Las pasiones de Nerio





Nerio divirtió y aterró a Cartagena durante casi una década. Ni funcionarios ni prelados fueron partidarios suyos, por considerarlo un engendro del Diablo, pero Nerio era la mascota predilecta del gobernador, y todos estaban obligados a fingir en su presencia admiración y alegría. En realidad, Nerio les causaba horror, pues no existía nada que contradijera tan de cerca el precepto sagrado de que el hombre es criatura de Dios, anticipando en varios siglos la herética doctrina de la evolución. Nerio, en todo caso, no parecía antecesor del hombre actual sino del homo futurus, pues poseía una simplicidad alegre y triunfal, denotaba una inteligencia superior y exhibía una innata y pacífica vocación de servir.
A Nerio sólo le importaba complacer y servir. Su dueño lo había comprado a un marinero malayo y lo había instalado en palacio con todas las comodidades de rigor, pero desde el primer momento el desempeño de Nerio consistió en imitar lo que hiciera la gente, particularmente las decenas de pajes que lo rodeaban, a quienes consideraba sus congéneres. Como no se le permitió cargar bandejas o cepillar trajes, lo vital de su existencia radicó en caminar a la manera del obispo, reír como el comisionado del rey, espolvorearse la cara como su señora la gobernadora, asistir muy grave al consejo de ministros y sentarse a manteles. El día que presenció el primer sarao se dejó contagiar de tal forma por la música que irrumpió en el salón y ofreció su mano a una muchacha bonita tras hacerle una venia. El gobernador respaldó sus pretensiones, pero ella y todas las demás mujeres se negaron. ; Ninguna dama de la Cartagena de Indias del siglo XVII iba a prestarse para bailar con un mico! El buen animal insistió lleno de cortesías y obsequiosidad, cual lo había observado de los caballeros. Finalmente, tomó su propia cola como pareja y empezó a bailar la más armoniosa de las contradanzas que se hubiera bailado allí, en medio de la admiración de los concurrentes, que casi no podían creerlo. A partir de aquel día Nerio fue invitado de honor de todas las celebraciones bailables, gustara o no al público.

                                                                                                                                                                                  

Era un mono alto, rubio, especie de babuino, de rabo pelado y cola larga y gruesa, la cual llevaba siempre levantada y por lo común delante de sí, como un alto cayado. Su hocico emergía de la cornisa de la frente, donde sus inquietos ojillos rojizos tomaban nota de todo. Tenía una postura expectante y discreta, y puede afirmarse que se comportaba en sociedad como el más educado y el más juicioso de los humanos, pues no era dañino, ni alborotador, ni incurría en groserías, como el común de su especie. Otro elemento en su ventaja era que no gustaba de acrobacias ni volatinerías. Prefería los mullidos sillones y las almohadas a los adoquines, más como enseres de categoría que de pereza, se desplazaba sobre sus pies derrochando donaire, y sabía aguardar con paciencia apoyando su pelado rabo en el piso. Cuando debía levantarse a divertir, o a servir, lo hacía sin retraso.
sólo una cosa no podía soportar Nerio, y era que las mujeres aparecieran en su presencia cubiertas. El gobernador advertía expresamente a sus invitadas que no trajeran tocados ni adornos de ninguna especie sobre la cabeza, pues su mico las descubriría. El asunto no adquirió ninguna importancia mientras fue problema doméstico, pero todo cambió cuando a Nerio le dio por salir a la calle.

 

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Nerio observaba el gran mundo de allá afuera asomado a las ventanas del palacio. Los carromatos, la vocinglería de los buhoneros, el mercado de esclavos, los gritos de los niños y el alegato de las marchantas le causaban una gran curiosidad y arrancaban leves movimientos en sus cejas. Su expectativa divertía tanto a los criados que un buen día uno de ellos lo llevó consigo hasta la taberna, para comprar el pichel de vino con que se adobarían unas perdices. Nerio tomó atenta gota de la operación. Al día siguiente, a la hora exacta de la salida anterior, tiró los faldones del sirviente, invitándolo a ir por lo mismo. El gobernador presenciaba la escena e indagó su significado, enterándose al punto.
Entreguen a Nerio la moneda y el pichel ordenó . Vamos a ver con qué nos sale este simio del diablo. Le abrieron la puerta y el mico fue corriendo hasta la calle de la taberna, entró en el negocio y puso encima del mostrador la moneda y el pichel. El tabernero le llenó el jarro y se lo devolvió. Nerio dejó el pago y regresó a todo correr. Por el camino los caballos enloquecieron, las aves de los pajareros tumbaron sus jaulas y las mujeres se llevaron un susto fenomenal, pero con el tiempo todos se acostumbraron a su paso y Nerio se apersonó del oficio de comprar el vino como cualquier parroquiano. Esta fue la forma como el público cartagenero lo conoció y entró en familiaridades con él.

