LA GUINEA DE LA COJA





En diciembre se oscurece el cielo y el empedrado de las ca­lles desaparece bajo la blancura de los copos de nieve, esa nieve londinense que se funde y ensucia en seguida con el barro. Quince años hacía que no la había visto, pero no había podido olvidarla.

Hace una hora sólo que he llegado de América del Sur, a bordo del vapor correo de Southampton; arrimado a la ventana de mi hotel Morley, de Charing Cross, contemplo entristecido los juegos de agua de la plaza de Trafalgar, o paseo por el cuar­to, tratando de pensar que ya no soy un desterrado, sino un hombre que vuelve a su patria.

 

Aproximo el sillón a la chimenea y, mientras atizo la lum­bre, recuerdo cómo fue mi vida pasada. Mí desgraciada infancia junto a un tío viejo y rico que no me quería porque pensaba que nunca llegaría yo a ser honra para su nombre y sus negocios, pues el buen señor era tan avaro como vanidoso.

Yo estaba lleno de ansias de cariño y de estímulo para todo lo bello y bueno, pero ocultaba mis sentimientos a la ironía de los que me rodeaban, y mi tío se alegró mucho cuando le comu­niqué mi deseo de ir a labrar fortuna al otro lado de los mares. Fríamente me despidió mi único primo y me fui con el triste convencimiento de que estaba solo en el mundo y el inmenso deseo de mostrar a todos que no merecía sus burlas y despre­cios.

Y ahora al regresar, pasados quince años, ignoro lo ocurri­do dentro de mi familia, que seguramente se ha olvidado de mí completamente.

 

Un criado viejo, al que llamo, satisface mi curiosidad en parte. Conoce a mi primo Jorge porque, en tiempos, se hospe­daba en este hotel cuando venía a Londres, lo mismo que hacía mi tío. Parece que ahora Jorge tiene mucha importancia para ir a un hotel de segundo orden, cuando vienen todas las primaveras a pasar dos meses en la capital. En esta época del año, Mr. Jor­ge Rutland no abandona su castillo solariego y puedo encon­trarle en Rutland-Hall, condado de Kent.

 

Ya con estos detalles me apresuro a escribir la siguiente carta:

«Querido Jorge: Estoy seguro de que tanto como ver mi le­tra te extrañará verme a mí, como si fuera un aparecido. No lo soy; ya sabes que hace largo tiempo estoy convencido de que para nada sirvo, y el Cielo tampoco me ha concedido la dicha de morir. Alguna vergüenza siento al confesarte que vengo del otro mundo sin fortuna hecha, aunque he trabajado para ello; en el mundo no basta querer, se necesita suerte para poder. Tengo algún tiempo por delante todavía para reparar la pérdida de es­tos quince años de mi vida y estoy dispuesto a hacer cualquier cosa que sea digna de mi vida y estoy dispuesto a hacer cual­quier cosa que sea digna de un caballero. Mientras llega esto ardo en deseos de veros a todos, pues la ausencia larga de la pa­tria hace comprender lo que vale el apretón de una mano amiga. No espero que me contestes; pasado mañana salgo para Kent y llegaré a la hora de comer. Fío en tu buena acogida durante unas semanas, hasta que tome una determinación.

Ahora y siempre me considero tu antiguo amigo y primo,

Guy Rutland.»

—Bien pronto sabré lo que son mis queridos parientes —murmuré mientras cerraba el sobre alegremente.

Hacia las siete de la tarde llegó al imponente castillo de Rutland-Hall. No veo a mi primo Jorge, pero sin duda es que no recuerdo bien las costumbres, y me estará esperando al pie de la escalera; pero allí me recibe un criado, tan frío y tieso como si mi regreso, después de quince años, fuera un suceso sin importancia. Me lleva al hall, donde tampoco está el dueño de la casa.

—Acompáñame a mi habitación —ordenó al criado, pen­sando que es que debo quitarme el polvo del viaje y presentarme a la hora de la cena.

Sigo a mi guía, dándome cuenta de que me lleva muy arri­ba, pero es que seguramente han llegado otros invitados antes que yo y ocupan las mejores habitaciones.

