Fabulas Indígenas I





El pilcuan Pilcuan

Hace mucho tiempo en los calurosos valles, templadas mesetas y gélidas montañas del misterioso país de Los Pastos surcado por ríos de oro y adornado con cerros de piedras preciosas, los aborígenes sembraban y cosechaban frutos de la tierra y ofrendaban sus fabulosos tesoros al sol, a la luna y a las estrellas. Los indios Pastos armaban sus chozas en las pendientes escarpadas y desde sus atalayas se extasiaban contemplando los hermosos paisajes naturales por los que coman, como el viento, manadas de animales silvestres,  sobrevolaban bandadas de aves, canoras ensalzando a los cultivos. En aquel edén maravilloso los nativos sólo morían de viejos o de hastío causado por la rutina de la vida amorosa, pacifica, afortunada y colmada de abundancia.

 

En aquella patria los guerreros yacían inertes en los tristes cementerios abrazados como siameses a sus empolvadas y jubiladas armas que eran carcomidas por el moho y el orín del tiempo.

 

El único arsenal existente en aquel paraíso era un arco con doce flechas de acero enfundadas en un carcaj de cuero, una lanza de hierro y una espada sagrada que cortaba con facilidad rocas de diamante, arma que en tiempo inmemorial descendió del cielo envuelta en una cota de malla deslumbrante con escudos impresos de los que utilizan los dioses en sus combates de crepúsculo matutino y crepúsculo vespertino.

 

Esos pertrechos los traspasaban los caciques mano a mano de generación a generación y los guardaban como reliquias en una urna funeraria incrustada en el altar de oro de una gruta recóndita que hacía las veces de templo. Inesperadamente un fatídico día llegó al vecindario del cacique un mensajero corriendo y gritando como un loco que su tribu había enfermado, que las cosechas se habían quemado, que los animales aparecían muertos como sí una fiera carnicera con sus garras los hubiera destrozado y que por aquel lugar reptaba y volaba un monstruo causando terror, destrucción y muerte, y sin terminar de dar la noticia el recadero se convirtió en una estatua de piedra con ojos desorbitados y rostro angustiado. Enseguida el cacique supremo ordenó a un vasallo que hiciera sonar el cuerno de cacería para convocar a los curanderos, brujos y exploradores. Tan pronto acudieron, el Jefe indígena les informó de la tragedia y les ordenó que viajaran inmediatamente a la aldea profanada a hablar con los súbditos para conocer lo que realmente sucedía e identificar y aniquilar a la maléfica bestia. Antes de partir los ensalmadores prepararon brebajes, los hechiceros  celebraron ritos y los patrulleros se avituallaron para enfrentar con éxito al maligno.

 

Luego los elegidos se marcharon a cumplir con el encargo del líder Tribal. Transcurrido unos días eternos regresó uno de los milagreros jadeante moribundo, y le dijo al cacique que un demonio había devorado a los  matasanos, a los magos y a los emisarios especiales y que de nada habían servido las pócimas, las ceremonias y los suministros y en el acto se desplomó como una escultura de piedra, reflejando en su faz una mueca de espanto. Entonces un indio gigante llamado Pilcuan se ofreció al cacique para él ir a la aldea violada a dar muerte al endriago. Para tal fin, Pilcuan únicamente le pidió a su amo que le permitiera utilizar las armas que había en la caverna dorada destinada a la idolatría.

 

El cacique conociendo al joven y valiente Pilcuan y sabiendo de su fuerza, agilidad, temeridad e inteligencia, aceptó y lo pertrechó con el arco de poder temporal, con las doce flechas de acero, con la lanza de hierro y con la espada sagrada y le encomendó la misión de ir al pueblo de corto vecindario a hablar con los aldeaniegos para establecer el origen de las calamidades, la peste, la epidemia, la hambruna y exterminar al monstruo, Entonces Pilcuan un aborigen alto, trigueño de caballera negra y lacia se ciñó una corona de largas plumas de vistosos colores, luego se pinto su cara con una pomada de camuflaje rojo, amarillo y blanco emulando, a sus antepasados aguerridos. Después embadurnó su cuerpo musculoso con oro en polvo mezclado con ungüento antideslizante y bebió antídoto. Enseguida el osado Pilcuan se amarró un guayuco brillante, se terció la aljaba que contenía la docena de flechas, sesgó la vaina de la espada sagrada y con una de sus manos empuño la lanza de hierro y se fue a consumar la misión macabra.

