Fabulas de Animales II





El tio conejo y la boa El Tío Conejo y la Boa

La gran Boa había escuchado decir que el Tío Conejo pre­sumía de ser el animal más astuto de la selva. Además difundía los rumores de que la Boa era muy lenta y ton­ta. Esto la tenía molesta y con el deseo constante de encontrarlo para hacerle ver quién era en realidad más astuto de los dos.

 

La Boa buscó al Águila que también había sido víctima de las burlas del Tío Conejo. Las dos sostuvieron una larga conversación en la que el Águila le propuso captu­rar al Tío Conejo y hacerle pasar un mal rato.

 

—Me parece buena idea -—respondió la Boa.

 

El Tío Conejo que andaba muy cerca de allí se dio cuen­ta de la alianza entre la Boa y el Águila y preparó tam­bién su forma de defenderse.

 

—Ya tengo listo el plan para atrapar al Tío Conejo, —le dijo el Águila a la Boa, después de meditarlo largo rato.

—Cuéntemelo rápido, le respondió la Boa impaciente.

 

—Como el Tío Conejo no sabe de nuestra alianza, yo lo llamo para advertirle que usted le está preparando una trampa. Mientras tanto usted se esconde debajo de estas palmas. Yo consigo que el Tío Conejo salte sobre ellas

En ese momento usted lo coge por sorpresa, apretán­dolo con fuerza, hasta dejarlo sin respiración. Yo apro­vecho para picotearlo. De ese modo entenderá que las dos somos más fuertes. Aprenderá a respetarnos y se acabaran sus burlas.

 

—Me parece un buen plan —respondió la Boa entu­siasmada.

 

De inmediato el Águila voló a buscar al Tío Conejo. De vez en cuando bajaba para preguntarle a otro personaje sobre el paradero del enemigo.

 

—¿Ha visto usted al Tío Conejo? —le preguntó a la Iguana.

 

—Está muy enfermo y en este momento descansa en la cueva —respondió la Iguana.

 

El Águila voló a gran velocidad, pensando que ya no era necesario llevarlo donde la Boa. Le entusiasmaba mucho más la idea de comérselo a la hora de la cena. Al llegar a la cueva, lo saludó con simulada simpatía:

 

—Buenas tardes Tío Conejo. Me he enterado que se encuentra enfermo y he venido a visitarlo, olvidando to­das las burlas suyas.

 

Nadie respondía dentro. El Águila avanzó y vio con en­fado que la cama del Tío Conejo estaba totalmente cubierta de hojas de plátano. El Águila avanzó lentamente y al inclinarse sobre el lecho, alguien la agarró por detrás sorpresivamente. Era el Tío Conejo que volvía con sus acostumbradas bromas.

 

El Águila hacía todo tipo de piruetas para soltarse pero el Conejo la tenía atada a unas ramas. Mientras se reía de ella y de sus planes para atraparlo, el Tío Conejo se fue arrancando una a una las plumas; después la cubrió con hojas de pringamoza; agarró las plumas y se hizo un disfraz con el que danzó alrededor de la infeliz Águila.

Con el ave desplumada y atada a una cuerda, ataviado con sus plumas, el Tío Conejo fue en busca de la Boa. El animal estaba esperando pacientemente el momento en que el Conejo habría de saltar sobre las palmas. Al cabo de un rato escuchó las voces del Conejo y del Águila y se enroscó sigilosamente.

 

—Hemos llegado, Tío Conejo, al lugar que le indiqué para que conversemos, dijo el conejo, imitando la voz del Águila.

 

Después soltó al desplumado animal y lo tiró sobre las palmas. El águila intentó ponerse a salvo, pero la Boa saltó inmediatamente encima de ella y se la tragó de un solo bocado, junto con las hojas de pringamoza. La po­bre Boa corrió al río en busca de agua porque no podía soportar la quemazón en las entrañas. Desesperada por la piquiña que le producía la pringamoza, la Boa malde­cía al conejo. El Tío Conejo la observaba desde lo alto de un árbol, humillándola con sus estruendosas carcaja­das.



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