 

Apresurado, termino mi arreglo y tiro de la campanilla para que el criado me lleve al salón. Voy pensando discretas frases para hablar con todos los miembros de la familia, pues no tengo la palabra fácil aunque sé resultar agradable cuando quie­ro, y estoy dispuesto a hacerlo ahora.

La guinea de la coja

 

El criado abre la puerta y se retira. Sorprendido, me encuentro en una gran habitación casi a oscuras y casi desierta. Sólo, sentada en un sillón junto al hogar, hay una niña que pa­rece tener unos quince años; un modesto trajecillo negro la envuelve, y lee atenta a la luz de las llamas. Su cabeza se reclina en el respaldo del sillón que cubre con sus lindos rizos rubios. No se ha dado cuenta de mi entrada, pues está absorta en su lectura. Toso un par de veces para llamar su atención.

 

La niña se asusta un poco; después deja caer el libro, se in­corpora en el sillón y coge vivamente un objeto, que yo no ha­bía visto, y estaba apoyado en el respaldo; es una muleta. Apo­yada en ella se levanta y se acerca…; es una pobre niña coja.

 

Me presento y se tranquiliza al oír mi nombre. Graciosa me invita a sentarme. Lo hace ella otra vez, saca de un ángulo del sillón una redecilla y recoge en ella los sueltos y sedosos rizos de sus cabellos, y empieza a conversar un poco nerviosa.

 

—Tompson debió creer que no había aquí nadie —dice como excusándose—, porque estoy siempre en las habitaciones de los niños, menos cuando se marcha la familia, que bajo al sa­lón para leer.

—¿No está en casa Mr. Rutland? —pregunto.

—No, comen fuera de aquí.

—¿Es que su padre no ha recibido mi carta?

—No soy hija de Mr, Rutland —contesta encarnada como una rosa—. Me llamo Teresa Ray y soy huérfana. Mi padre era amigo y pariente lejano de Mr. Rutland y me recomendó a él al morir… ¡Cuida de mí por caridad!

Su boca delicada se frunce un poco al pronunciar la última frase; se muerde los labios y continúa:

—Nada sé de esa carta que dice, aunque oí que esperaban a alguien… Seguramente no creyeron que llegaba usted esta no­che, pues todos han ido a casa de unos amigos.

 

«Bueno —pienso—, bonito recibimiento me hace mi primo, pues no sólo sabía el día, sino la hora de mi llegada, pero veo que sigue siendo el mismo de siempre.»

La linda niña tiene fijos en mí sus grandes ojos azules con una expresión que me dice claramente: «Le compadezco; tiene usted con una esperanza y está defraudado. Mejor hubiera sido que no viniera sin que le invitasen. Si yo pudiera andar sola me iría lejos, donde no pudieran encontrarme.» Todo esto me dice la muda mirada de Teresa Ray y en seguida se forja entre los dos un lazo de simpatía y comprensión que nos une en el acto.

—Miss Ray —le digo—, ¿qué piensa usted de un hombre que, después de pasar quince años en el extranjero, vuelve a su país sin un chelín en el bolsillo? ¿No le parece que merece que tiren piedras contra él?

— ¡Me lo figuré! —Contesta con ligero movimiento de cabe­za y una dulce mirada—Me lo figuré cuando vi las habitacio­nes que le destinan; son las peores, pues reservan las otras para invitados más importantes que llegan la semana próxima.

 

El día de Nochebuena estará la casa llena de gente… ¡No puedo con-sentir en eso que usted dice…!

—¿Qué es lo que no puede consentir?

—Que no tenga un chelín en el bolsillo. Todos se reirán de usted, y los criados se darán cuenta en seguida. Yo tengo una guinea que lady Thorton me regaló el día de mi cumpleaños, y si usted me permite que se la deje me alegraré mucho. A mí no me hace falta, y ya me la devolverá cuando sea rico.

Me hace el ofrecimiento con tanta seriedad que a duras penas contengo las ganas de reír. La frágil muchachita me toma bajo su protección, adivina humillaciones que me quiere evitar, y me ampara con su triste experiencia. Me agrada dejarme proteger por una niña y aceptar el amable interés que despierta en ella mi mala fortuna.

—Muy reconocido a su ofrecimiento, lo acepto. ¿Tiene usted aquí mismo la moneda?

