Cuento Sobre la Naturaleza II





los montes de la Guajira Los Montes de la Guajira

Mucho tiempo después de que la hija de Maleiwa se esta­bleció en la franja de tierras arenosas que le regaló su padre, sus descendientes empezaron a sentirse inconformes. Las tierras les parecían muy áridas comparadas con las otras. No había árboles bajo los cuales cobijarse. No había aves de hermosos colores que alegraran el pai­saje con sus trinos. No había ríos caudalosos. Algunos de los hijos desearon conquistar lugares para poder sem­brar y recoger sus frutos.

 

Un día, Guarapurú, el jefe de la tribu, reunió a sus her­manos en Uchi Juroteca y les comunicó su deseo de irse muy lejos en busca de una tierra más fértil. Para ello debía enfrentarse a otros pueblos y vencerlos. El joven cacique convocó a los guerreros más fuertes: Itojoro y Wososopo y al anciano más sabio Wojoro; (es mostró las tierras secas; les hizo sentir la necesidad de poseer mejores y los convenció para que se lanzaran a conquis­tar otras más fértiles. Guarapurú fue claro al decirles:

 

—No lucharemos contra nuestros hermanos; al contra­rio: les dejaremos todo lo que poseemos y nosotros saldremos en dirección al gran lago; lo atravesaremos y se­guiremos buscando un lugar mejor que el que nos correspondió como herencia.

 

Todos se mostraron de acuerdo y se ofrecieron a secun­darlo en la aventura. Entonces el cacique continuó:

 

—Si es necesario luchar lo haremos, pero no será con­tra nuestros hermanos. Jamás romperemos la promesa de paz que nos une.

 

Una vez acordado el plan, se dirigieron a sus casas para arreglar los preparativos, pues debían llevar comida para muchos días. En el camino podían pescar coti o alguna corita de las lagunas o un venado en el mejor de los ca­sos.

 

Los hombres estaban entusiasmados con la idea de al­canzar verdes prados y querían marcharse enseguida. Worojoro, el más prudente, se encargaba de controlar los ímpetus. El camino deparaba muchas sorpresas y era bueno reservar energías.

 

El viaje empezó una mañana despejada en la que los hom­bres se levantaron para realizar sus sueños. Después de varios días de camino, la monotonía del paisaje empezó a fatigarles la vista y las arenas movedizas les cansaban los pies. Ellos seguían animados pensando en las monta­ñas y los ríos.

 

Con el tiempo aumentó su cansancio. La arena ardiente les quemó los pies y la inclemencia del Sol les secó la garganta. Después de haber caminado tanto días, no en­contraban aún un árbol para protegerse bajo su sombra. Su único descanso era la llegada del atardecer, cuando el Sol se ocultaba. Los hombres se echaban encima un poco de agua y se sentaban a reposar. La mayoría de ellos ya no tenían fuerza para continuar. Muchos empezaban a arrepentirse de tan desatinada aventura y les decían a sus compañeros:

 

—No debimos salir nunca de Uchi Juroteka. No debi­mos abandonar la tierra que Maleiwa obtuvo para nosotros. Pero los más jóvenes aún se empecinaban en se­guir adelante.

 

Una tarde, cuando el viento levantaba torbellinos de are­na abrazadora, Worojoro sintió que las fuerzas le falta­ban y no podía continuar Todos lo animaron a seguir, pero él, convencido de que era inútil, los instó a seguir sin él:

 

—Sigan que voy a descansar un rato y cuando el Sol decline los alcanzaré.

 

Worojo se tendió sobre la arena sabiendo que ya nunca más se levantaría. Los demás continuaron la marcha. A lo lejos vieron una enorme piedra que contenía el ímpe­tu de las arenas. Guarapú comprendió que sus hombres podrían caer en la tentación de sentarse allí y los animó a seguir un poco más aprisa:

 

—¡Avancemos!, todos, siempre mirando hacia adelan­te!

 

Uno de los hombres dijo que quería sentarse y refrescar sus hinchados pies. El grupo, ya muy reducido, siguió sin él, dejándolo tan atrás que desde lejos parecía sólo una mancha oscura. Cuando el hombre quiso alcanzar a sus compañeros no pudo moverse porque se sintió pegado a la piedra. Un grito desgarrador fue ahogado por el viento, pues sus compañeros estaban tan lejos que no pudie­ron escucharlo. Sin embargo, al anochecer el grupo de guajiros lo esperó con la convicción que regresaría.

 

El hambre y la sed se constituyeron en un nuevo tor­mento para los sobrevivientes. Poco a poco sucumbían bajo los rigores del Sol. Sólo los más jóvenes e intrépidos se empeñaban en alcanzar la orilla del lago. Al llegar a la meta, Guarapú se quedó mirando las quietas aguas y con tristeza les dijo:

 

—Antes de seguir adelante, quiero descansar.

 

Los hombres se sentaron a su lado, mientras un sueño profundo se apoderaba de ellos. Entre tanto, la hija de Maleiwa fue a quejarse ante su padre por la actitud de los hijos:

 

—Padre, han querido abandonar la tierra que me diste porque es reseca y árida, fue Guarapurú quien intentó llevarlos más allá del lago.

 

—-¿Lo han atravesado ya?

 

La hija señaló a través de las nubes a los hombres que dormían cerca del lago y a los que habían perdido la vida en el camino.

 

—¡Ah! —dijo Maleiwa—Todos están aún allí. Yo te ase­guro, hija mía, que no abandonarán la tierra que les dis­te. Desde este momento todos quedarán convertidos en cerros.

 

A partir de aquel instante, la tierra arenosa de la Guajira se llenó de colinas y cada una de ellas conservó los nom­bres del guajiro que quiso abandonarlas.



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