                                                                                                                                                                                   

 
Nunca entregó la moneda sin que antes le hubieran rebosado el pichel, pero tampoco nunca se bebió una gota de vino. Era leal e insobornable con los intereses de su dueño. Un día, los chicuelos decidieron divertirse a su cuenta y lo acribillaron a punta de mangos y pepas de guama. Nerio soportó con estoicismo el castigo resguardando el jarro con su cuerpo y recogiendo las frutas que rebotaban sobre él, hasta llenarse las manos. Cuando la tormenta amainó se revolvió a la manera de un jinete berberisco y cargó sobre sus atacantes, haciendo gala de una implacable puntería. No se necesitó de ningún bando del gobernador para que los pelafustanes lo dejasen en paz.
Todo hubiera tenido el final de un cuento de hadas, y sus enemigos los altos funcionarios y los prelados, y todos aquellos que veían en su sola existencia una manifestación diabólica y una herejía habrían tenido que rabiar, de no haber persistido nuestro sabio amigo en la fea costumbre de arrancar los tocados de las damas cubiertas. Pues ahora bastaba con que a la distancia emergiese una cofia o un sombrerillo de pico para dispararse raudo hacia allí, y derribarlo de un manotazo. Se trataba de una acción inofensiva y nadie jamás llegó a salir lastimado, porque la realizaba con precisión y celeridad, pero el susto resultaba mayúsculo, y más de una sorprendida señora se desvaneció, al verse rebasada por la oscura y siniestra sombra del acróbata a plena luz del día. El gobernador sostuvo a solas muchas conferencias con él y le habló en tono franco, usando algunas de sus mismas monerías, de lo reprobable de este defecto. Sus sermones fueron tiempo perdido. Nerio tenía sus maneras de afirmar o negar en señal de obediencia, pero permaneció sordo a lo que se le indicaba.

                                                                                                                                                                                   

Algún día vas a encontrar un justo castigo por esa extravagancia tuya repetía el gobernador, fingiendo mal humor.
El castigo, diría después el obispo, le vino del cielo. Una tarde, al momento de salir de la taberna con su cotidiano encargo, Nerio descubrió a lo lejos una blanca columna que avanzaba por el camellón de la Merced. Se detuvo a otearla y confirmó con gran excitación que se trataba de un grupo de mujeres cubiertas, las catorce monjas de la Real y Militar Orden de Nuestra Señora de la Merced Descalza, que muy raramente salían de su claustro, y aquel día regresaban de su visita anual al Cerro de la Popa. Verlas, abandonar el pichel en el umbral de una puerta y dirigirse hacia ellas a carrera tendida ocurrió a un mismo tiempo. Cuando sus recogidas extremidades inferiores entraban en juego con sus larguísimos brazos, Nerio se convertía en un campeón de salto y velocidad.: las tejas de las monjas comenzaron a volar por el aire, en medio de una loca gritería. Aquellos no eran sólo gritos de pavor. Las monjas de Nuestra Señora de la Merced estaban advertidas de la existencia de Nerio y de la posibilidad de encontrarse con él. Los resultados del ataque del simio fueron una mezcla de histeria colectiva, gozo y aflicción. Algunas de las monjitas mojaron sus interiores, otras dejaron escapar sus dientes postizos. Quienes alcanzaron a echar mano de las largas y pesadas camándulas las rompieron entre los dedos y desparramaron sus cuentas. Pero un sonido estridente se impuso sobre todos. Era la risa de la hermana Mandi, que reía con los dientes afuera, dejando al descubierto los murallones de unas encías rosadas y sanas. Su piel oscura, su nariz achatada, las arrugas alrededor de los ojos y la forma como éstos brillaban, desconcertaron a Nerio, quien detuvo su irreverencia. Este repentino desistimiento permitió a las monjas recoger sus tocas y huir en tropel.