—No, voy a buscarla.

 

Y, tomando sus muletas, sale dando golpes con ellas para volver en seguida con una bolsita que me pone en las manos. En ella hay una guinea cuidadosamente envuelta en papel de plata.

—Siento no tener más —murmura confusa al ver que la
guardo en el bolsillo—, pero ¡recibo tan pocos regalos!

En este momento el orgulloso criado viene a avisarme que está dispuesta la cena, y cuando salgo del comedor mi linda protectora se ha ido ya al cuarto de los niños. No la vuelvo a ver durante la velada, y me retiro también a mis habitaciones.

 

La guinea de la coja

 

Al día siguiente, en el almuerzo, me presentan a todos los parientes. Primos y primas son tal y como había pensado. Mi primo Jorge es ya un padre de familia.

—Me alegra verte —me dice estrechándome la mano. Pero pronto comprendo que no se alegra nada, y Mr. Rut­land tampoco, aunque me acoge cortésmente. Los primitos me tratan con cierto desprecio. Estoy condenado a ser el personaje sin importancia, al que se acepta porque no hay otro remedio. Durante unos días se entretiene Jorge enseñándome sus ex­tensas posesiones. Cuando llegan invitados más importantes, me deja abandonado y las Misses Rutland, que al principio acepta­ron mi compañía para montar a caballo, dejan también de ocu­parse de mí cuando llegan caballeros jóvenes, más ricos y más de su agrado.

 

Mi noble prima disimula mal el fastidio que le causa mi vi­sita, que los humilla ante sus aristocráticas amistades. Y confie­so que procedo con maligna intención; cada día estoy más ama­ble, como si no me diera cuenta de sus descortesías.

Disfruto de la misma libertad que todos los invitados y, cuando me siento cansado, me voy a las habitaciones de los ni­ños, donde están cinco o seis chiquillos de la familia.

Hay una hora del día en que ni padres ni hermanos apare­cen por allí; las cinco, hora del té infantil. Poco a poco conquis­to la simpatía de Jenny, la niñera, sensible a los regalillos que le hago de vez en cuando, y muy discreta. Los mismos niños me tienen algún afecto, pues encontré el camino de su amor con re­galos de libros, estampas y muñecos, adquiridos con la guinea de Teresa Ray, que está muy admirada de todo lo que compro con una sola moneda de oro.

 

Si mi situación en Rutland-Hall no es muy grata, la de Te­resa Ray es insoportable. Una niña menos enérgica hubiera su­cumbido y un alma menos delicada habría perdido su celestial dulzura. Los criados no le hacen caso alguno, los niños se bur­lan de ella y la sacrifican a sus caprichos. Sólo Jenny siente al­guna simpatía por la pobre chiquilla y la defiende contra sus ti­ranos, cuando puede nacerlo sin peligro.

Yo no puedo hacerles entrar en razón por el único medio que impresiona a los chicos mal educados. Las! hijas mayores de la casa no la miran siquiera.

—¿Qué haremos de esta chica? —oí decir un día a la dueña de la casa—. Si no fuera coja, podría ganarse la vida…, pero mientras tenga que llevar muletas…

Teresa soporta esta situación sin protestas ni llanto. Bajo su modesto trajecillo negro está revestida de angélica armadura. Se somete a su triste suerte sin degradante humildad, con tran­quila expresión en sus hermosos ojos, que parecen decir:

—Por agudos que sean mis sufrimientos, sé callarme por­que nada me deben. El agradecimiento me cierra la boca.

Por casualidad encuentro a mi infantil protectora a los po­cos días de nuestra conversación en el hall. Paseo por un sende­ro retirado que es el refugio de la pobre niña y en el que escapa al tormento de los chiquillos. Volvemos a charlar amistosamen­te, y siento tanta dulzura con su simpatía que añado algunas co­sas a mi falta de recursos y las dificultades que me esperan, des­pués de quince años de ausencia de mi patria. Me escucha con encantadora atención y me da ambles consejos.

