él y lo consiguió? Pues sí, señor; antojósele que su papá (así lla­maba a Homobono y a éste se le caía la baba oyéndose llamar padre por el chico); antojósele, digo, que su papá había de ponerse a gatas para que le sirviera de borriquito, y Homobono no sólo se puso a gatas y anduvo por toda la huerta con el chiqui­tín, sino que lo hizo con circunstancias agravantes que no se de­ben callar: dejó que el chiquitín le enalbardara con un saco suje­to con una lía, que servía de cincha, que le echara al cuello otra lía a modo de brida, y que, sacudiéndole con una verdasca, don­de es de suponer, le arrease exclamando: —¡Arre, borriquito!

 

¡Vamos! En cuanto a Mari-Juana era otra que tal para mi­mar a su hijo y dejarle salir siempre con su santísimo gusto.

Periquillo iba saliendo de la piel del diablo. Seis años tenía apenas y ya sabía lo siguiente:

Atar a la cola del perro un manojo de paja, encender el ma­nojo con un fósforo y soltar el perro para que éste fuera hacien­do quemadas conforme corría por los matorrales.

Quitar la nata de la leche, comérsela y untar el hocico del gato con un poco de ella, para que pareciese que el picarro gato se la había comido.

Tocar la campana de la ermita y aun las de la iglesia, por un sencillo método, que consiste en tirar piedras desde abajo.

 

Asustar a las gentes tímidas que andaban de noche por la aldea, para lo cual vaciaba una calabaza, le hacía dos agujeros a modo de ojos, colocaba en cada uno un pimiento colorado, ponía dentro un cabo de vela encendida y colocaba la calabaza en lugares oscuros.

Y, por último, sabía encojar a las gallinas y a los patos de una pedrada, romper los cristales de las casas por el mismo in­genioso procedimiento, comer las obleas cuando se descuidaba el secretario del Ayuntamiento y hacer la misma operación con las hostias cuando se descuidaba el sacristán.

 

Casi siempre recibía un castigo, pero el grandísimo pillo no escarmentaba por eso.

Un día se puso a apedrear un nogal de un vecino, y una de las piedras que tiró dio en una quima (rama del árbol) y de re­chazo en su cabeza, y le descalabró.

 

Otro día le mandó su madre a buscar medio cuartillo de aguardiente anisado; echó Periquillo un tragúete, y al pasar por la fuente sustituyó con agua lo bebido, y el aguardiente se le volvió de improviso de color de leche, lo cual le valió un pesco­zón de su madre…

 

Otro día… lo que sucedió otro día ya fue más serio y mere­ce contarse con pelos y señales. Su madre fue a Bilbao a buscar bacalao y otras cosas que le hacían falta en la casa, y le dio la gana de comprar en la droguería, por si alguna vez las necesita­ba el chico, media docenas de pastillas grandes de colomelano, que suelen venderse a real y medio. Los calomelanos se hacen con sustancias de protocloro de mercurio. Si se combina esta sustancia con el cloro que contiene la sal común se hace el subli­mado corrosivo, o solimán, que es un veneno activísimo.

 

El señor Periquillo, como era tan goloso, así que volvió dPeriquilloe Bilbao su madre, y ésta se descuidó un poco, metió mano a las pastillas de calomelanos y se comió un par de ellas, y en segui­da, poniéndose a repelar el bacalao, se dio un buen atracón de él, aunque estaba como una salmuera.

 

Cuando Mari-Juana echó de ver la hazaña del señor Peri­quillo se contentó con exclamar: « ¡Jesús, que chico… A ver si se te vuelve solimán de lo fino…! ».

En efecto: solimán de lo fino se le volvieron a Periquillo las pastillas y el bacalao y el señor Periquillo dio señales de haberse envenenado.

Llamaron inmediatamente al médico, explicaron a éste lo que el chico había comido y gracias a ello pudo salvarse a Peri­quillo, aunque el golosón estuvo si se va o no se va al otro mundo.

 

El señor Periquillo, a pesar de todos estos percances, no es­carmentaba. Los vecinos decían a Homobono:

—Pero hombre, ese chico estudia con Satanás para hacer las diabluras que hace, a pesar de ser todavía un comino.

