JUAN SOLDADO





Erase un mozo solariego, sin casa ni canastilla, al que tocó ¡a suerte de soldado. Cumplió su tiempo, que fue ocho años, y se volvió a reenganchar por otros ocho, y después por otros tan­tos.

Cuando hubo cumplido éstos últimos ya era viejo y no ser­vía ni para ranchero, por lo que le licenciaron, dándole una li­bra de pan y seis maravedís que alcanzaba su haber.

 

— ¡Pues dígole a usted —pensó Juan Soldado cogiendo la vereda—, que me ha lucido el pelo! ¡Después de veinticuatro años que he servido al rey, lo que vengo a sacar es una libra de pan y seis maravedís! Pero anda con Dios: nada adelanto con desesperarme sino el criar mala sangre.

Y siguió su camino cantando:

 

La boca me huele a rancho

Y el pescuezo a corbatín,

Las espaldas a mochila

Y las manos a fusil.

 

En estos tiempos andaba Nuestro Padre Jesús por el mun­do, y traía de lazarillo a

San Pedro. Encontróse con ellos Juan Soldado, y San Pedro, que era el encargado, le pidieron una limos­na.

—¿Qué he de dar yo? —le dijo Juan Soldado—, ¿yo, que después de veinticuatro años de servir al rey no he agenciado más que una libra de pan y seis maravedís?

Pero San Pedro, que es porfiado, insistió:

 

—Vaya —dijo Juan Soldado—, aunque después de servir al rey veinticuatro años sólo tengo por junto una libra de pan y seis maravedís, partiré el pan con ustedes. Cogió la navaja, hizo tres partes del pan, les dio dos y se quedó con una.

 

A las dos leguas se halló otra vez con el Señor y San Pedro, el que le volvió a pedir limosna.

—Quiéreme parecer —dijo Juan Soldado— que les he dado nantes a ustedes y que ya conozco esa calva; pero, ¡anda con Dios!, aunque después de veinticuatro años de servir al rey sólo tengo una libra de pan y seis maravedís, y que de la libra de pan no me queda sino este pedazo, lo partiré con ustedes.

 

Lo que hizo, y en seguida se comió su parte para que no se la volviesen a pedir.

Al ponerse el sol se halló por tercera vez con el Señor y San Pedro, que le pidieron limosna.

—Sobre que juraría que ya les he dado a ustedes —dijo Juan Soldado—; pero, ¡anda con Dios!, aunque después de ser­vir al rey veinticuatro años, sólo me he hallado con una libra de pan y seis maravedís, repartiré éstos como repartí el pan.

Cogió cuatro maravedís, se los dio a San Pedro, y se quedó con los otros dos.

—¿Donde voy yo con un ochavo? —dijo para sí Juan Sol­dado—; no me queda más que ayucar al trabajo y echar el alma si he de comer.

—Maestro —le dijo San Pedro—, haga su Majestad algo por este desdichado que ha servido veinticuatro años al rey y no ha sacado más que una libra de pan y seis maravedís que ha re­partido con nosotros.

—Bien está, llámalo y pregúntale lo que quiere —contestó el Señor.

Hízolo así San Pedro, y Juan Soldado, después de pensarlo, le respondió que lo que quena era que en el morral que llevaba vacío se le metiese aquello que él quisiere meter en él. Lo que le fue concedido.

Al llegar a un pueblo vio Juan Soldado en una tienda unas hogazas de pan más blancas que jazmines, y unas longanizas que decían contedme.

—¡Al morral! —gritó Juan Soldado en tono de mando.

Y cáteme usted las hogazas dando vueltas como ruedas de carretas, y las longanizas arrastrándose más súpitas que cule­bras encaminándose hacia el morral sin perder la derechura.

El montañés dueño de la tienda y el montañuco su hijo co­rrían detrás dando cada trancazo que un pie perdía de vista al otro; pero ¿quién los atajaba, si las hogazas rodaban desatina­das como chinas cuesta abajo y las longanizas se les escurrían entre los dedos como anguilas?