 

Aunque mis nobles primos y bellas primas no me hubieran abandonado y me hubieran invitado alguna vez a las fiestas a que iban, yo hubiera preferido siempre los ratos de conversa­ción con Teresa Ray, sobre todo en los paseos lejos de la revuel­ta habitación de los niños. Más de una vez me olvido del frío es­cuchando las palabras de Teresa Ray, que cojea en el sendero y trata de ayudarme a resolver algún problema que le confío, para conseguir un vivir agradable con poco dinero.

Un día me dice:

—¡Debe usted irse de aquí!… ¡Si yo pudiera trabajar!

Tommy es el más travieso de la tropa infantil y se le ocurre dar a Teresa una de sus pesadas bromas. Le quita las muletas y, haciendo como si estuviera cojo, corre fuera y vuelve a poco con ellas rotas. Teresa se encuentra así imposibilitada de salir duran­te las fiestas de Navidad; la niña se contenta con mirar el cam­po nevado, a través de la ventana, mientras Tommy se ríe de su paciencia… Pero quizás hago mal acusando a Tommy. Sospecho que otra cabeza ha sido la que ha inventado todo para que el pajarillo no pueda salir de la jaula.

 

Y nadie la compadece. Sólo hay una persona que se intere­sa también por la linda huérfana: lady Thorton, que le había regalado la guinea, es rica y buena. Poco a poco me capto su sim­patía. Mientras Teresa Ray está sin poder salir de la nursery vie­ne a hacer una de sus visitas. Invita a toda la familia a celebrar la Nochebuena en su castillo, a tres o cuatro millas de Rutland-Hall. A solas un momento con ella, aprovecho la oca­sión para contarle la historia de las muletas.

—¡Qué niño más travieso! —exclama—. Es preciso que Te­resa tenga otras muletas para la fiesta.

Y luego, mirándome a través de sus impertinentes, me pre­gunta:

— ¿Qué interés le guía hacia Teresa? — ¡Somos buenos amigos!

— ¡Buenos amigos! Cuidado, Guy Rutland. Teresa no es tan niña como usted cree.

Me río de buena gana: mi linda protectora es sólo una niñita encantadora.

 

Todavía faltaban algunos días para la fiesta de lady Thorton cuando un incidente curioso hace que los dueños de la casa tengan consejo en la biblioteca, antes de almorzar.

Había llegado de Londres una caja grande, dirigida a Miss Teresa Ray, y al abrirla encuentran dentro de ella un par de mu­letas preciosas; son una verdadera obra de arte de madera escul­pida, con incrustaciones de concha, montura de plata y almoha­dillas de terciopelo.

 

La guinea de la coja

 

Mr. y Mrs. Rutland están asombrados. ¿Quién puede ser autor de tan magnífico regalo? ¿Quién conoce siquiera el nombre de Teresa Ray fuera del castillo? Yo me froto las manos, riendo de gusto, mientras les oigo hablar así.

Pero este solemne Consejo decide que no sería prudente en­tregar a Teresa Ray el rico regalo. Opinan que lo mejor es ca­llar, porque puede inspirarle ideas absurdas.

 

En consecuencia, a pesar de las nuevas muletas, Teresa Ray continuará prisionera. Ocultan cuidadosamente la caja y su contenido, y nadie dice pa­labra de su existencia.

Espero unos días, pensando que mis primos volverán sobre este acuerdo, pero es inútil. El pajarillo continúa languideciendo en su jaula, sin que una mano amiga intente darle libertad.

 

Todo el mundo habla y goza pensando en la invitación de lady Thorton. Sólo Teresa permanece sentada, dobladillando delantales y paños de cocina, o remendando los calcetines de los niños, que se burlan al verla arrastrarse por la habitación y mi­rar tristemente por la ventana.

Las primas le enseñan los trajes que van a estrenar en la fiesta, las cintas que adornarán sus lindas y frívolas cabezas, pero Teresa se quedará ese día, como todos los del año, sola en casa, con su trajéenlo negro.

Teresa se ha despedido suspirando de la idea de ir a la fies­ta, a la que ha sido invitada inútilmente de la misma manera que todos los demás, que le dicen:

—¡Aprisa, Teresa, se acerca el día y todavía hay que poner este lazo en los zapatos, hacer estas flores!

Y no hace falta que le digan nada, pues la pobre niña trabaja como activa abeja. A nadie se le ocurre en cambio pre­guntarle:

—¿Y tú, qué traje piensas ponerte?

