Fabulas Chinas





El reino de Shun El Reino de Shun

Esta historia, ocurrida en China, se refiere a las rivalidades entre hermanos. Shun esta­ba casado con la hija del emperador; y Shiang, su hermano, envidiaba la posibili­dad de que algún día él fuera a heredar el trono. El padre tampoco se resignaba a ad­mitir que su hijo Shun tuviese mejor suerte que el otro. Para poner en entredicho sus méritos solían retarlo delante del emperador a que realizara las haza­ñas más difíciles.

 

En una ocasión, el hermano mayor retó a Shun para que limpiara el fondo de un pozo profundo. Las esposas de éste intentaron disuadirlo sin conseguir que se echa­ra atrás. Entonces le entregaron una prenda de vestir: una túnica con un dragón pintado en ella. Antes de que se marchara le advirtieron:

 

—Ponte esto debajo de tu traje.

Shun llegó a la casa de su padre y aunque todos lo mira­ron detenidamente, no advirtieron la otra vestidura.

 

Ahora conseguiremos desplazarlo del trono, murmu­raron padre e hijo. El pozo era profundo y Shiang hizo bajar a Shun atado de una cuerda. Cuando éste se encontraba a mitad de camino notó una súbita sacudida y se vio bajando cada vez más rápido, seguido de una lluvia de piedras. Su perverso hermano había cortado la cuerda para asegurarse de que Shun se hundiría definiti­vamente.

 

Como pudo, Shun evitó las piedras y en el momento en que iba a caer al agua logró quitarse el primer traje y dejar al descubierto al dragón. Inmediatamente se trans­formó él mismo en dragón y nadó con tanta habilidad que pudo volver a Tierra sano y salvo.

 

Ante la tentativa frustrada, Shiang y el padre pensaron entonces en una forma más sutil de acabar con el hermano menor. Para ello organizaron una gran fiesta en la que pensaban emborracharlo, dormirlo y luego asesinar­lo. Pero la hermana advirtió a Shung lo que se urdía con­tra él y en compañía de sus esposas prepararon unos polvos que le dieron, diciéndole lo siguiente:

 

—Disuélvelos en el agua del baño y arréglate con mu­cha atención y cuidado antes de ir a la fiesta.

 

Desde el momento en que se inició el banquete toda la familia lo trató con mucho respeto, llenando a cada momento su copa. Shun bebió, pero en ningún momento se sintió ebrio. Al finalizar el convite, el hermano menor abandonó la casa dejándolos a todos embriagados.

 

Al contrario de lo que ocurría a la familia de Shun, el emperador Yao estaba muy contento con su yerno; admiraba su comportamiento, su valor y su carácter. Por esta razón pensó que era la persona más indicada para entregarle el trono y así empezar a disfrutar de su vejez, sabiendo que su reino quedaba en buenas manos. Sin embargo, Shun debía superar una prueba aún más difícil para demostrar que merecía el trono. Era ésta una prue­ba de valor.

 

Yao envió a Shun a un bosque montañoso; un lugar si­niestro y oscuro, abatido por las tormentas, donde ningún ser humano se atrevía incursionar, debido a las llu­vias, las avalanchas y a la presencia de extrañas criaturas que se ocultaban detrás de los árboles, esperando que pasara algún hombre para devorarlo.

 

Shun se adentró en la espesura de aquel bosque sin mos­trar ningún temor. Hizo caso omiso de los monstruos y se abrió paso entre la maleza espantando a los bichos que se le acercaban. Las gentes temían que no regresa­ra, pero en el momento menos pensado apareció él blan­diendo su espada.

 

El emperador Yao lo esperó con los brazos abiertos e inclinándose ante él, le entregó el trono. Shun era una persona bondadosa y recibió ese honor con mucha hu­mildad, sin olvidarse de su familia, a pesar de lo mal que se habían portado con él. Le asignó una pensión a su padre y envió a Shiang a gobernar unas tierras lejanas donde no pudiera tentarlo una vez más la envidia.

 

Shun gobernó muchos años con equidad y murió estan­do viejo, cuando visitaba los reinos del sur. Enseguida sus esposas se trasladaron hasta aquellas lejanas tierras para asistir a su funeral. Para llegar al lugar debieron atravesar bosques de bambú. Iban tan desconsoladas que lloraban amargamente y sus lágrimas salpicaban las ca­ñas, dejando unas manchas en ellas. Todavía hoy se pue­de ver al sur de China una extraña clase de bambú que lleva la marca de las lágrimas de las esposas del emperador.

 

Las dos esposas no alcanzaron a llegar a la tumba del marido, pues al intentar pasar el río en un pequeño bote, se levantó una tormenta y perecieron ahogadas. Los dio­ses se apiadaron de ellas y las transformaron en diosas guardianas del río Shiang.

 

Algunos meses después del entierro de Shun, un hom­bre empezó a realizar sacrificios en su tumba. Era el hermano Shiang ya envejecido y con el rostro curtido por el sol y su enorme nariz aún más grande. Las gentes lo mi­raban sorprendidas, pues algo raro le ocurría. Ante el asombro de todos, la nariz de Shiang se fue estirando hasta alcanzar el tamaño de la trompa de un elefante:

 

Los dioses habían decidido castigar en vida al hermano envidioso, obligándolo a arar la tierra con su enorme trompa.



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