EL PARAÍSO DE LOS NIÑOS





Hace millones y millones de años — ¡cuánto tiempo ha pa­sado ya, Dios mío!, nuestro viejo mundo estaba en su infan­cia— vivía un muchachito llamado Epimeteo; no tenía padres y para que no estuviera solo le mandaron desde lejano país una niña, que tampoco tenía familia. Pandora —éste era el nombre de la niña— iba a ser su compañera de vida y de juegos.

 

Pandora entró en la choza de Epimeteo y lo primero que vio en ella fue una caja muy grande. Apenas si había entrado cuando preguntó:

— ¿Qué tiene esa caja, Epimeteo?

—Querida Pandora, es un secreto; serás muy buena si no me haces preguntas sobre ello. Han dejado aquí esta caja para que esté en sitio seguro, pero ni yo mismo sé qué tiene dentro.

— ¿Quién te la dio? ¿De dónde viene?

—Todo es un secreto.

— ¡Es una lata! —Murmuró Pandora—. Quisiera que se lle­varan esa caja horrible…

—Vamos a jugar con los otros niños, y no pensemos más en ella— contestó el muchachito.

 

Esto pasaba hace millones y millones de años; desde enton­ces el mundo ha cambiado mucho. Entonces todo el mundo era niño, sin padres ni madres que los cuidaran, puesto que tampo­co existían peligros ni males de ninguna clase. No había que re­mendar los trajes y se encontraba fácilmente comida y bebida. Si un niño quería almorzar, encontraba todo lo que necesitaba en el árbol más próximo; mirando el árbol, durante la mañana podía ver en él su cena hecha flores, y el día anterior su almuer­zo en forma de frutos. ¡Era una vida muy agradable, sin trabajo, ni lecciones! Todo el día lo pasaban jugando y bailando; sólo se oían las dulces voces de los niños hablando o cantando como pajarillos, o la cascada de sus gozosas risas durante todo el lar­go día.

 

Y lo más maravilloso era que estos niños no se peleaban nunca; no se conocían las rabietas ni el llanto. Nunca jamás uno de aquellos niños se había ido enfadado a un rincón sin querer jugar. ¡En aquel tiempo la vida era algo delicioso!

 

Y es que hay que decir que esos pequeños monstruos alados, llamados Molestias, que hoy día son tan numerosos como los mosquitos, no habían aparecido todavía en la Tierra. El mayor desagrado que podía sentir un niño de entonces era como el fas­tidio de Pandora por no poder descubrir el secreto de la miste­riosa caja.

Al principio fue sólo como una ligera sombra de molestias; pero cada día fue adquiriendo mayor consistencia tanto que la choza de Epimeteo y Pandora fue menos clara y alegre que la de los otros niños.

 

Pandora no cesaba de decir a su compañero:

— ¿De dónde viene esa caja? ¿Qué tendrá dentro?

— ¡Deja en paz la caja! —acabó por exclamar el muchachito, que estaba ya aburrido de oír siempre lo mismo—. Quisiera, querida Pandora, que hablases de otras cosas. Ven…, vamos a coger unos higos maduros que comeremos bajo los árboles. Co­nozco una parra que tiene los racimos de uvas más deliciosas que nunca hayas comido.

— ¡Higo y uvas! ¡No puedes hablar de otra cosa! —contestó Pandora enfadada.

Como casi todos los niños de entonces, Epimeteo era un buen chico.

— ¡Bien! —Dijo—, salgamos, de todos modos, para jugar con nuestros amigos.

— ¡Estoy cansada de juegos!; lo mismo me daría no volver a jugar nunca más —rezongó la locuela de Pandora—.

 

La ver­dad es que no me divierto nada… ¡Esta horrible caja me preocu­pa tanto que no dejo de pensar en ella! ¡Por

favor, dime qué es lo que tiene dentro!

— ¡Te he dicho más de cincuenta veces que no lo sé! —Epi­meteo empezaba a enfadarse un poco—. ¿Cómo te voy a decir entonces lo que hay dentro?

— ¡Abriéndola! —Insinuó Pandora mirándolo con el rabillo del ojo—; así lo veríamos con nuestros ojos.

— ¡No hablas en serio, Pandora!

 

Y el rostro del niño expresó tal horror ante la idea de abrir la caja que le habían confiado, que Pandora pensó que era me­jor no volver a decirlo nunca. Pero le era imposible dejar de pensar en la caja y hablar de ella.

