Las muñecas de trapo





La muñequita de trapo, se adquiría en la plaza pública por un centavo. Allí, recostada contra las ollas de barro caucano, esperaba a la chiquilla compradora que luego la conducía a su muñequera conversándole, mimán­dole zalameramente como una dulce y abne­gada madrecita.

Muñequitas de trapo, ne­gritas unas como los an­gelitos negros de la poe­sía, blanquitas otras, muñequitas de trapo con trajecitos a colores chilllones y sombreros grandísimos, a la pedra­da, como los de las da­mas de los pintores fran­ceses de principio de siglo, muñequitas que los chicos mirábamos al escondido, deseosos de poseerlas, pero que nada podíamos manifestar porque se nos trataba de mujercitas, y nosotros, aunque la edad fuera mínima, éramos muy hombrecitos.  Porque aquella muñequita, salida de las manos de las artesanas de Cartago, por años y por años llevó la alegría a las niñas de todo el occidente colombiano. La inolvidable muñequita de trapo, negrita como los ángeles negros o blanquita como una gran dama parisiense, desmirriada pero siempre adorable, llenó toda la ambición, antaño, de la chiquillería femenina que amorosamente la arrulló en sus bracitos infantiles.



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