La indulgencia de la Caa Yarí.





Vicente Cumplido, uruguayo abnegado y cabal, se casó con la Caa Yari, madre y diosa del mate. Ella es una linda mujer que habita en los oscuros yerbales de las plantaciones, donde los cosecheros escuchan sus cantos risueños y advierten sus pasos ligeros al soplo del viento. A veces, cuando el sudor les inunda los ojos, perciben la fresca caricia de sus suaves manos en la frente. Ella es la única que puede librarlos de la adversidad del trabajo y hacerlos felices de la mejor matrera posible, convirtiendo dos arrobas en doce, haciendo saltar la romana al momento del pesaje y acortando la jornada como si el día no fuera de horas sino de minutos. Una entrega diaria en la hacienda retribuye lo de toda una semana, pues la diosa simboliza y encarna la felicidad de la holganza. Sin embargo, para lograr su protección es imperioso casarse con ella, y una vez casado es imperioso serle fiel, porque se trata de una esposa extremadamente celosa. ¡Ay del infiel! Los yerbales están llenos de huesos de cosecheros que fueron sus consortes y se dejaron seducir por los ojos de otra mujer.

                                                                                                                                                                                   

Vicente Cumplido, sin embargo, le dio el sí. Después de haber entregado al pesaje miles de arrobas de hoja, de arrastrar de hacienda en hacienda una penuria dolorosa en compañía de su mujer y siete pobres hijos, resolvió que lo único que le importaba en la vida era un poco de holgura, comprarse una buena camisa y beberse unas cañas. Cuando Marta se quedó en medio del último parto, y la viudez vino a sumarse a la lista de sus penas, se fue al monte y se rindió a los pies de la diosa. Los devaneos de un amor terreno ya no lo perturbaban: tenía cincuenta años cumplidos, era un hombre recio pero fatigado, ninguna mujer lo miraba con ojos salaces.
Los efectos de esta unión fueron visibles casi de inmediato. En lo sucesivo, cada vez que Vicente descargaba el rairo sobre la romana, los fuelles del aparato saltaban: la hoja venía tan prensada en el talego de cuero que al descargarla caía como plomo. Esto le representó tan buen número de billetes que sacó a sus hijos mayores del yerbal, donde iniciaban el mismo ciclo de ingrata labor, les compró ropa nueva y los obligó a ir a la escuela. Por su parte estrenó camisa y sombrero, se hizo restaurar los dientes delanteros y se mandó recetar unas gafas. En adelante, pudo reírse a sus anchas, bostezar de satisfacción y no de hambre, y pagar unas cañas de más a sus buenos amigos de siempre. Y aquí comenzó el drama.

 

 

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La tabernera que atendía sus ratos de solaz era la mulata Ambrosia, mujer rumbosa, guapa y aún muy vital, que delante del mostrador calmaba la sed de los parroquianos y en la trastienda sus afanes. Para evitar cualquier clase de complicaciones, Vicente ni siquiera alzaba los ojos mientras bebía sus tragos. Se limitaba a charlar, consumir y reír, y a la hora de pagar dejaba unas monedas d.e más. Ambrosia pugnaba por retenerle la mano, insinuando de mil maneras que el servicio podía prolongarse por toda la noche, pero él no se daba por aludido. Sus compañeros creían que tanta indiferencia era culpa del recuerdo de Marta, pues el viudo hablaba mucho de ella, de modo que se pusieron de acuerdo para procurarle la cura. Un sábado por la noche, apurando ya los últimos tragos, echaron en su bebida un somnífero y lo abandonaron dormido a los cuidados de la dueña. Cuando Vicente despertó a la mañana siguiente se hallaba en la cama con la mulata Ambrosia, ambos como Dios los había echado al mundo. Ella lo vio abrir los ojos y se le abalanzó como la quilla de un buque, amenazando partirlo por el medio. El pobre no tuvo más remedio que dejarse caer de la cama, arrastrar en la caída las sábanas y envolverse en ellas mientras rodaba por el piso, levantarse dando brincos de sapo y huir acobardado calle abajo por entre los feligreses que acudían a misa, sin acordarse de sus ropas, ni de su hombría, ni de nada.