—Por lo menos puedes decirme cómo llegó hasta aquí…

—La trajo un hombre muy sonriente y la dejó en la puerta, poco antes de que llegaras tú; se reía mientras la dejaba; iba vestido con extraña capa y su sombrero parecía de plumas, como si fueran alas.

— ¿Traía algún bastón…? ¿Cómo era?

—De lo más raro que puedas imaginarte; parecían dos ser­pientes arrolladas alrededor de un palo. El escultor las había es­culpido tan bien que al principio creí que estaban vivas.

— ¡Ya sé quién es! —murmuró Pandora soñadora—. Nadie más que él tiene un bastón así. Se llama Azogue, y es quien me trajo aquí, lo mismo que a la caja. Ya no dudo de que es para mí y seguramente contiene lindos trajes a menos que no sean ju­guetes para los dos o algo muy rico para comer.

— ¡Es posible! —Contestó Epimeteo volviendo la espalda—, pero hasta que vuelva Azogue y nos lo diga, ni tú ni yo tenemos permiso para abrir la caja.

— ¡Qué chico más fastidioso! —Se dijo Pandora mientras su amigo salía de la choza—; quisiera que fuera más valiente y de­cidido…

 

El niño Había salido sin pedir a Pandora que lo acompaña­ra, la que nunca había hecho. Fue solo a coger los racimos de uvas y los higos y ver si podría divertirse en otra compañía que la de su camarada de juegos. Estaba realmente cansado de oír hablar de la caja; deseaba vivamente que Azogue, puesto que ese era el nombre del mensajero, la hubiera dejado en la choza de otros niños, donde Pandora no la habría visto nunca. ¡Con cuánta insistencia hablaba siempre de lo mismo…! La caja…, la caja…, ¡siempre la caja…! Se hubiera dicho que era una caja en­cantada y que la choza era tan pequeña que Pandora tropezaba con ella a cada paso, arrastrando a Epimeteo; dándose golpes que les dejaban los hombros doloridos.

 

El paraíso de los niñosLa verdad es que era duro para el pobre chico oír hablar desde la mañana a la noche de la caja; estos niños, que vivían entonces en la Tierra, tenían muy poca costumbre de las cosas fastidiosas y el pobre niño no sabía qué hacer. Una ligera con­trariedad producía entonces tan gran efecto como hoy una preo­cupación importante.

 

Epimeteo salió y Pandora permaneció inmóvil junto a la caja. Más de cien veces había dicho que era horrible, pero real­mente era un objeto soberbio que hubiera adornado cualquier si­tio. Estaba construida con maderas raras, de ricas y oscuras ve­tas y, tan pulida, que Pandora se podía mirar en ella, y, como no tenía otro espejo, es extraño que no la hubiera apreciado, aunque sólo hubiera sido por esta razón. En los ángulos estaban esculpidas con prodigiosa habilidad graciosas siluetas de hom­bres y mujeres y los más preciosos niños que pudiera soñarse, tendidos en el suelo o jugando entre flores y hojas. Y todo re­presentado de manera exquisita y armoniosa: flores, hojas y se­res humanos formaban una bellísima corona.

 

Por aquí y por allá, entre el follaje esculpido, Pandora cre­yó ver un par de veces rostros menos gratos y agradables; algo feo que estropeaba el esplendor del resto. Sin embargo, si lo mi­raba más de cerca, o tocaba con el dedo, aquello no lo encon­traba ya. Sólo si miraba rápidamente, cuando un rostro bello se convertía de pronto en desagradable.

 

La más bella de todas las figuras estaba en relieve en el cen­tro sobre una superficie lisa, finamente pulida, con una sola ca­beza; una guirnalda de flores le ceñía la frente. Pandora la ha­bía mirado muchas veces; le parecía que la boca sonreía o per­manecía seria, como la de una persona viva. La verdad es que todos los rasgos del rostro tenían aire malicioso y parecía que los labios esculpidos se iban a abrir y pronunciar palabras.

 

Si la boca hubiera hablado, en efecto, quizá habría dicho lo siguiente:

— ¡No tengas miedo, Pandora! ¿Qué mal te puede pasar si abres la caja? ¡No te preocupes del inocente Epimeteo. Tú tie­nes diez veces más inteligencia que él. Abre la caja para ver si encuentras en ella algo precioso…!