 

Juan Soldado, que comía más que un cáncer, y aquel día tenía más hambre que Dios paciencia, se dio un hartazón de los cumplidos, de los que no puedo más.

Al anochecer llegó a un pueblo; como era licenciado del ejército, tenía alojamiento, por lo cual se encaminó al Ayunta­miento para que le diesen boleta.

 

Juan Soldado

—Soy un pobre soldado, señor —le dijo al alcalde—, que, después de veinticuatro años de servir al rey, sólo me hallo con una libra de pan y seis maravedís que se gastaron por el camino.

 

El alcalde le dijo que si quería le alojaría en una hacienda cercana, a la que nadie quería ir porque había muerto en ella un condenado, y que desde entonces había asombro; pero que si él era valiente y no le temía al asombro, podía ir, que allí hallaría de cuanto Dios crió, pues el condenado había sido muy riquísimo.

 

—Señor, Juan Soldado ni debe ni teme —contestó éste—; y allá voy a encamparme en un decir tilín.

 

En aquella posesión se halló Juan Soldado en el centro de la abundancia; la bodega era de las famosas; la despensa de las bien provistas y los sobrados estaban atestados de frutas.

 

Lo primero que hizo a prevención, por lo que pudiese tro­nar, fue llenar un jarro de vino, porque consideró que a los bo­rrachos se les tapaba la vena del miedo; en seguida encendió candela y se sentó en ella para hacer unas migas de tocino.

Apenas estaba sentado, cuando oyó una voz que bajaba por la chimenea y decía:

—¿Caigo?

—Cae si te da la gana —respondió Juan Soldado, que ya estaba pintón con los lapos de aquel rico vino que se echaba en­tre pecho y espalda—; que el que ha servido veinticuatro años al rey, sin sacar más que una libra de pan y seis maravedís, no teme ni debe.

 

No bien lo hubo dicho, cuando cayó a la mismita vera suya la pierna de un hombre: a Juan Soldado le dio un espeluzno que se le erizaron los vellos como el pelo a un gato acosado; cogió el jarro y le dio un testarazo.

—¿Quieres que te entierre? —le preguntó Juan Soldado.

La pierna dijo con el pie que no.

—Pues púdrete ahí —dijo Juan Soldado.

De allí a nada volvió a decir la misma voz de denantes.

—¿Caigo?

-Cae si te da gana —respondió Juan Soldado, dándole un testarazo al jarro—, que quien ha servido veinticuatro años al rey no teme ni debe.

 

Cayó entonces al lado de la pierna su compañera. Para aca­bar presto, de esta manera fueron cayendo los cuatro cuartos de un hombre y, por último, la cabeza que se pegó a los cuartos, y entonces se puso en pie en una pieza, no un cristiano, sino un espectáculo fiero, como que era el mismísimo condenado en cuerpo y alma.

—Juan Soldado —dijo con un vocejón que helaba la sangre en las venas—, ya veo que eres un valiente.

—Sí, señor —respondió éste—, lo soy; no hay que decir, ni hartura ni miedo ha conocido Juan Soldado en la vida de Dios; pues a pesar de eso, ha de saber su merced que en veinticuatro años que he servido al rey lo que he venido a sacar ha sido una libra de pan y seis maravedís.

—No te apesadumbres por eso —dijo el espectáculo—, pues si haces lo que te voy a decir salvarás mi alma y serás feliz. ¿Quieres hacerlo?

—Sí, señor; sí, señor; más que sea lañarle a su merced los cuartos para que no se le vuelvan a desperdigar.

—Lo malo que tiene —dijo el espectáculo— es que me pa­rece que está borracho.

—No, señor; no, señor; no estoy sino calomelano, pues ha de saber su merced que hay tres clases de borracheras: la prime­ra, es de escucha y perdona; la segunda, es de capa arrastrando, y la tercera, de medir el suelo; yo no he pasado de escucha y perdona, señor.

—Pues sígueme —dijo el espectáculo. Juan Soldado, que estaba peneque, se levantó meciendo su cuerpo para aquí, para allá, como santo en andas, y cogió el candil; pero el espectáculo alargó un brazo como una garrocha y apagó la luz.

