Las manadas de Misiones.





Cuando en 1767, en cumplimiento de lo ordenado por Carlos III, el gobernador Bucareli expulsó de las orillas del Paraná a los jesuitas, cuyas misiones entre los guaraníes habían alcanzado la dimensión y el poder de un verdadero imperio, la codicia corroyó el corazón de las gentes. La vista de las propiedades que los frailes se disponían a dejar, representadas en indios, tierras, semovientes, edificaciones y herramientas, amén de eventuales tesoros en metales preciosos, envenenó las conciencias. A ello obedeció que toda la comunidad circunvecina se mostrase indiferente con la suerte de los religiosos. Mientras éstos esperaban el penoso desenlace, el vecindario le tenía puesto el ojo a lo que habría de pillar. Pero dada la notable circunstancia de que los agentes del gobernador Bucareli no se atrevían a penetrar con prontitud al territorio de Misiones por miedo a la ira de los indios guaraníes, fuerza de choque de los jesuitas, la riqueza que con mayor facilidad estaba destinada a cambiar de manos eran los semovientes. Infinitas manadas de caballares y vacunos pastaban por doquier, al alcance de la mano. Los comarcanos las contemplaban impacientes, y mientras el conflicto de la expulsión se tornaba candente, al punto que se temía la inminencia de un alzamiento armado de los aborígenes, sumaban con mal disimulada alegría las cabezas que se disponían a tomar. Este, y no otro, fue el motivo de su frialdad y de su escasa adhesión a la causa de los expulsados.

                                                                                                                                                                                 

Empero, no existía nadie más entusiasta y activo que la criolla Belarmina del Foso, una estanciera que ya se sentía dueña de todo. Ella había contabilizado con encomiable paciencia uno a uno los vacunos que pastaban en sus alrededores, y había llegado a la conclusión de que sumaban doce mil cabezas. En pesos fuertes, esto rendía una suma apreciable. Pero echarle mano a semejante rebaño requería brazos y elementos. La emprendedora mujer sacudió enérgicamente a su marido José, quien se rascaba turulato la cabeza sin encontrarle solución al problema, y lo envió camino de Asunción, en busca de un préstamo que le permitiera adquirir media docena de negros esclavos, una veintena de hierros de marcar, rejos y útiles de vaquería. Sin contar con tal provisión sería imposible traspapelar la propiedad de los semovientes antes de que las autoridades procedieran a inventariarlos y aplicarlos al real fisco.

 

 

 

                                                                                                                                                                                  

 

 

 
Mucho trabajo le costó al pobre José conseguir el capital requerido, lo que sólo logró al precio de vender anticipadamente el botín e hipotecarse hasta las orejas, pero una semana después estuvo de vuelta en compañía de los esclavos y el resto del encargo. Casi de inmediato comenzó la ardua labor de enseñar a montar a los negros, lo que dado su temor y su desconocimiento secular del arte de la equitación resultó en extremo difícil. Los caballos rehuían a estos jinetes de color, y ellos temían los caballos. Una semana entera se perdió esperando que unos y otros se entendieran, hasta que Belarmina del Foso resolvió el litigio por el expedito camino de apalearlos a todos. Poco se ganó con ello pues los negros, una vez puestos sobre los caballos, sufrían de vértigo. Belarmina apeló de nuevo a su drasticidad y los obligó a permanecer montados las veinticuatro horas del día. Enlazar, manear la res, pegarla del suelo y marcarla fue otra lección harto trabajosa de aprender, pero al cabo de un mes los negros eran expertos. EI aprendizaje estuvo a punto apenas el día preciso en que se divulgó la real cédula que obligaba a los jesuitas a salir de inmediato de aquel último reducto de América. Entonces se inició la faena.

 

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dos espantaron los buhos y murciélagos que merodeaban el lugar. José, quien no se hallaba menos cansado, tropezó en la oscuridad un poco después, y cayó junto a ella. El uno durmió al lado del otro, como un leño junto a otro leño.
Unos minutos antes del amanecer, entre los trinos de los pájaros y la claridad acuosa de la hora, Belarmina despertó asustada por un grito extraño. Estaba cubierta de rocío y tenía fríos y agarrotados los miembros, pero se puso de pie con violenta y dolorosa resolución. Alguien arreaba ganado, podía jurarlo. Y en efecto, sus ojos desorbitados contemplaron a un fraile jesuita, que azotaba el aire con sus disciplinas, arreando una invisible manada. Levantó de un empellón a José, quien quedó erguido, aunque cerrados los ojos. Un manotón le obligó a abrirlos apenas a tiempo para ver pasar delante suyo al misterioso personaje. Marido y mujer se miraron con inocultable terror, antes de tranquilizarse pensando que se trataba de un sacerdote rezagado de todos los demás, visiblemente alterado por la intensidad del conflicto, librando a disciplinazos una lucha contra no se sabe qué figurado enemigo.