 

Imposible pensar que Teresa, coja y sin muletas, pueda ir a la fiesta. Sin embargo, hay alguien que lo piensa, alguien que ha pensado:

«Un traje nuevo de seda sentará divinamente a Teresa, un lazo rosa o azul destacará lindamente entre sus rubios cabellos.»

El mismo día de la fiesta tengo que ir a despachar un asun­to urgente a la ciudad próxima y, por la tarde, antes de volver a Rutland-Hall, entro en casa de la mejor modista para recoger una caja de cartón.

La caja está ya preparada, es muy ancha y plana. La mo­dista me pregunta:

—¿Quiere el señor ver el traje de la señora?

Y abren la caja y desdoblan delante de mí un traje de seda y blonda, que yo no sé describir, pero sí admirar la elegancia de la hechura y la armonía de los colores.

—Dispense —murmuro—, pero me parece que la falda es un poco larga.

—El señor dijo que era para una jovencita de dieciséis años, y ahora llevan la misma cola que las señoras.

 

Además ten­ga en cuenta la circunferencia del miriñaque, y el señor puede ver esta fila de corchetes, destinado a recoger un poco la falda.

Es ya tarde cuando llego a Rutland-Hall, al tiempo que sa­len los coches líenos de alegres invitados. Rápidamente subo a la nursery con mi caja debajo del brazo.

Allí está la linda Cenicienta, sola, con la niñera; con la frente apoyada en la mano contempla melancólica la alfombra, llena de pedacitos de puntillas, hebras de hilo, tijeras y flores ar­tificiales, que demuestran que ese día, como los anteriores, ha estado ocupada en arreglar las galas de las otras.

 

Al verme se ilumina su rostro con una alegre sonrisa:

—¡Creí que estaba usted con los otros!

—Todavía no, pero no tardaré mucho en marchar; vengo en su busca…

—Ya sabe que yo no puedo ir, contesta tristemente; aun­que tuviese las muletas me falta el traje apropiado.

—Un amigo le envía a usted un traje, y yo sé que hay mule-as. Jenny, tome esta caja y vista en seguida a miss Teresa, por­que tengo un coche esperando a la puerta.

 

Teresa se enciende como una rosa, sus ojos se llenan de lá­grimas; palidece luego, sofocada de emoción, mientras Jenny, a la que yo hice un buen regalo de Navidad, se admira ante el contenido de la caja.

—Teresa, no hay tiempo que perder —le digo—; dentro de diez minutos estoy de vuelta.

Salgo de la habitación, dejándola dulcemente emocionada en manos de Jenny, que, inmediatamente, empieza a vestirla.

Cuando vuelvo, con las muletas incrustadas de plata y con­cha, Teresa Ray está ya completamente arreglada.

Con admirada sorpresa, no encuentro a la jovencita que es­peraba, ataviada para un baile de niño; el traje ha transformado a mi protectora en una muchacha elegante, que se asombra ella misma de su cambio. Sólo conserva de la antigua Teresa su lin­da cabecita llena de rizos…, sus ojos de cándida expresión… Sí. Teresa Ray es una mujer…, una mujercita encantadora.

Jenny, que hasta entonces la había tratado como a una niña, está lo mismo de asombrada que yo, pero a mi sorpresa se une un sentimiento tierno y desconocido, que me llena de ale­gría y miedo al mismo tiempo.

Cuando presento a Teresa las preciosas muletas, ella me mira como si yo fuera un mago de Las mil y una noches.

Las toma para probarlas, y en seguida atraviesa la habita­ción con seguro paso, y baja las escaleras para el hall. Las mule­tas desaparecen bajo los pliegues vaporosos de la falda y las oleadas de tul que envuelven los blancos y redondos hombros de Teresa Ray.

 

Con mucha satisfacción recuerdo en este instante una cajita con una guinea de oro, que está bien oculta en la vieja maleta que traje para venir a pasar unos días en Rutland-Hall.

El coche nos espera y ya es tarde para arrepentirse de lo que tan discretamente había preparado; pero es la verdad que estoy mucho más confuso de lo que había previsto al verme jun­to a la niña, en la que hasta entonces sólo había pensado con tierna compasión.