 

No se necesitaba, porque sus ojos alumbraban como dos hornos de fragua.

Cuando llegaron a la bodega, dijo el espectáculo:

—Juan Soldado, toma una azada y abre aquí un hoyo.

—Ábralo usted con toda su alma si le da gana —respondió

Juan Soldado—, que yo no he servido veinticuatro años al rey sin sacar más provecho que una libra de pan y seis maravedís, para ponerme ahora a servir a otro amo que puede que ni eso me dé.

 

El espectáculo cogió la azada, cavó y sacó tres tinajas, y le dijo a Juan Soldado:

—Esta tinaja está llena de cuartos, que repartirás a los po­bres; esta otra está llena de plata, que emplearás en sufragios para mi alma, y ésta última está llena de oro, que será para ti si me prometes emplear el contenido de las otras según lo he dis­puesto.

—Pierda su merced cuidado —respondió Juan Soldado—; veinticuatro años he estado cumpliendo con puntualidad lo mandado, sin sacar más premio que una libra de pan y seis ma­ravedís; conque ya ve su merced si lo haré ahora, que tan bue­na recompensa me promete.

Juan Soldado cumplió con todo lo que le encomendó el es­pectáculo, y se quedó hecho un usía muy considerable, con tan­to oro como había en su tinaja.

Pero a quien le supo todo lo acaecido a cuerno quemado fue a Lucifer, que se quedó sin el alma del condenado, por lo mucho que por ella rezaron la iglesia y los pobres, y no sabía cómo vengarse de Juan Soldado.

 

Había en el infierno un satanasillo más ladino y más astuto que ninguno, que le dijo a Lucifer que él se determinaba a traer­le a Juan Soldado.

Tuvo de esto tanto alegría el diablo mayor, que le prometió al chico, si le cumplía lo ofrecido, regalarle una multitud de ba­rajas y pellejos de vino para seducir y perder a los hijos de Adán.

Estaba Juan Soldado sentado en su corral, cuando vio lle­gar muy diligente al satanasillo, que le dijo:

—Buenos días, señor don Juan.

—Me alegra de verte, monicaquillo. ¡Qué feo eres! ¿Quieres tabaquear? ‘

—No fumo, don Juan, sino pajuelas. —¿Quieres echar un trago ? —No bebo sino agua fuerte.

—Pues entonces, ¿a qué vienes, alma de Cain?

—A llevarme a su merced.

—Sea en buena hora. No tengo dificultad en ir contigo. No he servido yo veinticuatro años al rey para tocar retirada ante un enemiguillo de mala muerte como tú. Juan Soldado ni teme ni debe, ¿estás? Mira, súbete en esa higuera que tiene brevas ta­maños como hogazas de pan, mientras yo voy por las alforjas, porque me se antoja que la vereda que vamos a andar es larga.

 

Satanasillo, que era goloso, se subió a la higuera y se puso a engullir brevas, entre tanto que Juan Soldado fue por su mo­rral, que descolgó, y volvió al corral gritando al satanasillo:

—¡Al morra!!

El diablo chico, pegando cada hipío que asombraba, y ha­ciendo cada contorsión que metía miedo, no tuvo más remedio que colocarse en el morral.

Juan Soldado cogió un dije de herrero y empezó a sacudir trancazos sobre el satanasillo, hasta que le dejó los huesos he­chos harina.

Dejo a la consideración del noble auditorio el coraje que tendría Lucifer cuando vio llegar a su presencia a su Benjamín, a su ojito derecho, todo derrengado y sin un hueso que bien le quisiese en su cuerpo.

—¡Por los cuernos de la luna! —gritó—. Aseguro que ese descarado hampón de Juan Soldado me las ha de pagar todas juntas; allá voy yo por él en propia persona.