Olvidaba decir que la caja estaba fuertemente atada con un nudo formado por un cordón de oro; no se veía el principio ni el final del nudo; nunca se había visto lazada hecha más hábil­mente, y con tan gran número de vueltas, como pareciendo lan­zar un desafío a los más expertos dedos para que lo deshicieran.

 

Y esta misma dificultad excitaba a Pandora a mirarlo más atentamente para ver cómo estaba hecho. Ya había estado dos o tres veces inclinada sobre la caja con el nudo entre los dedos, pero sin intentar realmente deshacerlo.

—Me parece que ya sé cómo está anudado…, quizá pueda conseguir volver a hacerlo después…, no creo que haya ningún mal en ello, y al mismo Epimeteo no le parecerá mal… No tengo necesidad de abrir la caja, ni la abriré, sin el permiso de este tontaina, aunque pueda deshacer el nudo.

 

Mucho mejor hubiera sido que Pandora tuviese alguna obligación, o estudio, que hacer para entretener su imaginación, que no hubiera estado únicamente pendiente de un solo objeto. Pero antes de que el Fastidio apareciese en el mundo los niños vivían de manera tan fácil que tenían demasiadas horas sin ha­cer nada. No podían pasarse el día jugando al escondite o a la gallina ciega con una venda de flores sobre los ojos, o a cual­quier otro juego de entonces, cuando la madre Tierra estaba casi en la infancia. Cuando en la vida no hay más que placeres, el esfuerzo es la única distracción, y nada en absoluto tenía que hacer; quizá barrer o limpiar un poco el polvo de la choza; co­ger ramos de flores que estaban por todas partes —y arreglarlas debía de ser todo su trabajo, y, una vez terminado, la pobrecita Pandora pasaba el día pensando en la caja.

Tampoco es muy seguro que no le sirviera de verdadera distracción, pues así pensaba distintas cosas que podía exponer cuando encontraba quién la oyese.

 

Si Pandora estaba de buen humor admiraba la brillante madera, el soberbio friso de graciosas figuras que corrían alre­dedor de la caja. Si estaba malhumorada podía darle puntapiés con su piececillo impaciente, y la pobre caja recibió algunos, pero ya veremos que, después de todo, sólo tenía su merecido. La verdad es que nuestra Pandora no hubiera sabido en qué pa­sar el tiempo si no hubiera tenido la caja para entretenerse.

Figuraos por un momento lo intrigados que estaríais si vie­rais constantemente en Vuestra casa una gran caja, conteniendo seguramente algo muy hermoso para el día de Reyes. ¿No senti­ríais la misma curiosidad que Pandora? Si os dejaran a solas con ella ¿no intentaríais levantar la tapa? Ya sé que no lo ha­ríais, pero ¡qué duro os parecería, pensando en los juguetes, no aprovechar la ocasión para echar una miradita! Yo no sé si Pandora pensaba encontrar juguetes, porque no los había en aquella época en que el mismo mundo era un juguete inmenso para todos los niños. Pandora estaba convencida que la caja encerraba un objeto magnífico de valor grande y tenía, tantos de­seos de verlo como cualquiera de las chiquillas que lean este cuento, quizá aún fuera más intenso su afán… No lo sé…

 

El día de que hablamos su curiosidad era aún mayor que de costumbre, tanto que, al fin, se acercó a la caja, decidida a abrirla, si era posible.

Empezó intentando levantarla, pero era demasiado pesada para los frágiles brazos de una niña, y sólo consiguió levantar una de las esquinas, para dejarla luego caer con gran ruido. Un segundo después creyó oír moverse algo en su interior y apoyó el oído contra la tapa; realmente se oía un confuso murmullo, a menos que no fuesen los mismos oídos de Pandora los que so­naban, o quizá los latidos de su corazón. La niña no podría en verdad decir si había oído o no algún ruido, pero su curiosidad fue más viva que nunca. Levantó la cabeza y miró los nudos que formaba el cordón de oro.

 

Tomó el nudo de oro entre sus dedos y lo examinó atenta­mente, intentando deshacerlo, casi sin saber lo que hacía. Los brillantes rayos del sol entraban por la ventana abierta con las alegres voces de los niños que jugaban por allí cerca, entre los que estaría seguramente Epimeteo. Pandora se detuvo para es­cucharlos… El día era maravilloso. ¿No sería mejor dejar el an­tipático nudo y no volver a pensar en la caja, correr y jugar al aire libre con sus amigos?