 

La guinea de la coja

No describo lo que pasa por mí en esta noche memorable, ni la sensación que produce nuestra entrada en casa de lady Thorton, La señora deja a sus mortificados invitados y se acerca a nosotros, viendo mucho más lejos de lo que presumimos, y con inflexión maliciosa me dice:

 

—Veremos cómo acaba todo esto.

 

 

Teresa se entrega alegremente en el primer momento al pla­cer de dar esta sorpresa a sus amigos, pero a poco empieza a sentir miedo de haber ofendido a mis primos. Más de una vez se estremece, en el momento más gozoso de la fiesta, pensando en la tormenta que, más pronto o más tarde, caerá sobre ella. Mi primo Jorge y su mujer no disimulan su disgusto y, cuando llega la hora de volver a Rutland-Hall, nadie nos ofrece sitio en el co­che de la familia, ni nos esperan a la puerta.

Al llegar nos avisan que Mr. y Mrs. Rutland nos esperan en la biblioteca, y allí los encontramos con cara de pocos ami­gos. Mrs. Rutland se lleva a Teresa y me deja a solas con su es­poso.

—Caballero —me dice mi amable primo—, hemos sufrido demasiado tiempo tu insolente intervención y te suplico que sal­gas de mi casa mañana mismo.

—Primo Jorge, ningún inconveniente tengo en hacerlo, pero a condición de que Teresa Ray se venga conmigo, si lo desea.

—¿Sabes que es una huérfana sin un penique, a la que he recogido por caridad?

—Quiero que sea mi esposa, si tengo la dicha de que me acepte —contesto muy serio.

—Y una vez casados, ¿con qué piensas vivir? ¿A costa de la familia?

—No a costa tuya —le contesto con una mirada poco hu­milde—. Te conozco bien, Jorge Rutland, porque os he visto a todos los de esta casa y sólo he encontrado paja junto al grano de oro que será mi dicha, si yo puedo y Dios lo quiere.

—¡Lindas frases! ¡Palabras y palabras! Recuerda, de ahora para siempre, que me lavo las manos respecto a lo que os pueda suceder a ti y a Teresa Ray.

—Así sea —le contesto, y me retiro a mi habitación.

Al día siguiente, temprano, llamo a la puerta de la nursery y ruego a Jenny que avise a miss Ray que la espero en el jardín.

 

Es el día de Navidad, día de paz y buena voluntad, y si la paz no reina en mi corazón mientras contemplo el nevado paisa­je, es verdad que tampoco siento odio contra nadie.

Teresa llega pronto a mi lado; es la misma de antes, con su trajecillo negro y raído, y algo avergonzada de sus nuevas lujo­sas muletas. Me alegro de verla así, pues la linda muchacha, que había creado la noche anterior, me da un poco de miedo. Pero cuanto más la miro más pienso que no es la niña que yo había creído antes de la fiesta. Algo hay cambiado en ella o… en mí, pero es cambio muy grato, por cierto.

Salimos juntos al jardín y paseamos por nuestro sendero fa­vorito, donde nos confesamos nuestro amor. Al volver a casa digo a Teresa Ray:

—Teresa, ¿no tienes miedo de vivir conmigo en la miseria? ¿Consientes en correr este peligro?

Teresa me contesta con uno de sus lindos movimientos de cabeza, que yo sé traducir exactamente.

Creo que mis primos nos tomaron a mí por un loco y a ella por una inconsciente cuando supieron que nos habíamos casa­do. Así debió ser, al menos hasta que mi primo Jorge recibió un cheque bancario, para que se cobrase los gastos que le había ocasionado su caridad con Teresa Ray.

Recorrí el continente con mi esposa y le enseñé mundo. Su cojera no era incurable y los muchos cuidados le consintieron prescindir de las muletas.

 

A nadie extrañará que, al volver a Inglaterra, costase traba­jo a la familia reconocer en la cojita Teresa Ray a la mujer de Guy Rutland, millonario.

Lady Thorton nos acogió graciosa y amablemente. Le ense­ñé su milagrosa guinea, que conservo muy guardada, y llamo la dote de Teresa. También guardé las preciosas muletas de ébano y plata como una reliquia de familia.

 

CHARLES DICKENS



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