 

Juan Soldado, que se aguardaba esta visita, estaba preveni­do y tenía colgado su morral. Así fue que apenas se presentó Lucifer, echando fuego por los ojos y cohetes por la boca, plán­tesele Juan Soldado delante con muchísima serenidad y le dijo:

—Compadre Lucifer: Juan Soldado no teme ni debe, para que lo sepas.

—Lo que has de saber tú, fanfarrón tragaldabas, es que te voy a meter en el infierno en un decir Satán —dijo ufano Lucifer.

—¿Tú a mí? ¿Tú a Juan Soldado? ¡Fácil era! Lo que tú no sabes, compadre soberbia, es que quien le va a meter el resuello para adentro soy yo.

—¿Tú, vil gusano terrestre?

—Yo a ti, gran fantasmón, en un morral te voy a meter a Ti, a tu rabo y a tus cuernos.

—Basta de jactancias —dijo Lucifer, alargando su gran brazo y sacando sus tremendas uñas.

—¡Al morral! —exclamó en voz de mando Juan Soldado.

Y por más que Lucifer se repercutió, por más que se repeló, se defendió y se hizo un ovillo, por más que bramó, bufó y au­lló, al morral fue de cabeza sin que hubiese tu tía.

Juan Soldado trajo un mazo y empezó a descargar sobre el morral cada taramazo que hacía hoyo, hasta que dejó a Lucifer más aplastado que un pliego de papel.

 

Cuando se le cansaron los brazos, dejó ir al preso y le dijo:

—Mira que ahora me contento con esto; pero si te atreves a volver a ponerte delante, gran sinvergonzón, tan cierto como que he servido al rey veinticuatro años sin haber sacado más que una libra de pan y seis maravedís, que te arranco la cola, los cuernos y las uñas, y veremos entonces a quien metes miedo. Es­tás prevenido.

Cuando su corte inferna! vio llegar al diablo mayor, lisiado, tullido, más transparente que tela de tamiz y con el rabo entre piernas, como perro despedido a palos, se pusieron todos aque­llos ferósticos a echar sapos y culebras.

—Después de esto, ¿qué hacemos, señor? —preguntaron a una voz.

—Mandar venir cerrajeros para que hagan cerrojos para las puertas, albañiles para que tapien bien todas las rajas y boque­tes del infierno, a fin de que no entre, no cuele, ni aporte por aquí el gran insolente de Juan Soldado —les respondió Lucifer.Lo que al punto se hizo.

 

Cuando Juan Soldado conoció que se le acercaba la hora de la muerte, cogió su morral y se encaminó para el Cielo.

A la puerta se halló con San Pedro, que le dijo:

—¡Hola! Bienvenido. ¿Dónde se va, amigo?

—¡Toma! —respondió muy fantasioso Juan Soldado—. A entrar.

—¡Eh, párese usted, compadre, que no entra cada quisque en el Cielo como Pedro por su casa! Veamos que méritos trae usted.

—Pues no es nada —respondió Juan Soldado muy sobre sí—; he servido veinticuatro años al rey sin sacar más recompensa que una libra de pan y seis maravedís. ¿Le parece a su merced poco?

—No basta, amigo —dijo San Pedro.

—¿Qué no basta? —repuso Juan Soldado, dando un paso adelante—. Veremos.

San Pedro le atajó el paso.

—¡Al morral —mandó Juan Soldado.

—Juan, hombre, cristiano, ten respeto, ten consideración.

—¡Al morral!, que Juan Soldado no teme ni debe.

 

Y San Pedro, que quiso que no, se tuviera que colocar en el morral.

—Suéltame, Juan Soldado —le dijo— considera que las puertas del Cielo están abiertas y sin custodia, y que puede co­larse allí cualquier alma de cántaro.

—Eso era cabalmente lo que yo quería —dijo Juan Solda­do, entrándose adentro, muy pechisacado y cuellierguido—; pues diga usted, señor don Pedro: ¿le parece a su merced regu­lar que después de veinticuatro años de servir al rey allá abajo sin haber sacado más que una libra de pan y seis maravedís, no halle yo por acá arriba mi cuartel de inválidos?

 

FERNÁN CABALLERO



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