                                                                                                                                                                                   

La fuga lo menguó un poco, porque jamás había huido así de una mujer, y porque además la mulata se le metió en la cabeza. Muchas veces estuvo a punto de soltar la labor para ir a buscarla, pero el recuerdo de su compromiso con la Caa Yarí lo detuvo. Un día se sintió tan cerca ya del abismo que optó por partir en busca de otros rumbos, pensando que lejos de Ambrosia no correría peligro, pero a mundo abierto las cosas le resultaron peor. Sin poder explicarlo, se había convertido en el caramelo de las mozas del camino, que no cesaban de sonreírle y observarlo con ojos golosos. En cualquier albergue las posaderas, las criadas y las inquilinas se morían por él. Tal vez las canas que no cubría su sombrero, las gafas o su aspecto de viudo desahogado, su nueva dentadura, su humor, su aliento o su voz, lo tenían hecho un porfirio. Una recién casada abandonó a su marido por seguirlo, una monja escapó del convento al verlo pasar. Vicente las evadía haciéndose el loco, pero un domingo, al aproximarse al toldo de una venta para preguntar por el precio d.e un cachivache, la ventera que atendía se agachó y le echó a la cara el aroma de un seno perfumado en flores de cama- lote. Era un seno redondo, sonrosado, vibrante; el cosechero sintió cosquillas en los dientes del deseo de morderlo. Por primera vez, esa mañana, por primera y única vez, resolvió que volver a mirar no constituía pecado contra la Caa Yarí, y pidió el precio de los cachivaches uno por uno. La moza le vendió media tienda, y al domingo siguiente otra media, y así domingo tras domingo. Cada vez que lo atendía lo llamaba viejo, con la misma dulzura con que lo hacía Marta en sus tiempos de novios. Un día le retuvo la mano y le dijo: «Ya es hora de conseguir alguien que lo cuide y lo mime, viejito», y lo dejó añorando con tanta intensidad un hogar y un lecho caliente que se enfermó de nostalgia y perdió la apetencia por la vida cómoda y fácil que le había brindado la diosa del mate. Y a partir de entonces se sintió un miserable, y lamentó en silencio el vínculo indisoluble que había contraído.

                                                                                                                                                                                  

Aquel era el punto donde los amantes de la diosa flaqueaban y le volvían la espalda, pero Vicente Cumplido se negó a proceder así y prefirió encarar las cosas de frente. Una mañana se internó en el yerbal, escogió el mate más frondoso y dejó a su pie una notica de papel, pidiendo una cita. Llegada la noche, un poco antes de la hora anotada, volvió a ponerse en camino. A los primeros pasos un búho aleteó con fuerza en su cara y le echó abajo el sombrero. Era la señal de que la diosa aceptaba el encuentro.
Los sobresaltos de este último peregrinaje lo fueron despojando poco a poco de la lozanía que le había otorgado la tranquilidad del dinero. En determinado punto le rugió un tigre: Vicente sabía que era el anuncio del hambre. Más adelante una serpiente enroscada le cayó sobre el pecho. Mientras le sujetaba la cabeza, el ofidio logró rozarlo con su lengua nerviosa y pajiza. Vicente comprendió que aquel era el asedio de las deudas que volvían a sitiarlo. El sendero hacia el mate florecido se tornó una ascensión dolorosa: Vicente Cumplido recordó las interminables jornadas con el rairo a la espalda y supo que esos tiempos estaban por volver. Aun así, prosiguió. Cuando se detuvo ante el espeso arbusto escogido para la cita era otra vez un hombre pobre. Sacó fuerza de la debilidad y preguntó con voz firme: ¿Sabes a qué he venido, verdad?
Imaginaba que la diosa estaría furiosa y ni siquiera se prestaría a discutir, pero la voz que le llegó del otro lado del follaje tenía la cadencia de un arroyo cristalino. Nunca pensó que se dejaría ver porque no lo hizo cuando suscribieron el pacto, pero estaba allí, risueña y radiante, transparentada contra un manto de estrellas. Antes de responder le hizo un guiño.
-Anda dijo, eres libre. El amor triunfa sobre todas las cosas y es el único capaz de anular nuestro compromiso.
Cuando intentó explicarle sus razones ella se desvaneció. Quería agradecerle la ventura de todo aquel tiempo y la forma fácil como lo liberaba, pero sólo le llegó la suave brisa de algo que se iba. ¡Gracias, Caa Yarí! gritó con todas sus fuerzas, para no quedar como ingrato.
El domingo siguiente acudió al toldo de la ventera y la pidió en matrimonio. Cosechando y cargando mate a Ias espaldas trajo con ella otros siete hijos al mundo.

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