Homobono contestaba:

—Si yo fuera su padre verdadero, buenos tarantanes había de llevar, pero ¿cómo quieren ustedes que yo le castigue, para que la gente diga?: «¡Mira el padrastro eso que se ceba en la po­bre criatura! ¡Bien se conoce que el chico no es hijo suyo!»

 

Con esto se disculpaba Homobono; pero lo cierto es que esto no pasaba de vana disculpa. Si el chico hubiera sido hijo suyo se hubiera mostrado igualmente blando con él; y la prueba de ello es que cuando Mari-Juana quería pegar al chico, el pri­mero que sacaba la cara por Periquillo era él.

 

Por otra parte, a Homobono le hacían mucha gracia las pi­llerías del chico; hay que confesar que no dejaban de tenerla muchas de las travesuras de aquel píllete. Vaya de muestra una de ellas:

El señor cura era aficionadísimo a la fruta, y sobre todo a los higos. En la quima más alta de una higuera de su huerta quedaban unas cuantas docenas de higos, que no sabía cómo coger, y que eran riquísimos.

 

—Cosa muy fácil —le dijo el ama—, llame usted al chico de Mari-Juana y verá qué pronto se planta él en la quima más alta y los coge todos; que donde aquél no se suba, no suben las ardillas.

—Verdad es —contestó el señor cura—; pero el tal Periqui­llo tiene para eso un inconveniente, y es que, como es tan pillo y tan traga-fruta, me va comer la mitad de los higos mientras coge la otra mitad.

El ama del señor cura, que era muy lista, encontró al ins­tante modo de remediar el inconveniente de valerse de Periqui­llo para coger los higos.

 

—¡Jesús —dijo—, en qué poco agua se ahoga usted, señor! ¿Tiene usted más que imponer al chico la obligación de no dejar de cantar mientras coge los higos, y así no tendrá tiempo de co­mer uno siquiera?

—¡Pues es verdad! —exclamó el señor cura—. ¡Qué cosas se les ocurren a las mujeres!

El ama llamó al chico y Periquillo, tan espabilado como siempre, corrió a ponerse a las órdenes del señor cura.

—Vamos a ver, chiquillo, ¿te atreves a subir a aquella qui­ma y coger todos los higos que tiene?

—¡Pues no me he de atrever! Sí, señor… ¡Qué ricos son! —añadió relamiéndose al verlos.

—Pero oye —le dijo el señor cura alarmado por la codicia que los higos despertaban en Periquillo— es indispensable que mientras coges los higos cantes sin cesar un momento.

—¿Y qué quiere usted que cante?

—Lo que tú quieras, con tal que sea cosa buena. Canta la Letanía, la Salve, el Credo, en fin, lo que te dé la gana, con tal que cantes.

—Está bien, señor.

 

Periquillo se colgó de un brazo una cestilla de asa, y, en menos que uno lo cuenta, se plantó en lo más alto de la higuera y empezó a coger higos, canta que canta.

Quería embaularse los mejores, mas para comer tenía que dejar de cantar, y así que interrumpía el canto, ya estaba el se­ñor cura gritando que cantase.

Cavilaba Periquillo a ver si encontraba medio de jugársela al señor cura, y al fin creyó haberlo encontrado. Púsose a cantar un responso y, naturalmente, al llegar al Paternoster guardó si­lencio.

—¿Qué es eso? —le gritó el señor cura alarmado.

—Que estoy rezando el Padrenuestro —contestó Periquillo con la boca llena de higos.

—¡Rézale cantando!

—Ca, no, señor; el Padrenuestro le reza usted siempre en voz baja.

 

El señor cura arrojó al suelo el terrón que tenía en la mano y dijo soltando la carcajada:

—Hombre, por lo ingenioso qué" eres se te puede perdonar el que te comas la mitad de los higos…

La mitad de los higos no se comió Periquillo, pero vamos, que no se dio mal atracón de ellos mientras suponía rezar el Pa­drenuestro.

Mari-Juana y Homobono tuvieron una conferencia para tratar de cómo atar corto a Periquillo, que con sus diabluras les daba un sofocón a cada instante.

