Fabulas de Animales I





La primera víbora La Primera Víbora

Cuando los hijos gemelos de Oba y sus esposas se senta­ron a descansar, convencidos de que habían hecho todo, Oba se les apareció de nuevo y les dijo:

 

—Ya se han dado cuenta de la cantidad de árboles que hay en la Tierra. Ahora es necesario que sepan distinguirlos y aprendan para qué sirven. Todas las especies son necesarias y útiles a los hombres. No obstante, unos árboles dan frutos buenos para la alimentación y otros son venenosos y pueden causar la muerte.

 

Ocundile preguntó tímidamente:

 

—¿Y cómo vamos a aprender a distinguirlos si son tan­tos y no se pueden contar?

 

Oba tranquilizó a la mujer explicándole que eso no ocu­rría de la noche a la mañana, sino que requería mucha paciencia. Poco a poco irían aprendiendo a encontrar las plantas que curaban las enfermedades.

 

Los dos hijos de Píler y sus esposas se dedicaron a apren­der lo referente a las plantas.

 

Una mujer de la misma tribu vivía en permanente tor­mento porque pasaban los años y no podía tener hijos. Su carácter se volvió hosco y huraño. La envidia se apo­deró de ella y empezó a desearle el mal a todo el mundo.

 

Un día ya no pudo soportar más la alegría de los otros. Movida por un espíritu maligno fue al mar y se ocultó entre las rocas.

 

Allí en la playa se reunían a jugar los niños de la tribu. La mujer invocó a los espíritus del mal para que le ayudaran a planear una terrible venganza. Quería que la angustia y el dolor acabaran con los muchachos y con sus madres. Cuando los niños se acercaron a las rocas, ella aso­mó la cabeza dando alaridos. Pero el dios Oba que lo veía todo desde los cielos castigó a la mujer, convirtién­dola en un repulsivo reptil que empezó a arrastrarse so­bre la arena. La mujer, arrepentida, pidió perdón e inten­tó levantarse, pero todas las fuerzas se diluyeron en una masa pegajosa que se alargaba y robustecía al mismo tiempo; la rabia y la envidia tomaron forma ciertamente fea. De esa manera apareció en el territorio de los cunas la víbora, en cuyos colmillos llevaba oculto el veneno de la envidia.

 

El animal se acercó cautelosamente a los niños. Ellos quedaron atónitos ante semejante aparición. La serpiente estiró su cabeza para alcanzar a uno de los muchachos. Este alertó a los demás del peligro, pero todo ocurrió tan rápido que no se pudo hacer nada. La víbora alcan­zó a morderlo. El veneno empezó a correr entre las ve­nas y la fiebre lo atacó.

 

Los otros niños fueron enseguida en busca de Olocuna. Y para explicarle lo ocurrido. El hombre no sabía qué

Y hacer en ese caso, pero invocó al dios padre que le ofreció la visión de una planta cuya sustancia podía contrarrestar la acción del veneno.

 

El padre cogió al niño en los brazos y corrió con él en busca de la planta. La angustia lo hacía correr más velozmente que cualquiera. Cada minuto que pasaba arriesgaba la vida del niño. Desesperado buscaba en medio de la vegetación aquella planta que llevaba graba­da en el cerebro. Cuando estaba a punto de caer por el esfuerzo, la vio entre los árboles.

 

Sus fuerzas aumentaron tanto que en pocos instantes pudo arrancarla. Seleccionó unas cuantas hojas y las molió entre sus manos.

 

Después las puso sobre la mordedura, haciendo presión. Al cabo de un rato el niño se calmó.

 

Así fue como los cunas entendieron que las plantas po­drían causarles muchos beneficios y agradecidos mira­ron al cielo donde se encontraba el padre protector.

 

Los años transcurrieron y Oba pensó que aquellas cua­tro personas debían descansar y disfrutar de lo que la Tierra les ofrecía. Olocuna, a pesar de los muchos co­nocimientos que poseía murió de vejez. Tal era el desti­no de todos los hombres. Su alma emprendió un largo viaje hacia el paraíso, mientras su cuerpo se quedaba inmóvil en el corazón de la Tierra.

 

Olonaguiguir enfermó de tristeza y soledad, y sumién­dose en un llanto incontrolable se encerró en un silencio del que nadie consiguió sacarla. Era la primera vez que experimentaba la pérdida de un ser querido. Jamás recuperó la alegría, su ánimo fue siendo cada vez más so­segado. Taciturna emprendió un largo viaje, abandonando a los suyos, vagando a través del bosque. Subió llo­rando y sus lágrimas fluían copiosamente sin parar y al caer sobre la Tierra la fueron fertilizando.

 

El llanto se hizo tan largo y tan abundante que de él se formaron caudalosos ríos, los cuales surcaron alegremente el territorio de los cunas.



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1 Comentario en Fabulas de Animales I
  1. paola says:

    dije cortas no bobas

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