Fabulas Indígenas IV





El árbol de Isapí El Árbol de Isapí

Isapí era la bellísima hija del jefe de la tribu de una apartada región del Uruguay. El padre le prodigaba a la muchacha todo el afecto que sentía por ella, pero la mucha­cha no se veía feliz. Los guerreros más va­lientes le expresaban su amor y se marcha­ban decepcionados porque aquel duro co­razón no se conmovía. La joven india no quería ni se inmutaba por nada. Por esta razón le decían: «La que nunca lloró».

 

En una ocasión, ocurrió una desgracia en el pueblo. El río Uruguay creció tanto que inundó los cultivos, arrasó viviendas y se llevó animales, mujeres y niños. Mientras los ancianos elevaban sus plegarias implo­rando la misericordia de los dioses, Isapí se mantenía indiferente, sin derramar una lá­grima. Sus ojos negros e inexpresivos mi­raban el mundo que la rodeaba. Esto hizo pensar a la tribu que Isapí tenía la culpa de tanta desgracia. Una bruja aseguró que sólo el llanto de la muchacha podría poner pun­to final a tan terrible situación.

 

Entre tanto seguían ocurriendo desdichas en aquella tierra. Los hombres se vieron forzados a huir después de perder un feroz combate con una tribu vecina. Las don­cellas más hermosas murieron en manos del enemigo. Sólo quedaron unos pocos sobrevivientes que se refu­giaron en la selva. A su lado iba Isapí sin derramar una lágrima. La bruja insistía que era preciso hacer llorar a la doncella para poner fin a tantas desgracias, pero nadie se atrevía a hacerla llorar por respeto al anciano padre que adoraba a su hija. Los más viejos de la tribu estuvieron de acuerdo en que era necesario que la muchacha conociera el dolor para que su alma se conmoviera.

 El árbol de Isapí.

Un día Isapí caminaba por la espesa vegetación cuando se le presentó una anciana encorvada y temblorosa. La mujer le pidió que cortara ramas secas porque necesita­ba calentar la choza donde había dejado a su nieto enfermo y muerto de frío. La muchacha la miró con indife­rencia. La anciana entonces se arrodilló suplicante, pero la joven siguió su camino sin decir nada.

 

Al cabo de un rato apareció una mujer joven con un niño en los brazos. Traía los ojos llenos de lágrimas y le pedía a Isapí que le ayudara a buscar ramas secas y hierbas para curar a su hijo enfermo. La muchacha sabía dónde se encontraban esas hierbas pero no quiso ayudar a la madre angustiada. Indiferente al dolor ajeno, ella siguió su marcha hacia adelante, sin volver la vista atrás. Pero sólo alcanzó a dar unos pasos porque una fuerza extra­ña la detuvo. A lo lejos se escuchaba la voz de la hechi­cera invocando a todos los demonios y repitiendo estas palabras:

 

—Añá, señor, haz que esta mujer que no siente compa­sión por una abuela ni por una madre sufriendo, jamás sea abuela ni madre; haz que esta mujer que tanto daño nos ha causado por no llorar, viva haciendo el bien a los demás con su llanto.

 

Isapí no escuchó más la voz de la hechicera. Sin poder moverse vio cómo su cuerpo empezaba a sufrir extra­ñas transformaciones. Sus pies se hundieron en la Tie­rra, como si empezara a echar raíces. Su cuerpo se endureció como un tronco. Sus cabellos crecieron y se expandieron como si fueran las ramas de un árbol. Isapí no podía controlar lo que ocurría dentro de sí misma.

 

Cuando la hechicera terminó el conjuro, Isapí ya estaba convertida en un árbol frondoso y fresco. Desde enton­ces, la selva se pobló de esta nueva especie de cuyas hojas se desprende un fresco y abundante rocío que sua­viza el aire de los climas tropicales. Isapí es la joven don­cella convertida en el árbol que eternamente llora y be­neficia a los demás con sus lágrimas. El viajero sofocado y fatigado por el calor se sienta bajo el árbol y recibe el fresco donde las hojas de Isapí que jamás dejan de llorar



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