 

Periquillo

 

Un día venía una vecina con que el señor Periquillo le ha­bía roto la cabeza a su hijo de una pedrada. Otro venía la sacristana con que el mismo caballerito había roto yo no sé cuántos cristales de la iglesia, tirando piedras a las golondrinas que anidaban en los aleros del tejado. Otro se alborotaba el vecindario porque resultaba que el saber a demonios el agua era porque Periquillo había echado un gato en el arca de la fuente. Otro venían hechas furias las madres de una porción de chi­cos porque Periquillo insultaba a sus hijos, poniéndose a rebuz­nar como un burro delante de la escuela cuando salían de ella los chicos, porque es de saber que Periquillo era habilísimo en remedar el rebuzno de los burros.

 

Y otro, en fin, se quejaba amargamente el vecindario de que no se podía traer una cabra al jaro (matorrales próximos a las casas) porque Periquillo se bebía la leche como si fuera un cabrito.

 

Como Mari-Juana y Homobono eran gentes honradas, pa­cíficas y enemigas de disputas con la vecindad, se les achicharra­ba la sangre con estas quejas, y de vergüenza hubieran querido hundirse siete estados bajo la tierra.

—¿Y qué es lo que vamos a hacer con este chico? —pre­guntaba Mari-Juana a su marido—. Lo que hay que hacer es cascarle con frecuencia una buena azotaina cada vez que hace una de las suyas.

—Sí —contestaba Homobono—, pero pensar así es pensar en la mar, porque tú no tienes genio para hacer daño a una mosca y mucho menos a un chico tan gitano y tan listo como ese tunante. Y al decir esto Homobono reía como un bobo, recordando las gracias del chico, que para él todo lo que hacía era gracioso.

—Pues nada —-dijo Mari-Juana—, lo que hay que hacer es que desde el lunes vaya a la escuela, y encargar al señor maestro que le ajuste bien las cuentas…

—Pero, por supuesto, sin pegarle al pobre chico.

—Pues claro, aunque bien lo merecería…

—No hay merecimiento que valga.

—Pase que peguen a los chicos sus padres; pero ¡qué venga un extraño a golpear y herir las carnecitas que tanto cuidado y ansia le ha costado a uno criar: No estoy por eso.

—Ni yo tampoco.

 

Aquel mismo día se puso Mari-Juana a arreglar la ropa de Periquillo, que era, por supuesto, un destrozón, para que el lu­nes fuera un poco decente a la escuela.

Llegó por fin el lunes y el señor Periquillo, que había averi­guado el domingo que el señor maestro tenía una varita de ave­llano al lado de su silla, se empeñó en que no había de ir a la escuela.

—¡Cógele, cógele de una oreja y llévale a la escuela! —dijo Mari-Juana a Homobono—; ¡que esto ya pasa de castaño oscuro!

Homobono se negó a ello, excusándose con que se diría que bien se conocía que era padrastro del chico.

Y entonces Mari-Juana, disgustada de lo débil que era su marido, cogió al chico de una orejita y quieras que no me lo lle­vó a la escuela.

Periquillo se propuso firmemente no probar la varita que el maestro tenía detrás de su silla, aunque tuviese que renunciar al más vehemente de sus deseos, que era romperle la cabeza a al­gunos de sus compañeros.

Mañana y tarde estuvo en la escuela como un viejo, estudia que estudia su cartilla, es decir, su abecedario, que Homobono había pegado con engrudo en una tablilla muy curiosa, con su mango y todo y su cuerda pasada por un agujero del mango para colgarla al cuello. Cuando Periquillo volvió por la tarde ya se sabía el «a, e, i, o, u» hasta salteado.

 

Homobono y Mari-Juana lloraban de gozo y se querían co­mer a besos al chico; el martes continuó estudia que estudia re­chazando los consejos para ir a cazar nidos, aleluyas, pelotas, trompos y demás juegos.

Cuando la maestra pasó por delante de la casa de Ma­ri-Juana y Homobono le preguntaron si sabía cómo se portaba Periquillo y íes contestó:

— Dice el maestro que si sigue a sí va a ser la honra de la escuela, pues ayer y hoy ha dado ejemplo de juicio y aplicación, y antes de que termine la semana va a tener que mudarle el sila­bario

 

ANTONIO DE TRUEBA



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