Mientras Pandora pensaba así, sus dedos seguían manejan­do inconscientemente el cordón, y al mirar el rostro coronado de flores, esculpido en la tapa de la caja encantada, le pareció que le hacía una mueca burlona.

—Me pregunto —murmuró la niña— si esta cara sonríe porque estoy haciendo algo malo… ¡Me dan ganas de echar a correr!

Pero en este momento, y de una manera impensada, el nudo se deshizo entre sus dedos como por arte de magia, dejan­do la caja sin defensa.

— ¡Qué cosa más extraña! —Se dijo Pandora—. ¿Qué dirá Epimeteo? ¿Cómo podré volver a hacer el nudo?

Lo intentó por dos veces y vio que le era imposible… Se ha­bía desatado solo de una manera tan repentina que no podía tener ni la menor idea de la manera cómo estaba anudado. Inten­tó recordar su aspecto, pero no tenía, el más leve recuerdo; por consiguiente tenía que dejarlo así, hasta que volviera su compa­ñero.

—Pero —pensaba Pandora— al ver el nudo deshecho sabrá que he sido yo y no podré convencerle de que no he mirado lo que tenía la caja.

 

Y en su culpable y pequeño corazón entró el sentimiento de que si iba a sospechar que había mirado, bien podía hacerlo en efecto.

Muy aturdida y traviesa era Pandora. ¡Curiosa Pandora!

Quizá Pandora hubiera, sin embargo, resistido si la cara mágica de la tapa no la mirara de manera tan persuasiva e irre­sistible; sino le hubiera parecido oír murmullo de voces ligeras; no le era posible saber si este ruido era real o imaginado, a me­nos que no fuera su misma curiosidad la que hablara.

— ¡Déjanos salir, querida Pandora, te lo suplicamos, líbra­nos…, seremos gentiles amigos para tus juegos…, deja que sal­gamos…!

— ¿Qué será esto? ¿Habrá alguna criatura viva dentro de la caja? Pues bien…, Voy a mirar, sólo una mirada, en seguida ce­rraré y quedará como antes…, no sé qué mal hay en que eche una miradita…

 

Mientras tanto Epimeteo intentaba en vano divertirse sin su compañera; se encontraba mucho menos contento que los otros días y ni siquiera le parecían dulces las uvas y los higos; no sabía qué le pasaba, no hay que olvidar que entonces todos estaban acostumbrados a la felicidad, y desde que estos niños estaban en la hermosa Tierra ninguno de’ ellos había estado nunca enfermo ni triste.

 

Al fin Epimeteo pensó que era mejor volver junto a Pando­ra y, con la idea de tenerla contenta, cogió unas flores y tejió con ellas una corona para colocarla sobre la cabeza de la niña,; las flores eran preciosas —rosas, lilas, azahares y muchas más— y dejaban un aroma fragante al pasar Epimeteo con ellas.

 

Hacía ya un rato que se formaban en el cielo unas nubes negras, pero todavía lucía el sol; en el instante en que Epimeteo entraba en la choza la nube interceptó los rayos produciendo una obscuridad repentina.

 

El muchacho entró de puntillas; quería poner la corona so­bre la cabeza de la niña sin que ella se diera cuenta; tantas pre­cauciones eran inútiles, pues Pandora no se daba cuenta de nada. Estaba demasiado ocupada en este momento en levantar la tapa de la caja. Si Epimeteo hubiera gritado, Pandora, sin duda, no hubiera abierto la caja y el fatal secreto hubiera per­manecido en el misterio para siempre.

 

Pero el mismo muchacho sentía curiosidad, aunque no lo dijera. Viendo a Pandora resuelta a conocer el secreto, decidió que no lo vería ella sola y, que si la caja tenía algo bueno, tam­bién debía tomar su parte. Por eso, después de tantos razona­bles discursos como había hecho sobre la necesidad de vencer la curiosidad, se mostró tan aturdido y culpable como ella. Los dos merecen nuestros reproches.