 

Al arribar Pilcuan a la aldea interrogó a los sobrevivientes quienes le respondieron que habían visto a una enorme serpiente de plumas con escamas verdes, cafés, negras y rojas; que tenía tres cabezas de dragón, garras de tigre, alas de cóndor y cola de culebra cascabel y que reptaba y volaba exhalando un aliento de olor pestífero, un vaho mefítico y venenoso, que mataba con su larga, retorcida y viperina lengua y que quemaba con los rayos de sus ojos todo lo que acariciaba.

 

Los nativos le manifestaron al bizarro Pilcuan que en él fijaban la esperanza, depositaban la confianza y que le implorarían a sus deidades para que lo escudaran y ayudaran en su empresa de liberación, la cual solo sería posible segando la vida a la serpiente dragón quien en las noches infernales aterrizaba en la cúspide malhadada de la montaña de roca a saciar su apetito con carne de los indios y de los animales que transportaba allí asidos por sus garras. La soberbia altura estaba rodeada por un abismo tenebroso y por su fe fluía un río turbulento y caudaloso.

 

Luego Pilcuan se encomendó a sus ancestros y divinidades, se nutrió, anduvo y cruzó nadando el rio peligroso; después ascendió como una araña por las paredes de la roca que parecía un portentoso obelisco el cual se levantaba hasta el cénit de la bóveda celeste. Al conquistar la cima de la torre rocosa Pilcuan trazó un gran círculo con los esqueletos humanos y con los restos de los animales y los cubrió con leña, chamizos y hierbas, luego frotó dos piedras y con el fuego los incendió para que el olor a muerte atrajera al monstruo; después se situó en el centro a esperar, asechar y a retar a combate mortal a la bestia.Transcurridas horas tensas, Pilcuan divisó los faros incandescentes de la Anaconda dragón que volaba llameando por sus bocas queriendo apagar con ira la flama que rodeaba al desafiante titán, para descender y cebarse con su víctima.

 

Con nervios de acero Pilcuan aguardó que el monstruo se acercara; tensó el arco y con la rapidez de los rayos y las centellas le disparó una lluvia de flechas dando todas en el blanco, en el cuerpo de la pitón dragón quien continuó revoleteando herida, arrojando llamas al agresor y cayendo a la cima sangre gelatinosa, maloliente y nauseabunda, auto confesando que el demonio era mortal. Luego cuando el enfurecido animal fabuloso revolaba a bajo de la cúspide y encima del abismo, Pilcuan agarró la lanza con sus fuertes manos y la hundió en la cabeza principal de la serpiente dragón, quien siguió surcando y vomitando chorros de liquido inflamado, desintegrando rocas; entre tanto se colocó a los pies de Pilcuan queriendo morderlo y destrozarlo con sus mandíbulas. En ese preciso instante Pilcuan saltó y se montó en el cuello de la testa central de la anaconda dragón en la que tenía atravesada la lanza de hierro y en el acto se aferró de ella con una de sus manos y simultáneamente nudo con sus piernas asegurándose del pescuezo y, sin perder tiempo, desenvainó la espada sagrada y la enarboló, blandió y le propinó tres mortales golpes de guillotina, decapitando en segundos los tres cráneos de la pitón dragón, luego le asestó dos impactos con la espada, cortó de tajo sus alas, entonces lo que quedaba del monstruo lo castigó con un coletazo de cascabel a Pilcuan quien se abrazó al cuerpo de la serpiente moribunda y ambos descendieron dando vueltas como un resorte y después de enroscarse y retorcerse se estrellaron contra un peñasco y rebotaron en mil pedazos al torrencial río.

 

Al despertar la aurora los aborígenes se apostaron en la ribera del irreversible río y avizoraron a los miembros del monstruo descuartizado y río abajo en una inmensa roca observaron estampada las figuras de la serpiente dragón y en relieve de caliza la figura humana de Pilcuan, la lanza y las dos flechas de repente vieron cómo la espada sagrada levitaba hacia la patria celestial envuelta en un espiral luminoso hasta perderse en el azul profundo del firmamento. Desde entonces volvió la salud, la paz, el amor y la prosperidad a la comarca de Los Pastos y los aborígenes fundaron allí a PILCUAN en memoria y honor del legendario Héroe Pilcuan de quien cuentan leyendas míticas y epopeyas



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