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Por si las moscas, los esposos se santiguaron en su presencia. El monje cruzó junto a ellos sin mirarlos, y continuó su camino, zumbando los cilicios. Belarmina hubiera podido jurar que en aquel preciso momento el ambiente olió a majada revuelta, a res sudorosa y mujiente, a rebaño de paso. La impresión, sin embargo, fue demasiado confusa, pues luego de manipular millares de animales su marido y ella olían más intensamente a ganado que el ganado mismo. Aun así, a Belarmina le pareció que unos pasos adelante del sacerdote el blando y húmedo suelo se hundía bajo el peso de imaginarias pezuñas, pero ello sólo constituyó una pasajera impresión, ya que por todas partes la tierra estaba sembrada de pisadas de hombres y animales, plantadas en la intensa labor de los días anteriores. Todo lo atribuyó entonces a una súbita oleada de debilidad física producida por la falta de comida. Se frotó los ojos, invitó a José a seguirla al interior de la cabaña, y puso en marcha un reanimador desayuno.
Una apetitosa loncha de tocineta crujía en la sartén cuando los negros llamaron a la puerta. Sus toques sonaron fuertes y apurados. José les abrió, y se paralizó sorprendido de lo blancos y grandes que tenían los ojos.
¡Amo, corra a la pradera. gritaron.
El desayuno quedó en el fogón. José y Belarmina corrieron hasta una espesa cortina de abetos que cortaba el paisaje, y observaron la pradera a sus anchas. En un principio nada les pareció raro, tan enorme era la anomalía. Los pastos seguían allí, el verde era una mesa de billar, un meandro del Paraná relumbraba a lo lejos. ¿Qué pasa? preguntaron impacientes. La manada — indicaron los esclavos, atónitos de que sus amos no cayeran en la cuenta.

                                                                                                                                                                                 

¡ El ganado! No había un toro, una vaca, un ternero. Las manadas que la tarde anterior oscurecían las praderas no estaban, este era el detalle que faltaba al paisaje. O durante la noche había ocurrido una estampida, o el bueno de uno de los vecinos, en el frenesí del hurto, las había arreado de su lado. O los negros habían cometido un desafuero. Belarmina se volvió a escrutarlos con ojo zahorí. Ellos retrocedieron asustados, advirtiendo la torcida intención de inculparlos. El gesto fue tan espontáneo que la matrona no encontró mérito para ir por el palo. Una oleada de congoja le azotaba el corazón: aquello era verdaderamente insólito. — ¡A los caballos! gritó entonces. Corrieron al corral de los caballos, pero tampoco los hallaron. ¿Dónde están, negros sinvergüenzas? chirrió la mujer.

Señora, anoche quedaron aquí respondieron los esclavos, aterrados.
La matrona volvió a escrutarlos con mirada ceñuda, para volver a concluir que no tenían nada que ver en el caso. Si los negros hubieran estado implicados en el robo habrían huido. Pero, entonces, ¿dónde estaban las once mil reses? Se lanzaron a campo traviesa, corriendo como locos, en busca de una explicación que nos les cabía en la cabeza.
De esta manera recorrieron la pradera de un extremo al otro rebuscando tras los matorrales, escarbando en los pastizales y hollando los sotos aislados. Por ninguna parte había ni siquiera un pelo de res, pero tras ir y venir descubrieron que las huellas de las pezuñas confluían desde distintos lugares en un cauce comodín, formando un pisoteado y concurrido lendel. Una gran caravana de animales había cruzado por allí. La siguieron, aunque Belarmina insistía en que no debían hacerlo sin ir previamente por las escopetas, pues inapelablemente tendrían que liarse a tiros con algún insolente cuatrero. Seis horas después continuaban caminando sin avistar nada. De trecho en trecho, nuevos arroyos de pisadas provenientes de distintas direcciones se unían al que estaban siguiendo. A media tarde, por uno de aquellos ramales secundarios, desembocó una familia de colonos que también perseguía su manada. Traían la misma urgencia, y la misma versión: sus reses habían desaparecido luego que un insólito jesuita cruzara frente a su rancho, arreando una vacada invisible.

                                                                                                                                                                                   

Poco a poco, todos los colonos de Misiones, tanto los pudientes como los pobres, los grandes como los chicos, se juntaron en el doliente sendero abierto por las huellas de cientos de miles de pezuñas. El desaliento y la admiración eran los sentimientos de aquella romería. A nadie le había quedado una vaca ni un caballo, nadie tampoco había visto otra cosa que el misterioso fraile en su actitud de arrear blandiendo disciplinas. Pero como no era posible aceptar que se trataba del mismo personaje, pues no cabía en la cabeza de nadie que uno solo hubiera empujado todas las manadas, se abrió campo lo sobrenatural, y aquella vieja conseja de que los jesuitas son el diablo en persona se consolidó.
Un día, muchas leguas adelante, el rastro se detuvo a la orilla de la gran laguna de Iberá. Allí los más entendidos creyeron encontrar una explicación razonable: las reses habían sido embarcadas. Se rodeó entonces con premura el contorno, buscando el lugar donde hubieran arribado, pero no se encontró huella alguna. En razón de ello, resultó imperioso concluir que el maldito fraile simplemente había empujado las manadas al agua, donde todos los rumiantes perecieron. Los más animosos no quisieron dejar de confirmarlo y adquirieron barcas para recorrer todos los rincones y confines de aquel gran estanque. Su pesquisa también resultó inútil. Ni una sola señal confirmaba esta hipótesis, ni un pelo flotaba en la superficie armoniosa del agua; nada en absoluto.
Por el mismo camino de ida, los entristecidos lugareños regresaron. De todos, nadie retornó tan desalentado como Belarmina del Foso, quien aún presentía lo peor. Y en efecto, unos días después, una plaga voraz se abatió sobre ellos, como si una desgracia sólo anticipara la siguiente: la langosta de los acreedores, que los despojó sin piedad de la tierra, los aleros, los ranchos y hasta los vestidos.

 

 

 

 

 

                                                                             Cabra Cabra Cabra Cabra



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