 

Cuando Pandora levantó la tapa, la obscuridad se hizo más intensa; la negra nube cubría completamente el sol y empezó a oírse el ruido de los truenos. Pero Pandora prosiguió su tarea y miró dentro. De pronto pareció como si un enjambre de criatu­ras aladas saliera volando del cofre en torbellino, y en el mismo instante

Epimeteo dio un grito de dolor.

 

— ¡Me han mordido…! ¡Me han mordido…! ¡Mala…!, ¿por qué has abierto la caja?

Pandora dejó caer la tapa y se volvió para ver qué le pasa­ba. La nube había obscurecido de tal manera la habitación que no se veía lo que había en ella. La niña oyó un desagradable ru­mor, como si grandes moscas y mosquitos gigantes volaran por todas partes; se acostumbraron sus ojos a las tinieblas y vio multitud de seres abominables, con alas de murciélago y terri­bles aguijones en las colas. Uno de ellos había picado a Epime­teo y no pasó mucho rato sin que Pandora gritase también por­que uno de los odiosos y pequeños monstruos le había clavado el aguijón en la frente.

 

El paraíso de los niños

 

Los pequeños y malvados seres escapados de la caja eran toda la familia de los males del mundo. Estaban sueltas las ma­las Pasiones una considerable variedad de Preocupaciones; más de ciento cincuenta calamidades, innumerables enfermedades, en las más penosas y miserables formas. Estaban sueltas, volan­do por todas partes.

Todo lo que desde entonces aflige a la humanidad, en el cuerpo o en el alma, había estado encerrado en la misteriosa caja y confiado a la guarda de Epimeteo y de Pandora para que los felices hijos de la Tierra no conocieran nunca la menor mo­lestia. Si el depósito hubiera sido fielmente guardado, todo hu­biera sido perfecto. Nadie hubiera estado nunca triste y, hasta nuestros días, ningún niño habría sabido lo que es el llanto.

Pero —y esto demuestra cómo la mala acción de un solo mortal produce calamidad al mundo entero— al levantar la tapa de la caja —y también por culpa de Epimeteo, que hubiera podido detener a Pandora—, aquellos males tomaron pie en la Tierra, para no dejarla ya nunca.

 

Pues era imposible que dos niños mantuviesen el feísimo enjambre prisionero en una habitación. Naturalmente lo prime­ro que hicieron fue abrir puertas y ventanas para que salieran pronto; los seres alados volaron por toda la tierra y durante lar­gos días nadie pudo sonreír.

Y, cosa extraña, todas las flores y capullos, cubiertos de ro­cío, que hasta entonces no se habían marchitado, empezaron a secarse; cayeron hojas y flores en dos días, y los seres, cuya in­fancia parecía eterna, empezaron a envejecer de día en día; fue­ron primero mozos y muchachas; después, hombres y mujeres, y al fin se convirtieron en viejos, antes de darse cuenta del triste cambio.

 

Mientras tanto, la culpable Pandora y el no menos culpable Epimeteo permanecían en su choza; los dos habían sido cruel­mente atacados y sufrían mucho, lo que les parecía insoporta­ble, pues era la primera vez; además su mal humor les hacía pe­learse uno con otro.

Epimeteo se había sentado en un rincón, dando la espalda a Pandora, y ésta se echó en el suelo, con la cabeza apoyada en la fatal caja; sollozaba amargamente como si se le fuera a rom­per el corazón.

De pronto oyó unos golpecitos dentro de la caja.

— ¿Qué es eso?

Epimeteo, que nada había oído, nada contestó.

—Eres muy malo, puesto, que no me hablas —dijo Pandora llorando.

Volvieron a sonar los golpecitos como si dedos de hada, li­geros y alegres, repiquetearan gozosos en el interior de la caja.

— ¿Quién está ahí? —preguntó Pandora, siempre curiosa—. ¿Quién está dentro de esa horrible caja?

—Levanta la tapa y lo verás —cantó una dulce vocecilla.

— ¡No…, no… —contestó sollozando—, basta ya…! Si estás dentro, malvada criatura, no te abriré…, ya tenemos bastante con tus feísimos hermanos y hermanas, que vuelan por el mun­do… No me creas tan tonta como para dejarte salir a ti tam­bién…

 

Y mientras miraba a Epimeteo, esperando quizá que alaba­
se su prudencia, pero el muy gruñón sólo dijo que ya era dema­siado tarde.