 

 

 

                                                                                                                                                                                   

 

 

El convento de la Merced quedaba al doblar de la esquina, haciendo juego a una blanca capilla y una fresca arboleda. Cuando las catorce monjas que integraban la comunidad alcanzaron su interior y se sintieron a salvo dieron rienda suelta a las más locas carcajadas, hipos, respingos, chillidos y llantos, pues todas estaban al borde del infarto. El carmín les coloreaba las mejillas, hablaban todas a un tiempo, lloraban y reían a la vez. El momento había sido tan excepcional que la monja superior ofreció un trago de vino para relajar los espíritus antes de enviarlas a sus celdas, donde debían componerse y serenarse para acudir a los oficios vespertinos. La calma, pues, retornó al pequeño regimiento, poco a poco los corazones quedaron en paz, con la sola excepción de la hermana Mandi. Ella no podía olvidar la mirada sorprendida y el gesto desarmado y lleno de asombro del mico cuando la despojó de la teja. Se había quedado literalmente tieso. En el fondo, se sentía vanidosa y halagada, como ocurre a cualquier dama a quien un caballero le regala una flor al pasar. Este sentimiento la mantuvo caminando de un lado a otro del estrecho aposento, hasta que los pasos terminaron por llevarla a la ventana, desde donde observó distraída la calle. Una vez más, aquella risa estridente y característica que la distinguía entre todas las monjas escapó de su boca. Nerio la miraba desde la acera de enfrente, ladeando angustiosamente la cabeza para atisbarla por entre los barrotes. Al final de aquel día, nuestro héroe cometió la primera indisciplina de su vida. La noche se había apoderado de la calle, y Ias luces que durante un rato alumbraron en las ventanas del convento se extinguieron en rápida sucesión, al descender las reclusas a la capilla. A continuación seguía la cena, la espera se hizo larga. Nerio tomó el pichel de vino que había guarnecido con extremo cuidado durante toda la tarde y lo apuró sin pensar. El fuego de la bebida inflamó su garganta y le devolvió la confianza, tanto que limpió sus barbas con el dorso del brazo y decidió suspender la-vigilia. Pero de vuelta hacia el palacio del gobernador penetró en la taberna y pidió un nuevo jarro de bebida. El tabernero se lo negó al descubrir que no portaba ninguna, moneda, Nerio le mostró los dientes y prosiguió su camino.

 

 

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A partir de aquel día se convirtió en adicto y ladrón. Compraba el vino con la remesa que le daban para ello, se lo bebía encima del mostrador y caminaba hasta el costado del convento de la Merced, donde pasaba horas enteras observando la ventana de la monja. Rato después regresaba donde su dueño y pedía otra moneda. El gobernador le reñía y le decía cosas que simulaban severas reprimendas, pero igual se la daba. Nerio partía hacia la calle y repetía la operación. Con el tiempo se aburrió del oficio de pedir y aprendió a hurtar los cuartos de la bolsa de su dueño. Los criados le informaron al gobernador, pero éste dijo que lo dejaran hacer, pues quería averiguar a dónde conduciría el asunto. Nerio sólo hurtaba lo necesario, ingería cuatro o cinco pintas de vino por día, y alegre y un poco borracho realizaba su guardia.
Todo Cartagena contuvo el aliento observando el asedio. Para nadie era un secreto la razón de aquel embarazoso episodio. El obispo, sin medir las palabras, denunció desde el púlpito el sitio que el Diablo había puesto a una casa de Dios. El Tribunal del Santo Oficio acudió al palacio del gobernador para sugerirle hacer algo. «Dejadle, está enamorado, eso es todo, a cualquiera le pasa», respondió el mandatario, cada vez más emocionado con lo que estaba ocurriendo. El asunto, en verdad, lo divertía de lo lindo, aunque no dejó de preocuparlo y ordenó que dos guardias se instalaran de manera discreta en las callejuelas adyacentes, para proteger a Nerio de un posible fanático.

                                                                                                                                                                                 

Las semanas y los meses prosiguieron su curso. Nerio, a la sombra y al sol, bajo la lluvia o a la luz de la luna, continuaba su guardia. Como entonces no existía el oficio del periodismo y no se estilaba todavía el suspenso de los medios modernos, la gente fue perdiendo interés. Un mono loco debajo de una ventana no pasaba de ser una extravagancia más, la normalidad volvió a su rutina. Así, cuando Nerio desapareció, nadie llegó a darse cuenta. La noticia de que ya no celaba la venta a de la hermana Mandi se recibió con un poco de nostalgia, y un poco de alivio. La gente que preguntaba a dónde había ido, recibía por respuesta la ligera versión de que había embarcado en la carabela de su antiguo dueño malayo y navegaba rumbo al Asia.
El convento de la Merced también retornó a la rutina. Una vez por año, las monjas repitieron su acostumbrado paseo a La Popa, marchando siempre en apretada columna. Recogiditas y juntas, caminando como rechonchos gansitos, resultaba difícil contarlas. Quien se hubiera tomado el trabajo de hacerlo habría constatado que sólo eran trece.

 

 

 

 

 

                                                                             Corazón rojo Corazón rojo Corazón rojo Corazón rojo



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