—Más vale que me dejes salir —prosiguió la vocecilla sua­ve—. No tengo nada que ver con las malvadas criaturas que lle­van un aguijón en la cola; no son hermanas mías…, en seguida lo veréis…, anda, preciosa Pandora, abre pronto…

De la vocecilla emanaba tanto sortilegio que nada se le po­día negar. Al oírla Pandora se había sentido más consolada y Epimeteo lo mismo; se había vuelto un poco y parecía de mejor humor.

— ¿Has oído lo que dice, Epimeteo?

—Sí…, ¿y qué?…

— ¿Levanto un poco la tapa?

— ¡Haz lo que quieras! Después que has hecho el daño, qué más da que sea un poco mayor. Un fastidio más entre todos los que has dejado sueltos por el mundo no tiene mucha importan­cia.

— ¿Por qué eres tan malo conmigo?

— ¡Qué chicos más malos! —Rio la vocecilla-—, se mueren de ganas de verme…, anda, Pandonta, levanta la tapa y déjame respirar un poco de aire fresco… veréis que las cosas no son tan malas como parecen…

—Pase lo que pase, abro…

—Espera, que la tapa pesa mucho —dijo Epimeteo corrien­do a ayudarla.

Y los dos niños, temerosos y curiosos a la vez, levantaron juntos la tapa de la caja.

 

Una personilla, llena de luz y sonriente, surgió de la Caja y empezó a circular por la habitación llenándola de claridad; en la oscuridad de la choza esta alegre mariposa, este ser extraño, semejante a un hada, parecía un reflejo de sol. Se lanzó a Epimeteo, apoyó ligera el dedo sobre la inflamación producida por el aguijón del Fastidio y… el dolor desapareció. Besó a Pandora en la frente con el mismo resultado…

 

La brillante criaturita voló luego alegremente por encima de la cabeza de los niños y los miró tan dulcemente que ellos pensaron que, después de todo, no había sido tan grande el pe­cado cometido al abrir la caja, puesto que si no la hubieran abierto la preciosa hada hubiera seguido prisionera entre los malvados genios con la cola armada de aguijones.

— ¿Quién eres, deliciosa criatura? —preguntó Pandora. —Me llamarán Esperanza

—Contestó la radiante figura—. A causa de mi gozoso temperamento me encerraron en esta caja para que pudiera consolar a la raza humana del enjambre de los horribles Males que iban a quedar en libertad… tranquilizaos, porque todo se arreglará.

—Tus alas tienen el color del arco iris… Son preciosas —admiró Pandora.

—Sí, se parecen al arco iris —confirmó la Esperanza—, porque, a pesar de la alegría de mi carácter, estoy formada de risas y de lágrimas.

— ¿Te quedarás para siempre con nosotros? —preguntó Epimeteo.

—Mientras me necesitéis —dijo con su linda risa—; es de­cir, cuanto tiempo viváis en el mundo; prometo no abandona­ros nunca. Llegarán días en que pensaréis que he desaparecido completamente, pero siempre, siempre, cuando menos me esperéis veréis el resplandor de mis alas sobre el techo de vuestra choza… Sí, niños míos…, sé algo muy bueno, muy bello, que también será vuestro. —Dinos el qué…

—No me preguntéis nada —replicó la Esperanza poniendo un dedo sobre sus labios de rosa—, pero no desesperéis nunca de alcanzarlo aunque no lo tengáis durante el curso de vuestra terrestre. Creed creed en mis promesas…, son sinceras…

—Tendremos confianza —contestaron los dos niños a coro. Y así lo hicieron, y no sólo fueron ellos. Todos cuantos han vivido después han creído en la Esperanza.

 

Si hablo sinceramente pienso que fue una suerte que la locuela de Pandora abriese la caja… Naturalmente que el Fastidio y las demás cosas malas siguen volando por el mundo, incluso son cada vez mayores; son como horribles y pequeños demonios, y en su cola los aguijones se hacen cada vez más veneno­sos; sé que me los clavarán cada vez más, según voy siendo más viejo, pero tengo la deliciosa figura de la Esperanza. ¿Qué haría­mos en la Tierra sin ella?

 

La Esperanza idealiza el mundo; le da constante novedad; incluso cuando la Tierra se nos muestra con su mejor y más bri­llante aspecto, nos indica la Esperanza que toda su belleza no es más que la sombra de la infinita alegría del futuro eterno.

 

Nathaniel Hawthorne.



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